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🇬🇪 | Legado Soviético vs. Occidentalización: Un dilema que se gestó en Ucrania hace 11 años, y que actualmente parece estar replicándose en Georgia.
Antecedente ucraniano
Transcurría el mes de noviembre de 2013, cuando el presidente de Ucrania de aquel entonces, el centro izquierdista y pro-ruso Víktor Yanukóvich, decidió suspender las negociaciones para convertir a su país en un nuevo miembro asociado de la Unión Europea (algo que previamente el Parlamento ucraniano ya había ratificado con amplia mayoría).
Como era de esperarse, mencionada resolución gubernamental generó un enorme descontento en la oposición política, ciertas organizaciones sociales y una buena parte de la ciudadanía que, en señal de protesta, salió a las calles para manifestarse, aglutinándose en la Plaza de la Independencia de Kiev —por cierto, es justamente de allí de donde surgió el nombre con el que se conoce el acontecimiento: Euromaidán = Europlaza—. Los asistentes, que defendían los valores de europeísmo, independentismo y nacionalismo, continuaron expresándose públicamente durante varios meses, ya no solo en la Capital, sino también en el resto del país. Todas las concentraciones tenían un denominador común, que era la fuerte y violenta represión policial sobre los civiles, las cuales tuvieron como consecuencia un saldo de varios cientos de fallecidos.
El caos reinante hizo que el primer ministro Mikola Azárov renunciara a su cargo en enero de 2014. El 21 de febrero, en medio de una crisis ya insostenible, V. Yanukóvich acordó una tregua con los principales líderes opositores para adelantar las elecciones, conformar un gobierno de transición, volver a la Constitución de Ucrania de 2004 y, sobre todo, calmar el ambiente social. No obstante, debido a ciertos temores personales, el presidente huyó hacia sitio desconocido esa misma noche, aunque reapareciendo varios días más tarde en Rusia. Dicho accionar fue considerado como abandono de las funciones constitucionales por parte de la Rada Suprema (Parlamento de Ucrania), quien lo destituyó de su puesto y tomó las riendas del país. A través de votación retornó, tal como se había acordado previamente, a la antigua Constitución. Se pasó de tener un sistema presidencial a uno parlamentario, convirtiéndose Oleksandr Turchínov en presidente interino y Arseniy Yatseniuk en primer ministro. Se fijaron elecciones anticipadas para mayo de 2014.
Mientras tanto, la violencia social no cesaba. Para colmo de males, Rusia respondió a la remoción de su aliado V. Yanukóvich enviando tropas militares a la península de Crimea y terminó anexándola a su territorio, a la par que generó un conflicto armado en la región fronteriza del Dombás, donde surgieron grupos separatistas pro-rusos que no hicieron más que acrecentar la polarización entre civiles ucranianos.
El vencedor de los comicios anticipados de 2014 fue Petró Poroshenko, quien se convirtió en el nuevo presidente ucraniano hasta 2019, siendo luego sucedido por el actual Volodímir Zelenski. En medio de la legislatura de este último, Rusia volvió a atacar, aunque ahora con más fuerza. En febrero de 2022, el ejército de V. Putin comenzó a invadir Ucrania con el objetivo de frenar el avance de la OTAN hacia el Este, proteger de un supuesto genocidio a la población rusoparlante que habita en la parte oriental de dicho país, y asegurarse el control de la ya conquistada Crimea para establecer una suerte de corredor terrestre entre regiones pro-rusas. El conflicto bélico sigue en curso hasta la actualidad, y los civiles son, como siempre, los más afectados. ¿Sus consecuencias? Enormes avalanchas de personas desplazadas hacia países vecinos, pérdidas materiales en hogares y en infraestructura general, crisis económica, emergencia sanitaria, colapso de servicios públicos, falta de suministro de energía durante ya tres duros períodos invernales, problemas en el abastecimiento de las cadenas productivas y escasez de alimentos, además de miles de heridos y fallecidos producto de este enfrentamiento. La comunidad internacional se ha posicionado mayoritariamente a favor de Ucrania, y potencias como Estados Unidos y la Unión Europea no han escatimado en esfuerzos para brindarle apoyo económico y militar, además de venir imponiendo sanciones a Rusia con el objetivo de debilitarla.
Presente georgiano
El pasado 26 de octubre de 2024 se llevaron a cabo elecciones parlamentarias en Georgia. Estas, consideradas por muchos como una suerte de referéndum Unión Europea Sí vs. Unión Europea No, fueron ganadas con un 54% por el partido político de carácter pro-ruso Sueño Georgiano, renovando su mandato. No obstante, la realidad es que las cifras están muy lejos de lo que pronosticaban la mayoría de las firmas demoscópicas en sus encuestas. Muchos nacionales y algunos observadores electorales europeos afirmaron haber presenciado un proceso fraudulento, marcado por incidentes relacionados con la compra de votos, la doble votación, la intimidación y la violencia física. Habiendo sabido esto, el Parlamento Europeo resolvió rechazar los resultados de dicho sufragio y sugirió repetirlos bajo supervisión internacional, con el objetivo de que la voluntad del pueblo sea verdaderamente respetada.
