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🌐 | Estados Unidos y Argentina anuncian su intención de abandonar la OMS. Hungría planea seguir los mismos pasos. ¿Qué consecuencias puede tener esto en el sistema internacional?
- Introducción
- Organización Mundial de la Salud: características y funciones
- La ola de Coronavirus: peso geopolítico y secuelas actuales
- Abandono de membresías en la OMS
- Repercusiones internacionales
- Más allá de la OMS: ¿Es posible hablar de desgaste multilateral generalizado?
- En busca del modelo ideal
- Consideraciones finales
Introducción
Primero fue el presidente estadounidense Donald Trump, luego su homólogo argentino Javier Milei: ambos comunicaron públicamente que iniciarían trámites para dejar de formar parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Seguidamente, el primer ministro húngaro Viktor Orbán también hizo pública su intención de considerar retirarse de dicho organismo.
Los tres mandatarios antes mencionados son ideológicamente afines entre sí. Basándose en esta premisa, hay quienes afirman que la decisión no es más que un capricho del líder norteamericano y que, gracias a su influencia geopolítica, ha logrado que sus aliados más cercanos comiencen a imitarlo con el fin demostrarle lealtad y reafirmar su sentido de pertenencia.
Sin embargo, el fenómeno tiene una complejidad aún mayor, siendo mucho más que un efecto dominó en el que solo rigen las meras proximidades político-partidarias. Durante los últimos años, en el ámbito de la diplomacia y las relaciones internacionales, mucho se viene hablando acerca de una posible crisis generalizada en el modelo multilateral: ¿Podrían las recientes «bajas» de países en la OMS ser una prueba de dicho debilitamiento?
Organización Mundial de la Salud: características y funciones
Para comprender el contexto de los hechos recientes es importante conocer, al menos en términos generales, los alcances y competencias de quien hoy está a cargo de la gobernanza global en el ámbito sanitario.
Se trata de un organismo perteneciente a las Naciones Unidas que fue fundado el 7 de abril de 1948, con el objetivo de contactar naciones y personas para «promover la salud, preservar la seguridad mundial y servir a las poblaciones vulnerables». A través de la movilización de diversos sectores de la sociedad —tales como gobiernos, civiles, organizaciones internacionales, fundaciones e investigadores—, lidera esfuerzos para ampliar la cobertura sanitaria universal, dirige y coordina respuestas globales ante emergencias, y fomenta pautas para el logro de vidas más saludables.
Se financia a través de contribuciones señaladas y contribuciones voluntarias. Las primeras son, básicamente, las cuotas de afiliación que abonan los Estados miembros, cuyos valores se actualizan cada dos años. Las segundas, en tanto, son las aportaciones voluntarias de estos y de otros actores asociados —como organizaciones intergubernamentales, fundaciones filantrópicas y sector privado— y de ellas depende casi un 80% el presupuesto total de la entidad.
La ola de Coronavirus: peso geopolítico y secuelas actuales
Los años durante los cuales la crisis global de Covid-19 azotó al mundo con más fuerza, estuvieron repletos de dudas y vacíos de certezas. Nadie parecía tener la receta perfecta para contrarrestar los efectos de la enfermedad, y todos los tomadores de decisiones actuaban sobre la marcha, sin saber exactamente qué era lo correcto. Incluida la OMS.
Lo cierto es que la pandemia trajo consigo enormes transformaciones en los más diversos ámbitos, y el geopolítico no fue la excepción. Eduard Soler i Lecha, investigador del think tank español CIDOB, en su publicación «La geopolítica de la salud: una visión plural sobre el impacto internacional de la pandemia», plantea que en aquel momento se incrementó fuertemente la rivalidad entre potencias. Todas competían por hallar una vacuna que lograra salvar vidas. La inoculación se convirtió en una especie de «poder sintético» (a medio camino entre el «poder blando» compuesto por elementos vinculados a lo reputacional, y el «poder duro» asociado a la capacidad industrial y de innovación).
El experto asegura que la salud ha sido históricamente un terreno fértil para la cooperación internacional, citando ejemplos como el de la conferencia sanitaria realizada en París en 1851 para luchar contra el cólera, o la creación del comité de la Cruz Roja en 1863 para proveer asistencia médica en situaciones de conflicto. Pero el Covid-19 llegó en una etapa muy particular, pues coincide con los cuestionamientos al multilateralismo y las democracias, con mayores contiendas entre potencias regionales/globales y con la aceleración de cambios tecnológicos que alteran la distribución del poder. Fue un factor disruptivo, que modificó las dinámicas preexistentes, y fue también un catalizador, que puso al descubierto potencialidades y disfunciones del mundo multipolar: trabajo arduo —y en algunos casos conjunto— en pro de encontrar los antígenos necesarios para la creación de un tratamiento seguro y confiable, pero desigualdades en su posterior adquisición. Esto implicó tener que redoblar esfuerzos para que los territorios con niveles más bajos de tecnología médica no se vieran rezagados, y por eso se creó una nueva plataforma internacional, denominada COVAX, para facilitar la llegada de vacunas a los países con menos recursos, algo que podría considerarse un importante logro.
