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🇻🇦 | En medio de tensiones eclesiásticas y un orden global en reconfiguración, el Vaticano se prepara para un evento que trasciende lo religioso y espiritual: ¿Cómo impactará en la geopolítica actual?
Preámbulo
Transcurría el decimoprimer día del mes de febrero de 2013 cuando —por indisposiciones físicas vinculadas a su envejecimiento— Benedicto XVI anunció su sorpresiva dimisión al pontificado de la Iglesia católica. Dicha renuncia se hizo efectiva 17 días más tarde y, a partir de ese momento, el Vaticano adoptó el status temporal de Sede Vacante, que se extendió hasta el 12 de marzo, fecha en la que inició el cónclave (es decir, la reunión celebrada por el Colegio Cardenalicio para elegir al nuevo papa). Luego de arduas horas de diálogo y negociación, recién sobre la tarde-noche del 13 de marzo y tras la quinta votación, la gran incógnita fue resuelta y el nombre del nuevo sumo pontífice fue revelado: se trataba del argentino Jorge Mario Bergoglio, nacido el 17 de diciembre de 1936 en la ciudad de Buenos Aires. Con una larga trayectoria eclesiástica en su país natal, aquel cardenal de 76 años de edad se convirtía en el primer latinoamericano y jesuita en asumir el cargo máximo de dicha entidad.
Inmediatamente después de su nombramiento, el nuevo regente de la Santa Sede hizo público su deseo de pasar a llamarse Francisco —en honor al italiano Francisco de Asís, conocido como el «Santo de la pobreza»— y así, con esa decisión tan simbólica, el líder espiritual comenzaba a imponer su fuerte impronta personal, enfocándose en los pobres y en los marginados sociales.
En 2022 y tras padecer una serie de achaques de salud, se encargó de dejar organizado cada detalle de la que sería su despedida terrenal. Entre otras cosas, solicitó que su cuerpo no fuera colocado sobre un catafalco, y es que, a diferencia de sus predecesores, él anhelaba tener un cortejo sobrio y sencillo, evidenciando ser coherente con el que había sido su estilo de vida. En 2025 y luego 12 años de servicio papal, falleció el pasado 21 de abril —coincidiendo con la conmemoración del Lunes de Pascua— a los 88 años. Su féretro permaneció en la Basílica del Vaticano hasta el 25 de abril y, al día siguiente, fue enterrado en la de Santa María la Mayor, volviendo a marcar un hito, pues desde 1903 no se sepultaba a un Papa fuera del Vaticano.
Se estima que cerca de 250.000 personas asistieron a darle su último adiós. Entre la lista de presentes no solo se encontraban fieles, sino también líderes políticos de los 5 continentes, algo que pone en evidencia la importancia que tuvo el último romanus pontifex tanto dentro como fuera de la comunidad católica.
El deceso de Francisco se da en un momento histórico complejo, cargado de tensiones y en plena reconfiguración. El cónclave para elegir a su sucesor comenzará el próximo 7 de mayo. Los cardenales que participen en esta —siempre hermética y misteriosa— instancia deberán contemplar estas realidades externas pero, a su vez, enfocarse en los problemas propios de la doctrina. Naturalmente, serán días de mucha incertidumbre, en los que el planeta entero estará aguardando por el dictamen final.
Por todo lo anterior, el objetivo de este artículo es múltiple. En primer lugar, busca dar a conocer las principales características de la gestión de Francisco en el Vaticano, destacando su importante legado. Más adelante, intenta exponer las características de los anteriores cónclaves vaticanos y brindar referencias acerca del de 2025. Seguidamente, desglosa cuáles serán los posibles aspectos que influirán en la elección del próximo pontífice, procediendo a mencionar, a su vez, cuáles son los retos más significativos a los que se enfrenta la Iglesia católica en la actualidad. Sobre el final, establece una serie de reflexiones, buscando interpretar la fuerte conexión que ha existido, desde tiempos remotos, entre religión y política.
Francisco: un papa de cambios
Durante su pontificado, un papa cumple un doble —e importante— rol, pues es Obispo de Roma al mismo tiempo que es Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano. Dicho país soberano, a pesar de ser el más pequeño del mundo en extensión territorial (0.44km²), contar con un bajísimo número de población (menos de 900 habitantes), y no disponer con ejército propio, es dueño de un enorme poderío que proviene de su influencia simbólica, de su diplomacia y de su capacidad de moldear la conciencia global. Considerando esto, es posible afirmar que un pontífice es mucho más que un mero representante espiritual, y que su figura excede los límites de su comunidad religiosa.
