¿Es el fin del atlantismo?

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🌐 | ¿Cómo se están viendo impactadas las relaciones transatlánticas a raíz de la búsqueda de un tratado de paz entre Rusia y Ucrania?



Presentación

Como ya se mencionaba en la entrada «Anuncios de retiro de la OMS: ¿Multilateralismo debilitado?» de ESCANEO POLÍTICO, los valores del modelo multilateral están en crisis. Muchos organismos globales no están siendo efectivos al momento de intentar brindar soluciones a los problemas que azotan al mundo, y esto ha generado que ciertos actores comiencen a cuestionar su verdadera efectividad.

Los acontecimientos recientes vienen mostrando una tendencia clara hacia el aislacionismo, donde los países apuestan más a la soberanía que a la cooperación internacional. ¿Qué ocurre con el caso concreto de las relaciones transatlánticas? ¿Acaso estas también se vienen viendo afectadas por este fenómeno? ¿Cómo impacta en ellas la Guerra entre Rusia y Ucrania?

Definiendo Atlantismo

Para proceder al análisis de su corriente status, es preciso dejar en claro, antes que nada, de qué se habla cuando se habla de atlantismo.

En pocas palabras, es un término que habitualmente se utiliza para hacer referencia a la estrecha relación entre América Anglosajona y Europa en términos de política, economía y defensa. Apunta a la creencia de que la unidad y colaboración entre ambas regiones mantendría a resguardo la seguridad y prosperidad de sus países integrantes. Su nombre deriva del Océano Atlántico, el cual divide a estos dos continentes.

Evolución histórica

El vínculo entre Canadá/Estados Unidos y Europa no ha sido constante en el tiempo: hubo momentos de cooperación y apoyo mutuo, pero también de tensiones y desacuerdos significativos.

La creación de la OTAN, que estuvo motivada por la necesidad de defensa colectiva frente a amenazas soviéticas, garantizó un período con balances positivos y resultó crucial para estabilizar al continente europeo una vez culminada la Segunda Guerra Mundial. Esos buenos términos se mantuvieron durante toda la Guerra Fría.

A partir de la década de 1990, en cambio, comenzaron a surgir ciertos obstáculos para el grupo de aliados, ya que las desavenencias en áreas como comercio, política exterior y —más recientemente— cambio climático, lo vienen poniendo a prueba. Hoy en día, las políticas proteccionistas y aislacionistas promovidas por populismos —de izquierda y de derecha— están desafiándola constantemente.

OTAN: características y funciones

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), también conocida como Alianza Atlántica, está regida por el Tratado del Atlántico Norte, que fue firmado el 4 de abril de 1949 en Washington, Estados Unidos. Se trata de un pacto militar internacional, en el cual los 32 Estados que actualmente lo constituyen están comprometidos a defenderse mutuamente en caso de ser atacados por cualquier potencia externa.

Su finalidad es la de garantizar la libertad y la seguridad a través de medios políticos (promoviendo valores democráticos y la cooperación para resolver problemas, fomentar la confianza y, a largo plazo, evitar enfrentamientos) y militares (emprendiendo operaciones de fuerza solo cuando los esfuerzos diplomáticos no logren su cometido de resolver conflictos pacíficamente).

La sede política de la organización se encuentra en Bruselas, Bélgica. Allí, cada miembro del grupo posee una delegación permanente y un embajador que lo representa.

Otro actor relevante en la entidad es el Secretario General, cargo que al día de hoy ostenta el neerlandés Mark Rutte, quien —entre otras funciones— es el encargado de dirigir los procesos de consulta y la toma de decisiones, garantizar que los dictámenes sean aplicados y guiar al personal internacional. Su figura es, además, la principal portavoz de la Alianza.

Historial de adhesiones

El organismo cuenta con 12 miembros fundadores, a los que se añaden otros 20 que se han ido incorporando a lo largo de los años. A este respecto, manifiesta estar abierto a expandirse hacia cualquier otro Estado europeo dispuesto a respaldar los principios de su Tratado y contribuir a la seguridad grupal. Además, el ente mantiene relaciones con más de 40 socios externos, entre los que se encuentran países no miembros y organizaciones internacionales. A continuación, una tabla que registra las afiliaciones a la OTAN desde 1949 a 2024.

