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🇪🇸 | Contribución del rey Felipe VI a la proyección internacional de España — [Análisis de caso]
Introducción
No es posible obviar que, en la actualidad, un enorme porcentaje de los países del globo afrontan problemas vinculados a la democracia y las libertades de expresión (Para más detalles leer los artículos «¿La democracia en caída libre?» y «La libertad global en declive» de ESCANEO POLÍTICO. Sin embargo, a pesar de que pueda parecer contradictorio, son tiempos donde la participación ciudadana es cada vez mayor. Ocurre que el acceso a internet y el uso masificado de redes sociales permite que cada vez más individuos puedan informarse, opinar, conectar con grupos de interés y proponer iniciativas, sin mayores dificultades. Las nuevas tecnologías abren un nuevo universo que, salvo contadas excepciones de países que cuentan con excesivo monitoreo gubernamental como pueden ser Corea del Norte o Cuba, está disponible para todos.
Actualmente, la disyuntiva «monarquías sí-monarquías no» ocupa un lugar importante en el debate público de muchas sociedades, incluso dentro de aquellas no cuentan con ese sistema de gobierno en sus territorios, pero desde la lejanía observan el fenómeno con atención.
El objetivo de este artículo no es caer en la defensa ciega ni tampoco en el ataque fácil hacia ningún modelo monárquico. Lo que se pretende, más bien, es analizarlos desde una mirada estratégica y con una perspectiva internacional. Para simplificar la tarea y acotar el universo de estudio, se pone énfasis en el caso español (cuya realidad actual bien podría extrapolarse a otras coronas occidentales como la sueca o la neerlandesa).
A continuación, se propone explorar cómo —a pesar de las críticas negativas provenientes de algunos sectores poblacionales— el Rey Felipe VI contribuye a la marca país de España, dándola a conocer, promocionándola y elevándola.
Monarquías en democracia: ¿Una paradoja?
La monarquía, como institución política, cuenta tanto con defensores como con detractores a lo largo y ancho del mundo. Los primeros la ven como un ancla de estabilidad, tradición e influencia global, mientras que los segundos la consideran un privilegio heredado e incompatible con los valores democráticos de la actualidad.
Opinión pública fragmentada
Es habitual que quienes se muestran a favor de este tipo de régimen político se basen en el argumento de que contar con la figura de un monarca en sus países es sinónimo de garantías en:
1) Permanencia y solidez institucional, porque este está por encima de cualquier disputa político-partidaria y, por ende, se presenta como un símbolo de unidad nacional y continuidad histórica.
2) Neutralidad política, porque no compite por votos electorales ni tampoco legisla y, por lo tanto, puede convertirse en árbitro y referente.
3) Identidad y raigambre, al representar la historia, la cultura, los usos y las costumbres nacionales de un modo profundo.
4) Mayor eficiencia económica, especialmente comparándolo con el gasto público que supone mantener una república que elige presidentes ceremoniales con alto costo electoral.
5) Diplomacia y soft power (poder blando), a través de su participación en ceremonias, foros y otros eventos internacionales relevantes.
Sin embargo, también existen personas que se expresan en contra a esta forma de gobierno. Ellas suelen asegurar que las casas reales suponen:
1) Déficit democrático, debido a que los monarcas heredan el cargo de jefe de Estado por sangre, y no por méritos personales/profesionales.
2) Consideraciones especiales injustas —tales como inmunidad legal, tratamientos distintivos y beneficios materiales— que resultan injustificadas por el simple hecho de que no responder al voto ciudadano.
3) Anacronismo y obstáculo a la modernidad en pleno siglo XXI, considerando que el enorme porcentaje de las monarquías de antaño ya fueron abolidas y reemplazadas por funcionarios públicos elegidos a partir de sufragio popular.
4) Altos costos de manutención que se agravan con la falta de transparencia administrativa.
5) Posibles riesgos de ejemplaridad, pues no existen garantías de que el heredero del trono mantenga una conducta adecuada, libre de corrupción u otras actitudes reprochables, que podrían afectar directamente la legitimidad institucional.
El caso de España
Como la monarquía parlamentaria que es, el país ibérico no escapa al debate público «monarquía vs. república» y los fundamentos utilizados para defender a uno u otro sistema político tampoco difieren demasiado de los que se han mencionado en el apartado anterior. Para los monárquicos, contar con la presencia de un rey que ejerza como jefe de Estado es sinónimo de unidad, neutralidad y tradición (a nivel interno), pero también de prestigio y visibilidad global (a nivel externo). Para los republicanos, en cambio, se trata de un mecanismo anticuado, costoso y poco transparente.
