24 de abril: Día Internacional del Multilateralismo y la Diplomacia para la Paz

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🌐 | Claves acerca de la iniciativa que busca promover la cooperación internacional, la búsqueda de consensos y la resolución pacífica de conflictos.



Presentación

Esta fecha busca motivar a los países a seguir colaborando en pro de negociar y llegar a acuerdos en temas comunes, que repercuten en el beneficio de todos. Se trata de una iniciativa de las Naciones Unidas. Es un compromiso adoptado y reafirmado por la enorme mayoría de sus Estados miembros en tres oportunidades: 1) el Debate General en septiembre de 2018; 2) el Diálogo de Alto Nivel sobre la Renovación del Compromiso con el Multilateralismo en octubre de 2018; y 3) la Asamblea General del 12 de diciembre de 2018, donde mediante la resolución A/73/L.48, se aprobó observar el Día Internacional del Multilateralismo y Diplomacia para la Paz, cada 24 de abril, a partir del año 2019.

A continuación, se ofrece una serie de apuntes básicos acerca de los dos aspectos sobre los que busca influir esta efeméride: 1) Multilateralismo, captando sus principales matices y descifrando el rol que juegan las Naciones Unidas en este proceso; y 2) Diplomacia, conceptualizando y delimitando el término. Finalmente, se brinda un análisis que pretende enumerar las restricciones y los desafíos más significativos a los que ambos se enfrentan en la actualidad, considerando la crisis por la que atraviesan.

Multilateralismo

El término multilateral proviene de la asociación de dos palabras latinas: multus (muchos) y latus (lado). La primera definición que brinda el Diccionario de la Real Academia Española (DLE-RAE) acerca del vocablo es la de «perteneciente o relativo a varios lados, partes o aspectos» , algo perfectamente aplicable a la geometría que, por cierto, es el ámbito donde este se originó. Sin embargo, también se utiliza —y mucho— en las esferas de la política internacional, donde su significado se concretiza un poco más: «que concierne a varios estados o afecta las relaciones entre ellos» .

A menudo, en las relaciones internacionales, el multilateralismo es entendido como un mecanismo opuesto al unilateralismo y al bilateralismo, ya indica una forma de cooperación entre tres o más Estados. ¿Cuál es el problema de esta conceptualización tan cuantitativa? Sencillamente, que no permite captar la naturaleza del fenómeno. Este no se trata solamente de una práctica o de un determinado número de agentes implicados, sino más bien de la adhesión a un proyecto político común, que está basado en el respeto a normas y valores compartidos —tales como la inclusión y la solidaridad— y en la igualdad de derechos y obligaciones. Se trata, por lo tanto, de un método de cooperación, pero también una forma de organización del sistema internacional.

Tal como se sostiene en el informe «Multi-What: A short guide on multilateralism and its role in our daily lives» de Naciones Unidas, el multilateralismo es un espacio que se basa en acuerdos colegiados, que permite que todas las voces sean oídas y que todas las partes participen en la toma de decisiones. Hace referencia a un mecanismo cuyo núcleo está basado en la colaboración y el intercambio de datos, siendo así capaz de equilibrar ganancias y pérdidas. Allí, ninguna parte lo consigue todo, pero todas obtienen algo.

Las relaciones multilaterales han existido desde tiempos remotos: muchas civilizaciones antiguas dejaron constancia de acuerdos —ya sean políticos, comerciales o financieros— para regular las interacciones entre diferentes entidades. Ya como prototipos de multilateralismo moderno podrían considerarse: 1) el Concierto de Europa, que surgió a partir del Congreso de Viena de 1815, puso fin a las guerras napoleónicas, y sirvió como modelo para la celebración de futuras conferencias internacionales que aspiraban a resolver disputas y prevenir guerras; 2) el Primer Convenio de Ginebra, que tuvo lugar en 1864 y marcó un hito en la codificación del derecho humanitario; 3) el movimiento intelectual pacifista o internacionalista surgido en el siglo XIX; 4) las Conferencias de La Haya de 1899 y 1907, que gestaron una institución tan relevante como la Corte Permanente de Arbitraje; y 5) la Conferencia de Paz de París de 1919, que estableció la creación de la Sociedad de Naciones, disuelta en 1946 y base de la actual ONU.

El multilateralismo, históricamente ligado a la cooperación entre Estados, enfrenta hoy otra realidad: la incorporación de nuevos actores a sus bases. Grupos de la sociedad civil, empresas privadas y gobiernos locales son tan solo algunos ejemplos de agentes que, desde las últimas décadas, vienen pisando fuerte en el terreno internacional, aportando sus propios enfoques y paradigmas, algo que complejiza —y enriquece— el modelo.

El rol de las Naciones Unidas

El organismo nació oficialmente el 24 de octubre de 1945, tras la Segunda Guerra Mundial. En el momento de su fundación, contaba con 51 Estados miembros, pero con el correr del tiempo la lista de integrantes ha crecido significativamente, alcanzando hoy los 193 territorios (más un enorme número de ONGs y grupos de individuos que gozan de la condición de observadores).