PaísAño de ingreso
Bélgica¹1949
Canadá¹1949
Dinamarca¹1949
Estados Unidos¹1949
Francia¹1949
Islandia¹1949
Italia¹1949
Luxemburgo¹1949
Noruega¹1949
Países Bajos¹1949
Portugal¹1949
Reino Unido¹1949
Grecia1952
Turquía1952
Alemania1955
España1982
Hungría1999
Polonia1999
República Checa1999
Bulgaria2004
Eslovaquia2004
Eslovenia2004
Estonia2004
Letonia2004
Lituania2004
Rumanía2004
Albania2009
Croacia2009
Montenegro2017
Macedonia del Norte2020
Finlandia2023
Suecia2024
¹ Miembro Fundador.

Guerra entre Rusia y Ucrania

Contexto

El conflicto comenzó oficialmente en febrero de 2022 con la invasión rusa de los territorios ucranianos de Donetsk y Lugansk. Sin embargo, los problemas entre ambos países no son en lo absoluto recientes. Todo se remonta a 1991, año en el que finalizó la Guerra Fría y la Unión Soviética fue disuelta, de forma que Ucrania logró independizarse de Rusia. A partir de ese momento, la OTAN ha tenido como objetivo expandirse hacia países de Europa del Este.

Adicionalmente, entre 2013 y 2014 tuvo lugar el Euromaidán, que fue una serie de protestas y manifestaciones que dividió a los ciudadanos ucranianos entre los «pro-Rusia» y los «pro-Unión Europea» además de generar un gran caos político a nivel interno. Entre las múltiples consecuencias de este acontecimiento se encuentra la —polémica— anexión unilateral de Crimea por parte del gobierno ruso.

En los últimos años, Ucrania ha avanzado fuertemente en sus negociaciones de ingreso la Alianza Atlántica y esto molesta a Rusia, quien percibe cualquier expansión del ente como una amenaza a su influencia y poder.

Lo anterior es una de las principales causas —directas— de los ataques rusos vigentes. Pero la realidad es que la ubicación geográfica y las riquezas minerales que posee Ucrania la convierten en un objeto de puja internacional, que limita su autonomía y condiciona la libertad de sus habitantes. Estos combates están trayendo como resultado una grave crisis de refugiados, daños ambientales, riesgos en la disponibilidad de alimentos, perjuicios económicos e injustas pérdidas humanas.

Involucramiento de terceros

Durante estos más de tres años de enfrentamiento, la comunidad internacional no ha sido indiferente. La mayor parte de los actores globales —entre los que destaca la Unión Europea— han reprobado explícitamente la conducta del presidente ruso Vladímir Putin por haber violado principios de soberanía y derechos humanos. No obstante, el líder cuenta con dos importantes aliados como Bielorrusia, que le ha permitido utilizar su territorio como base de despliegue militar y como trampolín para ataques de misiles, y como Corea del Norte, que le ha cedido soldados para el campo de batalla.

Vínculos transatlánticos en medio de negociaciones por la paz

Giro estratégico de Estados Unidos

Durante el mandato del expresidente Joe Biden, el país norteamericano actuó como un firme defensor de Ucrania, brindándole gran apoyo financiero y militar. Sin embargo, todo cambió desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025. Ya desde su campaña electoral, el mandatario aseguraba conocer cuál era el camino para terminar con la guerra y que, en caso de resultar ganador, se pondría a trabajar en ello cuanto antes. Ambas cosas han ocurrido. Solo que, ahora, el respaldo estadounidense hacia la nación europea invadida parece no ser tan incondicional.

La administración trumpista trajo consigo cambios radicales en materia de política exterior: Estados Unidos ya no amparará a Ucrania gratuitamente. Pretende recuperar la importante suma de dinero que ya ha invertido en su defensa y, por ello, aspira a acceder a sus recursos naturales, concretamente a tierras raras con minerales como titanio y uranio, ambos de enorme utilidad para la fabricación de productos de tecnología avanzada. Esta propuesta de trueque ha sido repudiada por la mayor parte de los aliados de la OTAN, al estimar que la ayuda a Ucrania debería responder a principios solidarios y no económicos.