Hay quienes, en cambio, realizan un balance un tanto más negativo de la situación. Rafael Vilasanjuan, perteneciente al Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), en su artículo «Multilateralismo sanitario: se busca gobierno para la salud global», sostiene que la pandemia fue la manifestación abrupta de una crisis anunciada. Hubo deficiencias en la coordinación internacional y el mecanismo encargado de prevenir estas urgencias —la OMS— falló. Sencillamente fue incapaz de investigar causas, controlar propagaciones o imponer una actuación unitaria.
El primer problema fue que China, país en el que se originó el virus SARS-CoV-2 en diciembre de 2019, no reportó los primeros casos en tiempo y forma, llegando a entregar la información recién a finales de enero de 2020. Según las Regulaciones Internacionales de Salud en las que se ampara el ente, todos los Estados miembros deben advertir acerca de los brotes epidémicos tan pronto como aparezcan.
El hecho de que la institución no haya encontrado la forma de forzar al país asiático a noticiarse y que, a su vez, el gobierno chino no haya permitido que se llevaran a cabo investigaciones que no estuvieran bajo su supervisión, fueron irregularidades que promovieron el surgimiento —y la rápida expansión— de teorías conspirativas y noticias falsas. De cualquier modo, hay ciertos aspectos destacables en el accionar de la OMS: 1) su movilización para la facilitación de tratamientos, diagnósticos y vacunas, 2) su brega por generar un marco de comunicación que aplacara la infodemia.
Lecciones aprendidas
Tanto E. Soler i Lechs como R. Vilasanjuan coinciden en señalar cuán importante es atender las disparidades sanitarias que existen en el mundo. La pandemia dejó en claro que se necesita una gobernanza diferente, más equitativa e inclusiva, y que contribuya a que los países de renta baja/media puedan reforzar sus precarios sistemas, garantizando su acceso a medicamentos esenciales. Ambos técnicos entienden que, la OMS, a pesar de algunos desaciertos, hizo todo lo que estaba a su alcance para sortear el difícil momento, más aún, teniendo en cuenta lo que son sus limitados recursos.
Abandono de membresías en la OMS
A pesar de todo lo ocurrido durante la crisis de Covid-19 y sus enseñanzas en lo que respecta a cooperación internacional, hay líderes políticos, como los de Estados Unidos, Argentina y Hungría, que se muestran reacios a seguir integrando el actual regente de la salud global. A continuación, un breve desglose de las cuatro principales razones que estos han expuesto para justificar sus intenciones de alejamiento.
Camaradería política
Tal como se expresaba al inicio de este artículo, las afinidades políticas, aunque no expliquen este asunto al 100%, sí que tienen cierta cabida. Es el ejemplo de Hungría, donde V. Orbán argumenta que el hecho de que un país de la talla de Estados Unidos haya dilucidado distanciarse del ente, es una razón más que suficiente para accionar con cautela y evaluar seriamente si de verdad conviene seguir conformándolo.
Cuestionamientos a la gestión del COVID-19
D. Trump y J. Milei han manifestado que la principal razón que explica el deseo de retirar a sus respectivos países de la OMS es el mal manejo que esta tuvo durante la pandemia de Coronavirus. En aquel entonces, el organismo era uno de los principales promotores del confinamiento ciudadano en todo el mundo (en Argentina, por ejemplo, el gobierno de turno obligó a los ciudadanos a permanecer reclutados en sus hogares durante varios meses). Ambos presidentes entienden que el hecho de haber impuesto cuarentenas tan extensas fue una medida muy poco feliz, no solo por las pérdidas económicas generadas, sino también por el recorte a las libertades individuales de movimiento y circulación. Piensan, además, que se trató de una resolución que no tenía evidencias científicas sólidas.
Intervencionismo excesivo
A juicios de países como Argentina, los altos grados de intromisión en asuntos internos y el cuasi absoluto control que ejerce la OMS sobre los recursos sanitarios, condicionan enormemente la implementación de políticas propias. El equipo de gobierno del país sudamericano pretende apuntar a una autonomía decisional que se adapte a los intereses nacionales.