Molesto con la reacción de la Unión Europea, el Gobierno de Georgia decidió aplazar las negociaciones para la adhesión al bloque hasta 2028. El comunicado televisado del primer ministro, Irakli Kobakhidze, acerca de «pausar» las conversaciones, contrasta fuertemente con la opinión pública, que se muestra mayoritariamente a favor de un acercamiento a Europa con cerca de un 80%, y levanta sospechas de influencia rusa en la política nacional.
Cientos de miles de ciudadanos, frustrados por la situación, se han autoconvocado para salir a las calles de Tiflis y otras ciudades del país. Exigen la repetición de las elecciones y la retoma del camino hacia la «europeización» pretendiendo preservar dos elementos consagrados en su Constitución: su soberanía y su democracia.
Las fuerzas de seguridad han intentado repeler a los civiles con gases lacrimógenos y cañones de agua, lo que ha dejado como saldo un importante número de manifestantes heridos y varios detenidos, entre los que se encuentran algunos líderes políticos opositores. Como en todo evento de estas características, dentro del bando opositor también hubo excepciones radicales, como la de ciertos participantes que levantaron barricadas y lanzaron bengalas contra el edificio del Parlamento. De cualquier modo, hasta ahora, no vienen presentándose grandes desmanes.
Este conflicto entre oficialismo y oposición, también viene trayendo como consecuencia una fragmentación interna dentro del gobierno georgiano: el jefe de planificación de operaciones de la policía antidisturbios, embajadores y otros funcionarios de alto rango han dimitido a sus cargos, como demostración de rechazo a las acciones gubernamentales.
En cuanto a la comunidad internacional y su apoyo a las demandas democráticas de Georgia, países como Canadá y los bálticos Lituania, Letonia y Estonia aplicarán sanciones contra individuos y entidades que hayan estado implicadas en la represión, por su violación a los derechos humanos. El bloque europeo, por su parte, ya ha mostrado preocupación por los hechos acontecidos, pero aún no han dado una respuesta conjunta que sea contundente.

El papel de Salome Zourabichvili
Como si las previas sospechas de fraude electoral no fueran suficientes, el pasado 14 de diciembre el polémico y cuestionado parlamento actual nombró como próximo presidente al pro-ruso Micheil Kavelashvili. Por primera vez en la historia del país, el primer mandatario no fue electo democráticamente por los ciudadanos, sino por un Colegio Electoral a medida, donde Sueño Georgiano tiene mayoría de escaños. Si bien la toma de posición está programada para el próximo 29 de diciembre, la presidente georgiana en ejercicio, Salome Zourabichvili, ha manifestado públicamente que no piensa abandonar su cargo hasta que no se lleven adelante nuevos comicios con un mínimo de garantías democráticas.
Lo cierto es que la S. Zourabichvili viene siendo una de las principales críticas del accionar del premier I. Kobakhidze y su agrupación política, habiendo denunciado públicamente la represión oficialista que estos están llevando a cabo en contra de sus oponentes civiles y políticos. Tilda de ilegítimas las pasadas elecciones legislativas de octubre y no reconoce sus resultados. Habrá que aguardar para saber cómo se comportará de ahora en adelante y si acatará o no la orden de dejar su oficio.


¿Historia repetida?
Muchos analistas han comparado la crisis en Georgia con la del Euromaidán en Ucrania. Y tiene mucho sentido. En los dos casos, los ciudadanos se armaron de valor para salir a las calles y exigirle a sus respectivos gobiernos una mayor integración europea, oponiéndose a la influencia rusa que se impone desde hace ya varias décadas en dichos países.
Sin embargo, si bien las protestas en Ucrania y Georgia guardan ciertas similitudes, también presentan diferencias clave:
1) En primer lugar, el contexto de las protestas difiere. En Ucrania, comenzaron por la suspensión del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, mientras que en Georgia, surgieron tras la decisión del gobierno de suspender las negociaciones para la adhesión dicho bloque. Y es que Estado asociado no es lo mismo que Estado adherido: el primero mantiene vínculos de cooperación económica, política y social sin necesidad de integrarse, y el último es sinónimo de miembro pleno, es decir, que está comprometido a cumplir con todas las normas y políticas comunitarias.
2) Las protestas en Ucrania se extendieron durante varios meses, se caracterizaron por la violenta represión del gobierno y trajeron como consecuencia un cambio de régimen. Las manifestaciones en Georgia aún están en desarrollo, y todavía no se conoce a ciencia cierta por cuánto tiempo se seguirán sosteniendo ni cómo será su desenlace, pero, hasta el momento, tanto los asistentes como los efectivos antidisturbios han venido accionando de forma más pacífica y moderada en comparación con lo ocurrido en territorio ucraniano. De cualquier forma, hay que tener cautela pues existe la posibilidad de que el conflicto escale y se repita el escenario ucraniano de 2013-2014.