Enfoque hacia conversaciones bilaterales

Como figura clave dentro de la disputa ruso-ucraniana, D. Trump está trabajando arduamente por mediar entre las naciones involucradas. Sin embargo, si bien el líder viene manteniendo llamadas telefónicas tanto con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski como con el ruso V. Putin, sus últimas declaraciones públicas muestran cierta tendencia a favorecer al último, ya que, por un lado, considera poco probable que Ucrania pueda recuperar sus tierras ocupadas y, por otro, encuentra poco práctico el hecho de que esta ingrese a la OTAN.

A estos desaires al país europeo, se suma también el hecho de que el mandatario norteamericano llegó a tener un encuentro presencial con el presidente de Rusia en Arabia Saudita. La sede elegida para esa cita no fue en lo absoluto casual: 1) el país árabe desde hace mucho tiempo se viene mostrando como un líder neutral en el ámbito de las relaciones internacionales; 2) su primer ministro, Mohamed bin Salmán, tiene un excelente vínculo personal con D. Trump y; 3) el Reino no es un Estado miembro de la Corte Penal Internacional y, por lo tanto, V. Putin puede viajar allí sin problemas, considerando la orden de arresto que el ente ha emitido en su contra.

Todo lo anterior indica que, al momento de negociar, Estados Unidos apuesta a un «mano a mano» con el gobierno ruso. La imposibilidad de participar en la toma de decisiones referidas a su propio destino, hace que Ucrania se llene de impotencia e incertidumbre. Y es que, en la situación actual, las condiciones de un acuerdo de paz serían altamente desfavorables para ella, ya que no solo tendría que renunciar al rescate de sus regiones invadidas y dejar de lado sus anhelos de aliarse a la OTAN, sino que tampoco tendría garantías reales de seguridad posteriores al cese del fuego, algo que hace que las posibilidades de que Rusia vuelva a atacarla en el futuro aumenten. Además, el hecho de que el gobierno ucraniano llegara a aceptar una paz impuesta con reglas ruso-estadounidenses, sería igual a legitimar la ocupación rusa y a traicionar a su propia población, que desde hace más de tres años viene padeciendo el horror de la guerra.

Deslegitimación electoral como táctica

En las últimas semanas, tanto D. Trump como V. Putin parecieran haberse puesto de acuerdo para cuestionar la legitimidad del gobierno de V. Zelenski, a quien califican como un dictador. Aseguran que el mandatario está empeñado en aferrarse al poder aún manteniendo bajos niveles de aprobación pública. Lo anterior es falso y está constatado por informes demoscópicos fiables, tales como los de Kyiv International Institute of Sociology, que indican más bien lo contrario. De cualquier modo, ambos líderes insisten en que Ucrania debe convocar a elecciones lo más pronto posible.

Es cierto que los comicios presidenciales tendrían que haber sido llevados a cabo en marzo de 2024 y la legislatura de V. Zelenski tendría que haber finalizado en mayo del mismo año. Empero, el país europeo se encuentra bajo ley marcial desde el 24 de febrero de 2022 y dicha medida —permitida constitucionalmente— conlleva a suspender cualquier tipo de proceso electoral que pudiese estar previsto. Ergo, la permanencia del líder ucraniano en el sillón presidencial es absolutamente lícita. Además, es razonable pensar que, en un contexto tan hostil como el actual, sería muy difícil asegurar la protección de los civiles, proteger la integridad de las urnas electorales, y coordinar la logística necesaria para llevar adelante todo el proceso.

Por otra parte, resulta llamativo —y hasta paradójico— que las críticas vayan hacia un presidente como el ucraniano, que ha sido electo democráticamente en 2019, mientras que las elecciones en las que el propio V. Putin participó y «venció» en marzo de 2024, estuvieron cargadas de polémica. Diversos observadores internacionales denunciaron la existencia de un fraude electoral, en la que se reprimió a civiles y se prohibió la postulación de candidatos opositores.