Desde sus inicios, su misión principal es la de mantener la paz y la seguridad internacional. Está comprometida a prevenir conflictos y, en caso de que estos ocurran, trabaja por resolverlos pacíficamente, poniendo de acuerdo a las partes implicadas. Su Consejo de Seguridad es el máximo responsable de esta tarea, aunque su Asamblea General y su Secretario General —cargo que desde 2024 es ostentado por el neerlandés Mark Rutte— también contribuyen activamente a ella.

Desde su creación, las principales líneas de trabajo de la entidad se han enfocado en trabajar sobre cuestiones como:

• Desarme global, control de armamentos y no proliferación

• Comercio multilateral y desarrollo económico

• Asistencia humanitaria

• Prevención de riesgos naturales

• Mantenimiento de la paz

Se enfoca en: 1) reunir esfuerzos de las naciones para alcanzar propósitos comunes; 2) tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz; 3) fomentar relaciones de amistad basadas en el respeto a la igualdad de derechos y a la libre determinación de los pueblos; y 4) promover la cooperación internacional. Por todo esto, las Naciones Unidas pueden ser consideradas el marco multilateral por excelencia. De hecho, en su Carta fundacional, firmada el 26 de junio de 1945, el organismo reconoce al multilateralismo como uno de sus principales pilares.

Diplomacia

El Diccionario de la Real Academia Española (DLE-RAE) la define como 1) «Rama de la política que se ocupa del estudio de las relaciones internacionales» ; 2) «Conjunto de los procedimientos que regulan las relaciones entre los Estados» ; y 3) «Servicio de los Estados en sus relaciones internacionales».

La diplomacia es, básicamente, el paquete de acciones que cada Estado lleva a cabo en relación con terceros, a través de mediadores especializados. Estos agentes, no solo representan a sus países/territorios y velan por sus respectivos intereses, sino que, además, son los encargados de fomentar relaciones amistosas y aliviar posibles tensiones entre las partes, antes de que puedan convertirse en conflictos, aplicando, de esta forma, algo que en la jerga es conocido como diplomacia preventiva. En caso de que las disputas ocurran, su rol se centrará en intentar resolverlas pacíficamente, siempre diálogo mediante.

Intervenciones como estas, de por sí, pueden considerarse una forma de multilateralismo. Pero hay un caso particular, y es el que ocurre cuando una determinada nación sirve como intermediaria en una causa que no es propia y por la que —teóricamente— no se ve directamente afectada. Si bien a simple vista dicho acto puede llegar a parecer inútil, lo cierto es que todo problema en el que se vean involucrados uno o varios Estados, afectará al colectivo mundial en su conjunto. Fenómenos como la migración, la inflación de precios, y la escasez de bienes y servicios son prueba de que, en un mundo tan interconectado como el de hoy, lo que ocurre en una región determinada, tiene efectos en otras.

Limitaciones y desafíos actuales

A pesar de las indudables contribuciones a la paz por parte del multilateralismo y la diplomacia, es posible afirmar que actualmente ambas afrontan una importante crisis, tal cual ya se afirmaba en previos artículos de ESCANEO POLÍTICO como «Anuncios de retiro de la OMS: ¿Multilateralismo debilitado?» (donde se exploran las consecuencias que podrían llegar a tener los abandonos a diversos entes globales) y «¿Es el fin del atlantismo?» (donde se analiza cómo se están viendo impactadas las relaciones transatlánticas a raíz de la búsqueda de un tratado de paz para la guerra entre Rusia y Ucrania).

Sucede que, en los últimos tiempos, tanto el modelo multilateral como la labor diplomática vienen siendo altamente cuestionados por la comunidad internacional. Comprender qué, cómo y por qué está ocurriendo esto, resulta clave para buscar soluciones adecuadas.

Los principales retos a los que se enfrenta el multilateralismo derivan mayoritariamente de la globalización y de las continuas crisis sociopolíticas en el mundo, y son los siguientes:

1) Trances de legitimidad y representatividad: En muchos casos, los organismos multinacionales son percibidos como antidemocráticos, elitistas y burocráticos. La poca/nula participación ciudadana en ellos, debilita, entre otras cosas, su capacidad de rendición de cuentas.

2) Reconfiguraciones en el orden global: Potencias emergentes como China, India, Brasil y Rusia ponen en tela de juicio la unipolaridad estadounidense (tal como ya se especificaba en «BRICS+: ¿Una amenaza para Occidente?» de ESCANEO POLÍTICO), y exigen reformas profundas en la gobernanza mundial para ser incluidos.

3) Divergencia de posturas e intereses: La gran diversidad —y muchas veces, contradicción— de aspiraciones entre países, dificultan el alcance de consensos. Esta falta de acuerdos suele hacerse visible en foros multilaterales (tales como ONU, FMI y OMC), y es una de las grandes responsables de limitar la eficacia de estos.