A este polarizado contexto se le suma la cuestión separatista catalana: una tesis con más de 200 años de vida en la que se defiende la polémica idea de que la comunidad autónoma de Cataluña debería independizarse del Reino de España. Desde el inicio, los integrantes de dicho movimiento independentista se han convertido en uno de los principales opositores a la figura del rey. Y es que, simplemente, lo ven como un obstáculo para alcanzar sus intereses soberanos.
En el mismo sentido, la edad y las ideologías políticas son otros dos aspectos determinantes en la aceptación o el rechazo a la monarquía española. Si bien no es una regla universal, la población más joven y aquellos individuos identificados con doctrinas de izquierda, son quienes suelen mostrarse más críticos respeto a ella. La conciben cómo un mecanismo «desfasado» y se preguntan cómo esta puede seguir sobreviviendo en tiempos actuales, en los que existe una tendencia a empoderar —cada vez más— a los ciudadanos, apuntando a construir sistemas más justos, igualitarios e inclusivos, donde el reparto de poder sea horizontal y no vertical.
En medio de esa tensión entre el apoyo y la crítica, entre el orgullo y el cuestionamiento, entre lo simbólico y lo pragmático es que se mueve Felipe VI, actual Rey de España. Considerar este aspecto resulta vital si se pretende analizar y evaluar su labor pública de forma objetiva, pues no es lo mismo reinar en un entorno armonioso que en uno turbulento y segmentado. El choque de posturas respecto a la existencia de la monarquía es un elemento ya arraigado a la sociedad española y esto, inevitablemente, condiciona su realidad.
Constitución de 1978
Aprobada el 6 de diciembre de 1978 y entrada en vigor 23 días más tarde, la Carta Magna que hoy rige al país ibérico le otorga al monarca un rol representativo, simbólico y moderador.
Según la Ley Suprema el rey es jefe de Estado, es decir, un ícono de unidad y permanencia institucional. No dispone de poder ejecutivo, esto es, no decide por sí mismo, sino que solo formaliza decisiones gubernamentales ya tomadas. Tampoco tiene injerencia partidaria alguna. Sin embargo, aunque no esté encargado de gobernar ni legislar, sí actúa como árbitro político y como figura de referencia interna.
En el ámbito internacional, aunque su protagonismo es más bien protocolar y diplomático, tiene el deber de representar al país en sus relaciones con terceros. Asimismo, acredita embajadores y representantes extranjeros, expresa el consentimiento del Estado en tratados bilaterales/multilaterales (con permiso de las Cortes) y, además, es quien declara la guerra y la paz (con previa autorización del Congreso).
Otras de sus funciones destacadas incluyen: convocar elecciones y referéndums, nombrar al presidente de Gobierno (tras la investidura parlamentaria), expedir y promulgar leyes (aunque no vetarlas), conceder honores/distinciones, y ejercer el derecho de gracia (conocidos como indultos).
Acerca de Felipe VI
Nacido en Madrid el 30 de enero de 1968 con el nombre completo de Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, es hijo de Juan Carlos I de España y de Sofía de Grecia. Fue Príncipe de Asturias hasta su ascenso al trono el 19 de junio de 2014, tras la abdicación de su padre. Desde entonces, pasó a ocupar el cargo de jefe de Estado de España. Además, ejerce la capitanía general de los tres Ejércitos (Tierra, Agua y Aire), el alto patronazgo de las Reales Academias (instituciones investigativas en materia de cultura, arte y ciencia), y la representación internacional del país.
Debido a que el protocolo real así lo impone, cuenta con amplia formación militar. Asimismo, ha desarrollado su carrera académica —vinculada al derecho y a las relaciones internacionales— no solo en su España natal, sino también en países como Canadá y Estados Unidos.
A nivel personal, en 2004 contrajo matrimonio con la actual reina consorte, la periodista asturiana Letizia Ortiz Rocasolano. La pareja real tiene dos hijas: Leonor de Todos los Santos de Borbón y Ortiz (nacida en 2005, es la primera en la línea sucesoria de la Corona española y actualmente ocupa el cargo de Princesa de Asturias) y Sofía de Todos los Santos de Borbón y Ortiz (nacida en 2007, es la segunda en la línea de sucesión al trono y recibe el título de Infanta).

Renovación institucional en política exterior
Los esfuerzos por parte de Felipe por dar una imagen más sobria y profesional respecto a la de su padre son altamente notorios. Si bien ambos han contribuido fuertemente a la causa de posicionar a España en el mundo, no lo han hecho del mismo modo.
