El poder político de la moda

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Apuntes acerca de cómo la estética y la imagen se han convertido en auténticas (y valiosas) herramientas de comunicación no verbal en la esfera pública.



Presentación

Inaugurando la sección «MODA & PODER» de ESCANEO POLÍTICO, este artículo pretende servir como referencia y base para la adecuada comprensión de sus futuros contenidos. En tal sentido, busca introducir a los lectores en el apasionante universo de la imagen y la estética, analizando su impacto en el ámbito de la política internacional. Su principal objetivo es el de contribuir a desterrar el falso mito de que la moda es un asunto frívolo.

Para ello, se comienza exponiendo el histórico vínculo existente entre dos campos que a simple vista podrían parecer disímiles, pero que, en realidad, comparten muchas particularidades entre sí: el de la arquitectura y el de la moda. Siguiendo esa línea, se hace referencia a cómo la evolución del primero ha influido enormemente en la del segundo, llegando al punto de modificar su rol y sentido al 100%. Atendiendo a mencionadas transformaciones, se procede a detallar el silencioso —pero poderoso— impacto que la imagen y la estética tienen hoy en las sociedades de todo el mundo. Inmediatamente, se prosigue evaluando qué tanto han calado ambas en el universo político, para luego citar ejemplos concretos de líderes globales que —estratégicamente— han sabido aggiornarse y sumarse a esta fuerte tendencia, logrando destacar, para bien o para mal, entre sus homólogos.

Arquitectura y moda: una evolución analógica

Al inicio de los tiempos, el acto de vestirse respondía, meramente, a atender una necesidad física elemental: la de protegerse del viento, la lluvia, el sol y otros fenómenos climáticos. Sucede que, al vivir a la intemperie, los seres humanos estaban altamente expuestos a las condiciones del ambiente natural y, para mantenerse a salvo, debían utilizar los pocos medios que tenían a su disposición para cubrir sus cuerpos. En aquella época, las personas tampoco contaban con soluciones habitacionales adecuadas. Se resguardaban bajo los árboles o dentro de cuevas, para más adelante pasar a montar «tiendas» fabricadas a partir de ramas, barro y pieles de animales. En ese contexto, la ropa era, ni más ni menos, un requerimiento primordial para la supervivencia.

Con el correr de los siglos, los materiales para la construcción de viviendas han ido evolucionando de forma notoria. Primero fue la piedra, le siguieron el ladrillo y el hormigón, para que luego se sumaran la madera, el yeso, el vidrio y el acero. En la actualidad, destacan la fibra de carbono, los plásticos/sintéticos y el vidrio estructural que, sobre todo en las últimas décadas, vienen siendo complementados con elementos sustentables, como bambú, corcho, tierra, paja y ladrillos ecológicos, entre otros.

La moda y su industria, en tanto, han hecho lo propio pues, al igual que en la arquitectura, han ido transformándose, a través de la incorporación de nuevos tejidos y formas de producción (mutando de pieles curtidas a fibras desarrolladas en laboratorios, pasando de emplear tintes naturales a artificiales, viendo nacer telas inteligentes…).

El desarrollo tecnológico ha sido, sin lugar a dudas, el gran facilitador para la modernización —en modo independiente— tanto de infraestructuras edilicias como de producción textil. Pero los cambios que ambos atravesaron —y continúan atravesando— no están ligados únicamente a las materias primas, sino también a sus respectivas utilidades y significados. En esta línea, la arquitectura y la moda no deberían ser analizadas por separado debido a que, usualmente, sus caminos terminan confluyendo. El primero siempre ejerce influencia sobre el segundo, y viceversa.

Una prueba evidente de lo mencionado es el hecho de que, gracias a los avances técnicos, las ciudades —y concretamente los hogares— se han tornado espacios mucho más seguros y confortables que de antaño. Estos, posiblemente sin pretenderlo, contribuyeron a la evolución de la vestimenta. ¿De qué manera? Sencillo: al tornarse más eficientes en su función de ofrecer resguardo y protección, las nuevas soluciones habitacionales llevaron a que la indumentaria complejice sus posibilidades y su significado inicial.

Tanto en arquitectura como en moda, los detalles estéticos comenzaron a cobrar una fuerza que nunca antes habían tenido, excediendo lo puramente utilitario y concentrándose, además, en la capacidad de transmitir una visión de mundo. En el primer caso, los estilos, las texturas, las formas, los colores y los componentes elegidos al momento de edificar dicen mucho más de lo que parecen acerca de sus moradores (los rascacielos de vidrio simbolizando transparencia, o bien, las casas ecológicas reflejando conciencia ambiental podrían ser dos ejemplos bastante ilustrativos de esta realidad). El segundo caso, en tanto, se plasma a partir de la evidencia de que la humanidad dejó de vestirse —únicamente— para satisfacer una necesidad como el abrigo: ahora lo hace para proyectarse a sí misma y para comunicarse sin palabras.