Falta de independencia frente a influjos políticos
Estados Unidos y Argentina afirman tener fuertes sospechas de que la corporación carece de autonomía y neutralidad. Conjeturan acerca de una posible injerencia china dentro del mismo.
Repercusiones internacionales
Las notificaciones de Estados Unidos, Argentina y Hungría han desatado algunas críticas por parte de algunos expertos, al creer que decisiones como estas significan un golpe bajo a los intentos de cooperación internacional en salud y promueven el aislacionismo —una tendencia que, de por sí, viene creciendo cada vez más en los últimos años—. Temen, además, que este tipo de acciones puedan llegar a generar impactos diplomáticos serios.
El caso estadounidense
Debido a que la colaboración es un componente fundamental para la supervivencia de la OMS como tal, la autoexclusión de Estados Unidos es la que causa mayor preocupación en la comunidad global: el país norteamericano, a través de contribuciones voluntarias, es el principal financiador de la entidad. El cese de sus subvenciones le implicaría un importante perjuicio en términos económicos, algo que podría condicionar su adecuado funcionamiento.
Por otra parte, hay expertos que consideran que la nación liderada por D. Trump estaría cometiendo un grave error estratégico si se marchara. Y es que, paradójicamente, podría dejar un vacío político que podría ser llenado por China, su histórico competidor. De alguna manera, incluso sin pretenderlo, terminaría otorgándole más poder al gigante asiático.
Más allá de la OMS: ¿Es posible hablar de desgaste multilateral generalizado?
Los gobiernos argentino y estadounidense no solo coinciden en su anhelo de marcharse de la Organización Mundial de la Salud, sino que también comparten, por ejemplo, un fuerte rechazo hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) —o Agenda 2030— de ONU. El líder sudamericano, durante la celebración de la 79° sesión de la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2024, acusó a dicha institución de pretender imponer una hoja de ruta socialista/progresista y, además, criticó al Foro Económico Mundial por fomentar la aplicación de «políticas malthusianas» que dañan a los países pobres. Por otra parte, D. Trump, como buen negacionista climático que es, ha optado por romper con el Acuerdo de París (COP) y J. Milei evalúa la misma posibilidad.
Los anteriores ejemplos ponen de manifiesto una nueva realidad en política internacional, que exige que la utilidad y el desempeño de diversos organismos supranacionales sean repensados, pues muchos de ellos no están cumpliendo con los objetivos para los que inicialmente fueron creados. De hecho, actores más radicales creen que hoy en día estos únicamente buscan imponerse —de forma poco flexible— por encima de sus integrantes.
Como se mencionaba al inicio de este artículo, y como ya se adelantaba en la entrada «Recomendaciones para el liderazgo global en 2025» de ESCANEO POLÍTICO, el multilateralismo viene perdiendo fuerza. Las intenciones de abandonar la membresía de la Organización Mundial de la Salud, son solamente una muestra de ello.
En un contexto global de conflicto, violencia y polarización, muchas instituciones no han sido capaces de promover seguridad y paz. Es preciso reconfigurarlas y readaptarlas, teniendo en cuenta las peculiaridades el sistema global actual. El mundo ya no es el mismo. Desde hace ya varias décadas existe una falta de normas compartidas y el compromiso con el derecho internacional se vuelve cada vez más frágil, debido a que los países tienden a otorgarle mayor importancia a la soberanía que a la cooperación en pro de la cohesión del orbe. ¿Tiene este problema una solución? Sí. ¿Es sencillo alcanzarla? No, porque se trata de conseguir el justo —y trabajoso— equilibrio entre libertad e institucionalización. Dicho de otra forma, deberían poder aunarse: a) estados independientes que puedan hablar en nombre de sus poblaciones y defender sus derechos, y b) fortalecimiento de las estructuras transnacionales.