Juan Carlos I reinó desde 1975 hasta su renuncia voluntaria —por motivos de salud— en 2014. Su período de jefatura estatal estuvo marcado por la transición dictadura-democracia y por la apertura internacional. Su gran rol fue el de abrirle puertas en el exterior a la España posfranquista, presentándola como un Estado fiable. En ese sentido, su trabajo fue brillante: su estilo cercano y campechano fue de enorme utilidad en el campo diplomático, permitiéndole cultivar un liderazgo iberoamericano que fue clave para las necesidades del país en aquel momento. De hecho, solía ser un gran referente en cumbres y eventos a ambos lados del Atlántico. En esa misma línea, ha sido uno de los más grandes impulsores del ingreso de España a una institución precursora de la actual Unión Europea como lo fue la Comunidad Económica Europea (CEE), y también de la entrada a la OTAN en 1986. Pero no todo fue perfecto, pues el final de su reinado estuvo marcado por algunos escándalos de corrupción que impactaron negativamente en la percepción que los ciudadanos tenían sobre la monarquía, opacando sus buenos logros del pasado.
Felipe VI, en tanto, podría ser definido como un «rey institucional en un mundo multipolar» que, ni bien llegó a ocupar el trono, tuvo como primera misión el restaurar la imagen pública de la institución monárquica tras las polémicas en las que se vio envuelto su padre. Por eso, tanto él como su esposa manejan una línea de trabajo austera, que también se extrapola hacia sus vidas personales y se hace evidente, incluso, en pequeños gestos. La institución actual se enfoca en la modernización, la accesibilidad, la transparencia y la apertura comunicacional. Prueba de ello la creación de una cuenta pública en la red social Instagram en 2024, en la cual que se comparten noticias y fotografías oficiales de la Casa Real, pero también selfies y momentos cotidianos que transmiten naturalidad, espontaneidad y calidez. A nivel internacional, se apunta hacia una diplomacia basada en valores como democracia, derechos humanos, y multilateralismo. Menos magnético y elocuente que su padre Juan Carlos, Felipe continúa apostando por el iberismo. Pero lo hace a su modo. No busca ser protagonista, aunque compensa eso con mayor proyección global (poniendo énfasis en Europa y otras regiones). Además, su participación en foros, cumbres, asunciones presidenciales, visitas de Estado y otros eventos relevantes es verdaderamente activa y denota compromiso con la cooperación internacional.
En conclusión, si el emérito Juan Carlos I fue el rey que ayudó a buscarle a España su lugar en el mundo, Felipe VI está siendo quien consolida esa presencia. Eso sí: el actual monarca lo hace desde una posición más moderada, prudente e institucional, pues es consciente de que la legitimidad de la monarquía ya no depende tanto del carisma individual, sino más bien de su utilidad en un sistema democrático consolidado y dentro de un escenario internacional complejo como el actual.
Representación en tiempos líquidos
Considerando lo anterior, puede afirmarse que el rotundo cambio que se constata al comparar las gestiones de Juan Carlos I y de Felipe VI no solo refleja una diferencia de estilos, sino también de entornos y circunstancias. Hoy en día, ya no se trata de convencer al mundo de que España es una democracia fiable, sino de mantener su peso e influencia en un sistema internacional multipolar.
Sucede que, en una era marcada por la volatilidad, reducida a la urgencia y al cortoplacismo, con partidos políticos que aparecen y desaparecen, con parlamentos fragmentados, con sociedades altamente polarizadas (Ver artículo «Conmigo o contra mí: El fenómeno mundial de la polarización» de ESCANEO POLÍTICO), con gobiernos que tambalean incluso antes de asentarse, y con ciudadanos que han perdido la confianza en sus instituciones, la figura del monarca adquiere un valor especial porque ofrece algo que escasea: estabilidad y continuidad. Además, el hecho de que este no tenga que competir por votos, puede considerarse un activo por demás preciado.
Felipe VI en el plano internacional
El rey de España es sinónimo de diplomacia blanda. Si bien es cierto que no controla la política exterior del país al 100% (pues depende del Ejecutivo para tomar ciertas decisiones, especialmente aquellas de mayor peso) su activa presencia global puede ayudar legitimar al modelo monárquico ante públicos que cuestionan su utilidad, reforzando la idea de que su rol no es puramente decorativo. Y es que, a fin de cuentas, no hace política partidaria, pero sí geopolítica simbólica.
Desde el momento que comenzó a ocupar el trono, Felipe VI ha encabezado numerosas misiones oficiales, ha asistido a múltiples encuentros multilaterales, y ha participado en un sin fin de cumbres y foros, así como también ha servido de apoyo a empresarios españoles en sus procesos de internacionalización y ha actuado como promotor de inversiones extranjeras en su reino.