Europa debilitada y acallada

La Unión Europea viene siendo, luego de Estados Unidos, el segundo mayor proveedor de apoyo militar y económico a Ucrania. Pero el papel del bloque no termina allí, pues: 1) ha trabajado arduamente por crear una red de contención y acogida para refugiados de guerra, 2) coordina el envío de ayuda humanitaria (alimentos y medicinas) a la zona de conflicto, y 3) se esfuerza por mantener operativa la infraestructura energética que ha resultado afectada por los ataques rusos. Además de lo anterior, intenta aplacar a Rusia con ciertas acciones, tales como la aplicación de restricciones financieras en bancos, las limitaciones a exportaciones e importaciones, las suspensiones de licencias a medios de comunicación, y las sanciones a puertos y aeropuertos. Cabe mencionar que, aunque su destinatario haya demostrado cierto grado de inmunidad frente estas medidas punitivas, la actuación de Europa denota su real implicancia y preocupación por la causa.

Esta sabe de sobra que el apoyo de Estados Unidos es clave para que Ucrania no se debilite, pero la postura del líder norteamericano —ahora tan aparentemente cercana a V. Putin— genera más dudas que certezas. De hecho, en la Conferencia de Seguridad de Múnich que tuvo lugar los pasados 14, 15 y 16 de febrero, Estados Unidos mantuvo un discurso de desapego y distanciamiento respecto a Europa. Justificó su intención de no incluirla en las negociaciones para un alto al fuego entre Rusia y Ucrania recordando el fallo de Minsk II (un proceso de paz que ya en 2014, intentando solucionar el conflicto que antecede a esta guerra actual, reunió a varios países sin cosechar frutos). La administración trumpista es partidaria de que contar con la participación de muchos actores sería contraproducente y volvería a conducir al fracaso.

Esto evidencia que la relación transatlántica ha cambiado rotundamente, no pareciéndose ya en nada a lo que era hace 70 años. El Viejo Continente ya no puede contar con la potencia americana para defenderse. En efecto, considerando la ambigüedad estadounidense y ya previendo esta situación de crisis, el mismo V. Zelenski instó a los líderes europeos a fortalecer su defensa y crear su propio ejército (aunque no como un cuerpo sustituto, sino como complemento de la OTAN). Llevar a cabo esta propuesta equilibraría las cargas entre Europa y Estados Unidos, algo que D. Trump viene reclamando desde hace mucho tiempo. Además, el mandatario ucraniano cree que el bloque europeo debería trabajar por su independencia en lo que refiere a la toma de decisiones geopolíticas, ya que no estima correcto que otros resuelvan, a sus espaldas, cuestiones que lo involucren directamente.

Alarmada por los últimos acontecimientos y consciente de sus posibles consecuencias, Europa busca la forma de robustecerse. Prueba de ello es la reunión de urgencia convocada en París por parte del presidente francés Emmanuel Macron, a la que acudieron jefes de Estado de las principales potencias europeas, el presidente del Consejo Europeo António Costa, la presidente de la Comisión Europea Ursula Von der Leyen y el Secretario General de la OTAN Mark Rutte. Los objetivos fueron 1) deliberar acerca del suministro de armamento a Ucrania, 2) proponer desplegar tropas de paz en el país invadido, y 3) formular un plan europeo conjunto para alcanzar la paz. Si bien no se han logrado acuerdos firmes, —especialmente debido a discrepancias en el 2° punto— esto no deja de ser un gran paso.

Además, el próximo 6 de marzo se realizará una cumbre extraordinaria de la Unión Europea, donde se aglutinarán los jefes de Estado y de Gobierno para deliberar acerca de la cuestión ucraniana y la seguridad continental. El evento, convocado por A. Costa, genera muchas expectativas debido a que, a pesar de las diferencias internas del bloque, el compromiso para abordar estos asuntos de forma conjunta es mayoritariamente compartido.

Ambas movilizaciones políticas descritas son una gran muestra de que conversaciones mantenidas entre Estados Unidos y Rusia han hecho sonar todas las alarmas de Europa, quien teme que la potencia norteamericana la desampare. Sabe muy bien que, en ese caso, tendría que pasar a lidiar el apoyo a los ucranianos en momentos en los que su bloque no se encuentra ni tan fuerte, ni tan unido. Adicionalmente, se convertiría en la única responsable de reconstruir Ucrania y garantizar —por sus propios medios— su seguridad. Razones de sobra para ponerse a trabajar en la cohesión entre sus integrantes.