El caso de Francisco y su particular estilo de gestión no fue la excepción a lo anterior. Su impacto, dentro y fuera de la Iglesia, fue incalculable. Desde el primer momento, el líder evidenció que era diferente. No solo provenía de un origen geográfico nuevo, sino que también se mostraba como un pastor —no como un monarca—, además de que mantenía un discurso cercano y una forma de vida humilde. Todas estas singularidades llamaron la atención de propios y ajenos, pues el mundo venía acostumbrado a otros modelos, algo más suntuosos y ostentosos. Pero hay mucho más, pues, entre otras cosas, el Pontífice argentino:
• Contribuyó enormemente a la apertura y flexibilización de la Iglesia católica. Tendió puentes hacia grupos sociales que antes eran marginados, tales como divorciados, miembros de la comunidad LGBTQ+ y migrantes.
• Fue un gran promotor del diálogo y la cooperación interreligiosa, algo inédito hasta el momento de su llegada. Partidario de la búsqueda de consensos, llegó incluso a lograr acercamientos con el Islam que se caracterizaron por el respeto mutuo.
• Trabajó arduamente por redefinir las prioridades de la Santa Sede. Puso énfasis en el Sur Global y apostó por darle voz a continentes «olvidados» como África, América Latina y Asia, ampliando la agenda hacia temas como pobreza estructural y desigualdad. En ese sentido, viajó a países sin peso diplomático en reiteradas ocasiones.
• Nombró cardenales en zonas remotas, algo que también puede considerarse estratégico pues de esa forma logró modificar la composición del Colegio Cardenalicio.
En resumen, su misión no fue preservar, sino sacudir. Con un estilo directo, su lenguaje espontáneo y su rechazo a las formas cortesanas, llegó a chocar con las estructuras más rígidas del Vaticano e incluso desató numerosas polémicas. Como es de esperarse, esa falta de grises levantó amores y odios por igual. Pero hay algo innegable: su inercia reformista.
Cónclave 2025
Generalidades
Como ya se adelantaba en el preámbulo de este texto, la congregación de cardenales para elegir al próximo romanus pontifex dará inicio el 7 de mayo, siendo la Capilla Sixtina del Vaticano su anfitriona. Una lista de 133 cardenales menores de 80 años, en su mayoría nombrados durante el pontificado de Francisco, podrán votar y ser votados. El catálogo de aspirantes es absolutamente diverso en materia geográfica —Italia tiene 17 mientras el resto de Europa tiene 36, América del Norte 20, América del Sur 17, Asia 23, África 18, y Oceanía 4—, mientras que también es muy heterogéneo en cuanto a corrientes doctrinarias.
Las anteriores asambleas siempre se han desarrollado bajo estrictas medidas de seguridad, en secreto y con los cardenales totalmente aislados del mundo exterior durante todo el proceso, algo que en esta oportunidad tampoco será diferente.
Para nombrar al nuevo papa se requerirá una mayoría de dos tercios, efectuándose una única votación el primer día y, en caso de ser necesario, hasta cuatro por día en las jornadas consecutivas. Cada resultado será anunciado mediante una tradicional fumata, que tomará color negro si no se llegó a un acuerdo, y color blanco si se logró convenir quién será el próximo regente.
La duración de este proceso puede ser variable. Hay líderes que han sido electos como papa de forma sumamente rápida —como Benedicto XVI en 2005 en 2 días, Pío VII en 1939 en 1 día, o Julio II en 1503 en tan solo horas—, pero hay otros cuyo nombramiento se ha extendido por mucho tiempo —como Martín V en 1417 en 2 años, Juan XXII en 1316 en 2 años y 3 meses, o Gregorio X en 1271 en 2 años y 9 meses—. Esto suele depender, básicamente, del grado de fragmentación interna y del nivel de predisposición para consenso que tengan los cardenales reunidos en ese momento. Por otra parte, situaciones de urgencia o necesidad de unión dentro de la Iglesia pueden ser factores adicionales para acelerar los resultados de un cónclave.
Así las cosas, resulta difícil pronosticar cuanto tardará el francés Dominique Mamberti —cardenal protodiácono— en pronunciar la frase «Habemus papam» en esta oportunidad, pues las coyunturas internas y externas hacen que el fallo no sea fácil de decretar. El escenario más realista sería el de un cónclave con múltiples rondas de votación, donde se busque una figura de equilibrio, que cuente con perfil pastoral al mismo tiempo que diplomático, y que sea capaz de unir sin polarizar.