De hecho, con motivo del 10.⁰ aniversario de la coronación del Rey Felipe V, el pasado año, Radiotelevisión Española (RTVE) emitió un documento especial titulado «Una década del reinado de Felipe VI en datos: más de 3.000 audiencias desde 2014 y 398 actividades de media al año« y en el que reúnen las principales estadísticas de su gestión monárquica. Allí se expone que:
• En una década, los reyes Felipe y Letizia ha llevado adelante un total de 3.984 actividades (con 398 de media al año). Los años en los que sus agendas estuvieron más cargadas fueron 2015, 2018, 2021 y 2022, y en ellas predominaron las tareas de tipo institucional y aquellas enmarcadas en las relaciones internacionales.
• Ambos han recibido en audiencia a 3.208 autoridades/personalidades.
• La pareja real ha realizado 161 viajes, visitando 59 países. Los vecinos Francia, Reino Unido y Portugal fueron los más frecuentados.
Los datos fueron recabados tomando como base la información oficial otorgada por la Casa Real desde junio de 2014 a mayo de 2024. Pero la labor de Felipe no se ha detenido hasta el día de hoy. ¿Su último evento global? La Asamblea General de la ONU, institución que este 2025 está cumpliendo 80 años desde su creación. Allí, el pasado 24 de septiembre el monarca intervino con un enérgico discurso en el que alabó la labor del organismo y alertó sobre los peligros de abandonar el multilateralismo, al mismo tiempo que se hizo eco sobre el conflicto Israel-Palestina (condenando los ataques perpetrados por parte del grupo terrorista Hamas hacia Israel en 2023, pero también solicitando a este último poner fin a su guerra en Gaza). Además, se reunió con el presidente ucraniano Volodimir Zelenski y le transmitió su apoyo incondicional en medio de su guerra con Rusia.
Apuntes finales
Más que una defensa, lo que se pretende desde ESCANEO POLÍTICO, es hacer una invitación a repensar el rol de las monarquías en política exterior. No se trata de idealizarlas ni tampoco de negar sus posibles defectos, pero sí de considerar su auténtico valor y su verdadera utilidad. Ciertamente no son perfectas, pues tienen raíces en el privilegio, arrastran símbolos que pueden incomodar a algunos y exigen una vigilancia constante para no desbordar su papel. Empero, en tiempos donde las instituciones tambalean y la política parece estar más involucrada en el show que en el servicio, quizás no sea menor el hecho de contar con una figura que no compite ni polariza, sino que se limita a representar al conjunto más allá de los vaivenes electorales y a encarnar una idea de Estado.
Las coronas son una muestra de cómo instituciones que parecían anacrónicas, en realidad, no lo son. Y es que, a veces, el secreto de la modernidad no pasa por cambiar todo lo que viene de antaño, sino por resignificarlo. En tiempos tan líquidos como los que corren, a veces hace falta algo —o alguien— que recuerde que no todo se vota cada cuatro o cinco años, sino que existen valores, símbolos y estructuras que, bien usados, pueden contribuir a que la política no se rompa.
En países como España, la figura del monarca convive con gobiernos elegidos democráticamente. Esto, lejos de ser un obstáculo, en muchos casos aporta solidez y equilibrio interno, a la par que desempeña un rol relevante en diplomacia y proyección global. Adicionalmente, la sobriedad, discreción y responsabilidad con la que intenta llevar adelante esta tarea el rey Felipe VI, puede incluso actuar como un amortiguador en momentos de gran crispación política.
Puede que su modelo no sea una solución mágica. Puede que su paradigma no sea exportable sin matices. Aun así, en un tablero global donde los liderazgos rotan a ritmos vertiginosos y las democracias enfrentan desafíos inéditos, la monarquía parlamentaria española ofrece una forma particular de sostener la arquitectura político-institucional. A pesar de los escándalos del pasado. A pesar de los cuestionamientos del presente. Su figura reencarna a la perfección la mezcla entre herencia y reinvención, entre permanencia y transformación.
Felipe VI, con su perfil sobrio y cercano a lo técnico, evita declaraciones altisonantes y apariciones mediáticas innecesarias. Representa sin legislar. Respalda sin gobernar. Defiende la cooperación internacional, la paz y la estabilidad. Es un actor clave para la promoción de la cultura y la identidad española, salvaguardando sus intereses.
Tal vez sea hora de mirar más allá de los prejuicios…
*Foto de portada: Bandera que incluye el escudo del rey Felipe VI, quien maneja como lema personal la frase en latín «Plus ultra» que en español significa «Más allá» | Créditos: marca.com
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