4) Fragmentación y regionalización del escenario internacional: El aumento de acuerdos bilaterales y la consolidación de bloques regionales han estado dando lugar a dinámicas más cerradas que —si bien pueden facilitar ciertos acercamientos a escala reducida— mantienen normas que resultan incompatibles con la arquitectura multilateral, haciendo que esta se debilite y pierda eficacia.

5) Surgimiento de problemas globales de alta complejidad: Cuestiones como el cambio climático, la transición energética, la seguridad alimentaria o las pandemias requieren respuestas conjuntas, coordinadas y de largo plazo. Sin embargo, las instituciones multilaterales tradicionales han demostrado tener ciertas dificultades para responder adecuadamente, tanto en su capacidad de acción como en su agilidad para adaptarse a estos fenómenos interconectados.

6) Auge del nacionalismo y repliegue soberanista: El cobro de fuerza de narrativas centradas en el interés nacional, el proteccionismo y la desconfianza hacia los organismos internacionales, disminuyen la voluntad política necesaria para sostener compromisos multilaterales e impulsan decisiones unilaterales que fragmentan —aún más— el orden global. Ejemplos de esta realidad son fenómenos como el Brexit (nombre con el que se conoce al proceso a través del cual Reino Unido voluntariamente dejó de ser parte de la Unión Europea), el eslogan «America First» (utilizado por el presidente estadounidense Donald Trump, tanto en campaña electoral como en el ejercicio de sus mandatos), o el ascenso de líderes populistas en América Latina o Europa.

La diplomacia, tan fuertemente ligada al multilateralismo, también enfrenta ciertas amenazas, a saber:

1) Crisis de eficacia y relevancia: Guerras actuales como las de Rusia-Ucrania o el conflicto Gaza-Israel (extendido ya al resto de Oriente Medio), evidencian que los métodos diplomáticos tradicionales han perdido fuerza para regular la paz y resolver conflictos.

2) Erosión de normas y crisis ética: El irrespeto a convenciones fundamentales (como la inviolabilidad de las sedes diplomáticas) y el uso creciente de insultos o gestos provocadores entre líderes políticos afectan la legitimidad, la seriedad y la estabilidad de las relaciones internacionales.

3) Multiplicación de actores e intereses contrapuestos: En los últimos tiempos el poder se ha dispersado, pues no solo los Estados influyen en la arena internacional, sino que también lo hacen otros agentes (como empresas tecnológicas, ONGs, organismos financieros, movimientos sociales y hasta grupos ilegales). Esto hace que la coordinación de acciones diplomáticas se complejice.

4) Disrupción tecnológica y diplomacia digital: Las redes sociales e internet han venido transformado la práctica diplomática, abriendo canales directos e inmediatos de comunicación. Sin embargo, también dan lugar a la desinformación, la pérdida de control narrativo, las confrontaciones públicas entre líderes y el deterioro de la confianza entre Estados.

5) Nuevos públicos: La diplomacia debe trabajar en pro de disminuir la distancia entre el lenguaje institucional y las demandas ciudadanas, para que política exterior y opinión pública vayan de la mano. Considerando que un alto porcentaje de la población mundial joven está digitalizada, debe actualizar sus códigos, lenguajes y canales de diálogo para conectar mejor con estas.

Los puntos antes mencionados dan cuenta de los múltiples factores que impactan negativamente en aceptación global del multilateralismo y la diplomacia. Ambos están en una encrucijada en la que urgen reformas estructurales, que estén adaptadas a la complejidad e interdependencia del mundo actual, pero que también sean capaces de equilibrar eficacia, legitimidad y participación inclusiva.

Consideraciones finales

Es claro que el multilateralismo y la diplomacia requieren modificaciones y readaptaciones. Así lo evidencia la desconfianza global —cuasi generalizada— hacia sus promotores, sean líderes políticos u organismos internacionales. Empero, a pesar de sus deficiencias, ambas continúan siendo los vehículos más eficientes para alcanzar y sostener la paz, lograr desarrollo sostenible inclusivo, y promover el respeto por los derechos humanos.

La coyuntura internacional actual viene demostrando que, en la enorme mayoría de los casos, los países no pueden gestionar los riesgos por sí solos. Asimismo, sus problemas domésticos pueden tener consecuencias en el resto del sistema internacional. Motivo más que suficiente para seguir apostando a este modelo.

Por otra parte, existen problemas comunes, que no entienden de fronteras y que son compartidos por todas las naciones. Por eso: ante problemas globales, soluciones globales. He aquí la razón de ser del -últimamente tan cuestionado, pero necesario- multilateralismo, junto a sus herramientas diplomáticas. Vaya si no será importante dedicar un día para reflexionar acerca del asunto.

*Foto de portada: Emblema de las Naciones Unidas, que fue creado por un equipo de diseñadores dirigido por Oliver Lincoln Lundquist. El color azul, parte integrante de la identidad visual del organismo, representa la paz (en oposición al rojo, usualmente asociado a la guerra) | Créditos: un.org

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