Condicionantes
La elección de un nuevo Papa es un puzzle de dimensiones épicas. La responsabilidad que recae sobre los cardenales electores es enorme, pues deberán afrontar la difícil tarea de escoger un líder político-religioso que tendrá impacto directo sobre la vida de millones de personas. En este caso, la larga —y variada— lista de papables de 2025 complejizan aún más la decisión.
El elegido deberá hacer frente a los problemas internos que hoy azotan a la Iglesia católica, pero también deberá vincularse con el exterior justo en momentos donde el sistema internacional se torna cada vez más turbulento y cambiante. Por lo tanto, es altamente probable que los debates y las negociaciones para el gran nombramiento pongan el foco en:
1) Disyuntiva – Continuidad vs. Cambio: ¿Es conveniente continuar con el legado progresista de Francisco o, por el contrario, dar un giro hacia el conservadurismo y el tradicionalismo?
2) Tensiones eclesiásticas entre centro y periferia: Porque la geografía también impacta en la interna vaticana, los partidarios del primer enfoque buscarán defender la tradición y mantener el control, mientras que los del segundo aspirarán a una mayor independencia. ¿Qué corriente puede más?
3) Dotes de liderazgo y carisma: Considerando que un papa es un líder espiritual a la par que administrativo, resultará importante que el individuo seleccionado para tal cargo cuente con un alto grado de magnetismo personal, además de una adecuada capacidad para inspirar a los fieles. ¿Cuál de los 133 papables cumple mejor con estos requisitos?
4) Justo equilibrio entre modernismo y tradición: El venidero cabecilla deberá conectar a la Iglesia con el mundo moderno, pero a su vez mantener intactos sus valores, o lo que es lo mismo «mezclarse sin diluirse» ¿Es posible alcanzar dicha armonía?
5) Nuevas tecnologías y formas de comunicación: Vinculado con el punto anterior, podría llegar a valorarse positivamente a aquellos líderes que tengan un estilo comunicacional flexible, abierto y aggiornado a los tiempos que corren, en pro de conectar —más y mejor— con las nuevas generaciones. ¿Cuál es el aspirante con mayor capacidad para adaptar sus mensajes?
6) Modo de encarar asuntos de ética y moral: ¿Cómo quiere la Iglesia llevar adelante debates sobre el rol de la mujer, la homosexualidad y otros géneros diversos, la eutanasia o la inteligencia artificial a partir de ahora?
7) Edad y estado de salud: Dos factores que, por lógicas razones, pueden influir en la capacidad liderazgo del futuro papa.
8) Abordaje de problemas internos: ¿Hay algún candidato que tenga una fórmula adecuada para hacer frente a cuestiones como los escándalos de abuso sexual que involucran a miembros del clero, las críticas acerca del histórico rol secundario de la mujer en la Iglesia, las crisis vocacionales, la creciente secularización o la pérdida de influencia católica en Europa?
9) Abordaje de cuestiones globales: ¿Quién cuenta con la experiencia y el conocimiento suficiente como para atender —en representación de la Iglesia— asuntos internacionales como migraciones, desigualdad social, pobreza, cambio climático o crisis sanitarias?
10) Diálogo interreligioso: ¿Se debe seguir apostando por el enfoque de respeto mutuo promovido por Francisco, o retornar hacia una postura más proselitista y centrada en la identidad católica?
Más allá de todo lo mencionado, tampoco se puede obviar el contexto político dentro del propio Vaticano, en donde las alianzas internas del Colegio Cardenalicio juegan un papel crucial para la obtención de apoyos. De hecho, es presumible que estas lleguen a gestarse debido a que aparentemente no existe un heredero natural de Francisco, ni tampoco un nombre que desnivele la competencia. Por lo mismo, la dinámica de los cónclaves es verdaderamente imprevisible. A lo largo de la historia, muchos candidatos que inician como favoritos terminan desinflándose, o viceversa, como fue el caso papa más reciente. En ese sentido, la aptitud para mantener la cohesión y la unidad interna pasarían a ser un elemento de peso. Y es que, en caso de que efectivamente no existan candidatos verdaderamente fuertes o dominantes, lo más cauteloso sería apostar por un consenso generalizado en torno a una figura moderada y capaz de mantener la fraternidad.
Por último, y no menos importante, otro aspecto que inevitablemente condicionará las decisiones del Colegio Cardenalicio será la figura de Francisco. Ocurre que, tras más de una década de pontificado, ha dejado una huella muy profunda y difícil de borrar. Su impronta pastoral y el hecho de haber dejado como legado una Iglesia más abierta y más comprometida con los desafíos del siglo XXI, lo convierten en un fuerte referente.