Tal como aseveran Homi Kharas (investigador del think tank estadounidense The Brookings Institution), junto a Dennis J. Snower (presidente de la red alemana de laboratorios de ideas Global Solutions Initiative) y Sebastian Strauss (analista de la consultora de riesgo político Eurasia Group), en el paper «El futuro del multilateralismo: una globalización responsable e inclusiva», el multilateralismo ha sido un pilar y una fuerza impulsora de paz, prosperidad e integración global. Esto hoy ya no es tan así, y el cambio puede ser atribuido a la incapacidad del sistema de Bretton Woods para lidiar con problemas como la desaceleración del crecimiento, la desigualdad social, los flujos migratorios y la inseguridad laboral que se deriva del cambio tecnológico, entre otros. Los objetivos y valores esenciales de este modelo multilateral están claramente en crisis y, para colmo de males, la rigidez de sus principales representantes (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Naciones Unidas, Organización Mundial del Comercio…) han imposibilitado las tan necesarias reformas que este necesita. Todo esto ha provocado un desencanto que ha llevado a que ciertos actores gubernamentales busquen nuevas alternativas, tales como convenios bilaterales con países afines o próximos geográficamente. Pero lo cierto es no existen alternativas que puedan reemplazarlo, pues un mundo globalizado necesita una acción globalmente concertada. Y es que, a fin de cuentas, un multilateralismo de alcance reducido será siempre mejor que ninguno.
Siguiendo la misma línea, el presidente de la fundación argentina Embajada Abierta, Jorge Argüello, a través de la divulgación del artículo «¿Cómo se arma el multilateralismo del siglo XXI?», también asegura que el modelo multilateral se viene debilitando seriamente. Antes, sus mecanismos de regulación y espacios de negociación eran creíbles. Hoy, abunda el pesimismo a su respecto. Se le reprocha lentitud, acartonamiento, incapacidad de ajuste y —algo no menor— ser una fachada de consenso funcional a los más poderosos. A pesar de esto, J. Argüello se muestra optimista esbozando que, durante la pandemia de Coronavirus, el mismo escenario que puso a prueba sus instituciones clave, podría ser el que le ofrezca las condiciones para volver a regir las relaciones internacionales. Y es que el analista no define al multilateralismo como un sistema estático de normas y organizaciones, sino como uno en constante transformación, citando como ejemplo el caso de los BRICS+. Concluye que la naturaleza de todos los problemas globales demanda una acción consensuada y eficaz, y que, ante un contexto de incertidumbre extrema, las instituciones supranacionales operan en un marco de previsibilidad muy valioso.
En busca del modelo ideal
Para H. Kharas, D. J. Snower y S. Strauss, un prototipo adaptado a los tiempos que corren debería priorizar el bienestar de los individuos más desfavorecidos, dar mayor robustez al sistema global y, además, acomodar las demandas legítimas de autonomía política, la provisión de bienes públicos globales y la gestión del patrimonio mundial común. Dicho de otra manera, tendría que ser más inclusivo y más sostenible. Para alcanzarlo, el trío de expertos proponen nuevas definiciones y directrices, entre las que se destacan:
1) Debería ser concebido como un medio de empoderamiento ciudadano, que sea útil para conseguir mayores niveles de seguridad y prosperidad socioeconómica.
2) Tendría que reconocer que no hay una única forma de satisfacer las necesidades humanas, que la diversidad política es inherentemente deseable, y que los enfoques estandarizados no suelen ser los más efectivos.
3) Debería poder garantizar que la economía global sea robusta ante la posibilidad de fallos sistémicos, pues la pandemia de Covid-19 demostró que la hiperglobalización actual comporta una interdependencia y una fragilidad sin precedentes.
4) Sus organizaciones deberían ser más representativas, contemplar las voces más marginadas y mejorar el proceso de creación de normas globales, teniendo en cuenta que, actualmente, solo una minoría de actores toman la mayor parte de las decisiones y se benefician de ellas.
5) No debería estar únicamente a cargo de gobiernos, reguladores y tecnócratas, sino que también tendría que estar abierto a las aportaciones de la sociedad civil y de los agentes corporativos.
Consideraciones finales
Teniendo presentes los formalismos y protocolos existentes en la OMS, los procesos de salida no serían inmediatos para ninguno de los países interesados en abandonarla, pudiendo llegar a tardar más de un año en llevarse a cabo. A pesar de ello, y si bien las consecuencias de alejarse todavía no están claramente definidas, la incertidumbre ya está instalada.
Está claro que el ente requiere, lo antes posible, de profundos cambios y modernizaciones. Al igual que la mayoría de organismos internacionales en la actualidad, no siempre está respondiendo de la forma más adecuada a los problemas que aquejan al mundo. Pero es poco probable que desatenderla y —peor aún— apartarse de ella sea buena idea. Muchas veces, el antagonismo entre potencias y los egoísmos nacionales son los que limitan o incluso, impiden los avances necesarios.
Como siempre se sostiene desde ESCANEO POLÍTICO, la diplomacia y la institucionalización, aún muy lejos de ser perfectas, son la mejor herramienta con la que la comunidad internacional cuenta para buscar soluciones conjuntas a sus problemas comunes.
*Foto de portada: Logo de la OMS quebrándose | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).
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