3) En ambos casos, la influencia rusa es un denominador común. Sin embargo, el Kremlin aún no se ha manifestado abiertamente acerca del caso georgiano ni ha respondido directamente, como sí lo hizo en Ucrania. A pesar de ello, al igual que en el punto anterior, nada debe darse por sentado pues el conflicto todavía se mantiene en curso.
Posibilidades a futuro
Considerando el antecedente ucraniano y otros casos similares en Europa, ¿qué podría llegar a ocurrir con Georgia en el corto/mediano plazo? Para responder a esta pregunta, Luke Coffey (investigador senior del think tank estadounidense Hudson Institute), en su artículo de análisis «Four scenarios for the protests in Georgia» publicado en la revista Foreign Policy, hipotetiza sobre cuatro escenarios posibles:
1) Escenario de compromiso: Con suficiente presión interna y externa, Sueño Georgiano podría dar marcha atrás en algunas de sus decisiones más controvertidas, tomando medidas para reducir la escalada, tales como revertir la decisión de suspender la adhesión a la UE o derogar la ley rusa. Claro que un acuerdo sobre nuevas elecciones parlamentarias sería más significativo, pero a su algo vez más utópico en las condiciones actuales. Lo que no se pone en tela de juicio es el hecho de que el debate público ya ha superado las quejas específicas, para pasar a ser uno de tipo identitario y enfocarse en la disyuntiva entre retroceder al mundo ruso o profundizar sobre la integración con Europa y Occidente.
2) Escenario bielorruso: Tras las fraudulentas elecciones presidenciales de Bielorrusia en agosto de 2020, las protestas ciudadanas perduraron durante varias semanas y fueron brutalmente reprimidas por la policía con la ayuda de Rusia. Georgia podría llegar a vivir exactamente lo mismo en el caso de que Sueño Georgiano, con el objetivo de afianzar su poder, decidiera recurrir a Moscú para instituir una represión autoritaria contra la sociedad civil, los rivales políticos y los medios de comunicación independientes. El Kremlin podría proporcionar al gobierno georgiano apoyo técnico y asesoramiento sobre cómo intensificar la represión.
3) Escenario de la Guerra Fría en Polonia: En el momento que el gobierno comunista polaco declaró la ley marcial para reprimir un levantamiento nacional en 1981, argumentó que dicha medida era necesaria para prevenir que una invasión soviética fuera a restaurar el orden del país. De igual forma, Sueño Georgiano podría ahora «intimidar» a su población para que se alineara al oficialismo, atemorizando con la posibilidad de una intervención militar rusa, a la par que Moscú también podría alentar dichos temores a partir de provocaciones militares desde las regiones georgianas que tienen ocupadas (Abjasia y Osetia del Sur). Así, el gobierno de Georgia eliminaría aún más los controles democráticos a medida que reforzaría su control.
4) Revolución de fuegos artificiales: Es el escenario más dramático. Si la presión pública, la presión internacional y la represión policial siguen aumentando, la sociedad georgiana podría llegar a un punto de inflexión. Y es que, en el caso de que sectores como el de la policía y las fuerzas de seguridad se unieran a los manifestantes, el equilibrio de poder ser vería ciertamente alterado y muchos miembros de Sueño Georgiano, incluido su fundador, el ex premier Bidzina Ivanishvili, podrían verse obligados a huir del país. Esta revolución, a su vez, podría tomar dos caminos distintos: a) el nombramiento de un gobierno interino, posiblemente dirigido por la actual Presidente S. Zourabichvili, mientras se preparan nuevas elecciones para la primavera (tal como lo hizo Ucrania en 2014 luego del Euromaidán); o b) una lucha de poder caótica, que recordaría el turbulento, inestable y violento período posterior a la independencia de Georgia en 1991. Lo cierto es que, en cualquiera de estos dos casos, la posibilidad de una intervención militar rusa sería muy grande, pues ya lo hizo en Ucrania y en Bielorrusia.
Inferencias finales
Al igual que en el caso de Ucrania y todos los países que alguna vez fueron «países satélite» de Rusia, Georgia nació como Estado moderno recién a partir de la caída de la Unión Soviética en el año 1991. El ocaso de dicha potencia socialista fue por demás caótico y trajo como consecuencia el hecho de que las repúblicas que la conformaban se independizaran.
No obstante, desde que el presidente ruso V. Putin llegó al poder en 1999, las relaciones entre Rusia y sus antiguas colonias se tornaron bastante complejas y en algunos casos —como el ucraniano y el georgiano— trajo como resultado enfrentamientos entre civiles. Hoy, el dilema ciudadano de Georgia está, básicamente, entre occidentalizarse o continuar formando parte de la liga de ex-soviéticos. Empero, dados los intereses geoestratégicos rusos, escapar de su órbita no resulta en lo absoluto sencillo.
*Foto de portada: Banderas de Georgia, Rusia, Ucrania y la Unión Europea | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).