Posibles beneficiarios de la crisis EE.UU. – Europa

Los desplantes de D. Trump hacia Europa, podrían llegar a ser favorecedores para otros actores del sistema internacional. Es el caso de China, que como buen estratega geopolítico que es, se verá motivado por la crisis transatlántica y muy probablemente intente fortalecer sus lazos con la Unión Europea (a pesar de los desencuentros comerciales que ambos han tenido últimamente, vinculados principalmente al sector automotor).

Por otra parte, la propia Rusia también se vería claramente beneficiada. Y es que la postura de D. Trump, quien muestra cierto desprecio hacia la OTAN —y hacia las instituciones supranacionales en general—, puede ser concebida como una victoria diplomática para ella. El hecho de que el norteamericano se oponga a que Ucrania ingrese a la Alianza, permitiría que V. Putin consolide su poder e influencia en la región, e inclusive podrían llevarlo a considerar atacar otros países que formaron parte de la URSS, pero que ahora integran el Tratado Atlántico, como por ejemplo Lituania.

Futuro próximo

Las próximas semanas serán, sin lugar a dudas, claves para el destino de Ucrania, quien ha mostrado una admirable resistencia y no ha dejado de luchar por su soberanía a pesar del agotamiento. Sin embargo, para bien o para mal, su futuro depende de las reglas que imponga Estados Unidos y, en particular, D. Trump, alguien que sabe muy bien cómo imponerse y lograr alterar las dinámicas del poder global.

Reflexiones finales

La mediación de Estados Unidos en el conflicto entre Rusia y Ucrania, con el continente europeo siendo dejado de lado en las negociaciones de paz, da cuenta de un cambio drástico en el vínculo transatlántico. Las relaciones entre América Anglosajona y Europa están en continua reconfiguración y los equilibrios geopolíticos se alteran rápidamente, pero lo más grave es que su gran falta de entendimientos está poniendo a prueba la unidad del atlantismo y con él, la de todo Occidente.

A pesar de todo, la postura antimultilateralista de D. Trump era conocida de antemano. Desde los inicios de su campaña electoral, el propio líder se encargó de dejarlo claro en sus discursos (eso sin contar que el norteamericano ya gobernó su país desde 2017 a 2021 y que, por ende, el mundo ya estaba al tanto de cómo era su manejo dentro del sistema internacional).

Es claro que Europa cometió un grave error al no haberse preparado lo suficiente para un evento tan previamente anunciado. Su fuerte dependencia hacia la potencia norteamericana la colocó en una posición cómoda. Eso la llevó a no esforzarse demasiado por trabajar en la generación de sus propias estrategias de defensa ni en el logro de consensos en materia de política exterior. Pero ya es momento de dejar de actuar como un espectador del escenario global: la guerra entre ruso-ucraniana le viene demostrando con creces que ya no puede permitirse continuar estando bajo la órbita protectora de Estados Unidos, sino que tiene que comenzar a trazar su propio camino en defensa y tomar sus propias decisiones geopolíticas. Sencillamente, de esto dependerá su supervivencia. Y también la de la dañada Ucrania.

La situación presente le exige fuerza y determinación, pero el continente europeo tiene capacidades de sobra para salir airoso de este contratiempo. Tan solo debe superar sus propios obstáculos políticos y burocráticos, para que no sigan perjudicando su cohesión interna ni le impidan construir políticas comunes. El desafío es grande, más no imposible.

Con respecto a Ucrania, en concreto, resta poco por añadir. Es crucial que el Grupo de los 27 mueva sus fichas para completar su adhesión al bloque lo más pronto posible, mientras se continúa trabajando conjuntamente por el reforzamiento de las capacidades defensivas. No queda más que aceptar que Estados Unidos, en el mejor de los casos, solo podría llegar a conseguir una tregua inmediata, más no definitiva. De ahora en adelante, Europa deberá moverse sola. Sola, pero unida: más unida que nunca si quiere recuperar la grandeza que alguna vez supo tener.

*Foto de portada: Logo de la OTAN quebrándose en medio de nubes que representan incertidumbre en ambos lados del Océano Atlántico | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).

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