Críticas al proceso
En los últimos tiempos, cada vez se le viene exigiendo más transparencia a las instituciones —sean del tipo que sean—, mientras que la opacidad y el secretismo ya no parecen ser tolerados con la misma facilidad que antaño. Sin embargo, la estructura misma de los cónclaves —con sus clausuras, sus rituales estrictos y su gran hermetismo— parece estar diseñada para alejarse de cualquier forma de control público. A esto se le suman las décadas de escándalos eclesiásticos internos (encubrimiento de abusos sexuales, turbiedad en manejos financieros, disputas entre facciones curiales, entre otros).
Esto hace que el evento se convierta en un foco de sospecha para ciertos fieles desencantados y críticos externos, especialmente considerando que: a) el voto está restringido a cardenales, únicamente hombres y que, en su mayoría, tienen más de 70 años; b) no hay participación laica alguna; c) no se hacen públicos los criterios de elección, y d) tampoco se ofrece una rendición final de cuentas.
Otros de los principales cuestionamientos que se le hacen al acontecimiento son: ¿prioriza el bien común y la renovación evangélica o prioriza, en realidad, la estabilidad institucional?; ¿se trata, acaso, de una suerte de lobby interno —donde cohabitan las alianzas cruzadas y el cálculo geopolítico— en el que cada bloque solo busca asegurarse de que el pontífice elegido no ponga en riesgo sus propios intereses?; ¿es verdaderamente tan impermeable ante presiones externas, o se amolda a las necesidades de gobiernos, servicios de inteligencia o actores financieros?
No obstante, las acusaciones antes mencionadas conviven con la capacidad de sorpresa que pueden generar los cónclaves. La elección de Francisco fue una clara prueba de ello, porque se trató de un papado desafiante del statu quo desde el momento cero. Rompió lógicas internas y, de alguna forma, abrió grietas en la cultura de autoprotección eclesiástica. ¿Volverá a producir el Vaticano un líder inesperado y disruptivo esta vez? La interrogante está abierta.
Consideraciones finales
El Vaticano es, sin lugar a dudas, un universo en sí mismo. Puede presumir de ser dueño de una singular mezcla de poder espiritual, diplomacia silenciosa y simbolismo milenario, además de una interesante dinámica política interna que ocurre entre sotanas, silencio y rituales ancestrales. El Papa, por su parte, posee una legitimidad única, pues no necesita territorio ni ejército alguno para influir. Es una autoridad moral universal y, como tal, incide en la agenda pública global.
Aunque con el distintivo de la espiritualidad, el sistema político de la Santa Sede —en particular el que opera durante los cónclaves—guarda muchas semejanzas con lo que podría ser una elección nacional en cualquier otro país. El hecho de que los cardenales electores no sean en lo absoluto neutrales (pues responden a determinadas visiones, escuelas teológicas y regiones geográficas), no accedan a tal denominación clerical por los mismos motivos (debido a que algunos llegan por mérito pastoral mientras que otros lo hacen por afinidad doctrinal o política), construyan y destruyan sus perfiles estratégicamente y, además, formen coaliciones, son una clara evidencia de dicha similitud. Por eso, la celebración de un cónclave puede ser considerado una auténtica cumbre geopolítica.
Como plus adicional, el de 2025 marca el cierre de una etapa profundamente reformista bajo el pontificado de Francisco y abre interrogantes sobre el rumbo que tomará la Iglesia en un mundo en transformación. La elección de su sucesor definirá no solo la orientación espiritual del catolicismo, sino también su posicionamiento político en un escenario internacional marcado por la polarización, las crisis migratorias, el avance de los populismos y la redefinición de los liderazgos globales. ¿Será el nuevo Papa un líder transformador que apunte a una mayor transparencia y lucha contra la corrupción interna, o se priorizará a un candidato con un perfil más conservador que busque preservar las estructuras tradicionales de poder?
El Vaticano —articulando fe y poder, simbolismo y estrategia, tradición e intervención— logra, una vez más, que el mundo entero tenga sus ojos puestos en él. Lo que está en juego en este cónclave es, nada más y nada menos, que el futuro de una institución milenaria —y resiliente— que aún continúa moldeando imaginarios, decisiones políticas y conflictos internacionales.
*Foto de portada: Panorámica de la Plaza de San Pedro, 2011 | Créditos: Ph. Marcos de Madariaga.