La estética como herramienta de lenguaje silencioso

Si bien es claro que la vestimenta nunca ha dejado de ser un recurso práctico, lo cierto es que con el correr del tiempo su significado se ha expandido, pasando a ser, también, un instrumento de expresión. Hoy tiene la aptitud de reflejar pertenencia, status social/económico, jerarquías, ideas, posturas, prioridades y valores. No lo hace con palabras, sino con gestos y detalles sutiles. Esa capacidad para manifestar sensaciones y emociones solo a través de elementos visuales, es justamente la que hace que la apariencia y la estética se tornen activos cada vez más preciados a nivel social, pues facilitan y complementan la comunicación humana.

No es posible obviar que la moda cumple una doble función al actuar como un vehículo para la integración y para la distinción de grupos de cualquier naturaleza: a nivel interno, «estandariza» a sus integrantes y contribuye a mejorar las adhesiones, mientras que, a nivel externo, diferencia y marca distancias respecto a otros. Evidencias de esto son ciertos colores y tejidos en la Edad Media (que solo podían ser exhibidos por determinados sectores de población), el uso de la toga en la Antigua Roma (que separaba a los ciudadanos de la autoridad), las coronas (que distinguían y continúan distinguiendo la realeza de la nobleza), y los uniformes en todas sus variedades (que denotan espacios de acción, categorías, rangos y funciones).

Pero la cuestión estética no se quedó anclada únicamente en el protocolo. A medida que las sociedades se fueron democratizando, la ropa comenzó a narrar otro tipo de historias: las de la rebeldía, la libertad y la identidad personal. Junto a las viejas estructuras de poder cayeron los corsets. Además, el denim —popularmente conocido como jean— se volvió un símbolo de igualdad. Las minifaldas, por su parte, se convirtieron en genuinas banderas de revolución cultural. Así las cosas, vestirse ya dejó de ser un acto meramente individual para pasar a ser uno colectivo. Ya no es una simple actividad cotidiana. Es una manifestación pública (y por supuesto, estratégica) de intereses. Es una extensión de la narrativa social.

Lo anterior permite inferir que las personas han encontrado en la moda una forma de contar quiénes son, qué cosas valoran y hacia dónde quieren ir. Y es que esta ya no es adorno, es símbolo, es declaración de principios, es herramienta de lucha, resistencia e identidad. Por tanto, es política. ¿Silenciosa? Sí, pero no por ello menos potente.

La importancia de la imagen pública

La imagen pública puede ser entendida como el conjunto de percepciones que un colectivo de personas puede tener acerca de una institución, una marca/empresa, una agrupación social o un individuo concreto. Esas apreciaciones son construidas sobre la base de lo visible, es decir, sobre los comportamientos, estilos de comunicación, presencia física y digital, interacción con terceros y, cómo no, sobre la apariencia estética proyectada.

Los juicios de valor o las opiniones de otros importan. Dentro del ámbito personal, por ejemplo, ayudan construir —y mantener— relaciones sólidas. A nivel empresarial, en tanto, pueden contribuir a atraer —y fidelizar— clientes, transmitir confianza y diferenciarse de la competencia.

En los últimos años, lo visual ha venido ganando terreno a pasos agigantados. La razón es simple: la imagen amplifica las acciones y las palabras. Por eso, más que un complemento al discurso, en ocasiones termina siendo un discurso en sí misma. No sorprende, entonces, que las confrontaciones abiertas y los discursos directos sean dejados de lado para dar paso a la sutileza y a los detalles cuidados. Estos dos últimos se han tornado prioridades que, al día de hoy, cotizan al alza y permiten que disciplinas relativamente «nuevas» —como la sociología de la moda— se encuentran en pleno auge, siendo fuente de consulta obligada para consultores de marketing y comunicación.

En un mundo tan saturado de información como el de hoy, el valor del lenguaje visual radica en su inmediatez. Mientras las palabras requieren atención, la apariencia impacta sin pedir permiso. Antes de que un individuo comience a hablar, su estilo, su vestimenta y sus gestos, ya dijeron algo sobre su carácter, su ideología o su relación con el poder. Pero cuidado. Así como la imagen puede beneficiar y aportar prestigio, también puede perjudicar y debilitar la popularidad. Sus efectos en la narrativa, en realidad, dependen de qué tan hábil y precavido sea el comunicador. Para tener éxito, es clave que dicho mensajero sea sumamente cauteloso al momento de decidir qué expone y qué oculta, pues ello influirá directamente, ni más ni menos, en su reputación pública. Simultáneamente, tendrá que esforzarse para hacer que en su imagen prime la coherencia. Lo que se ve, lo que se dice y lo que se hace debe estar ligado entre sí, coincidiendo con su esencia. Sucede que, en cierta forma, la concordancia visual se ha vuelto una forma moderna de verdad y, en tiempos donde la confianza es un bien escaso, la ropa puede sostener —o bien, derrumbar— un proceso narrativo.

La política de la apariencia

La moda es un espejo de la realidad social: todos elementos que componen lo estético reflejan a la perfección cada cambio que atraviesan las distintas colectividades humanas. Acontecimientos relevantes como guerras, crisis económicas y revoluciones sociales influyen enormemente en ella. En épocas de prosperidad financiera, los diseños de vestimenta tienden a ser más opulentos, extravagantes y suntuosos, mientras que en épocas de recesión (tales como la Gran Depresión de 1930 o la crisis de la burbuja inmobiliaria global en 2008) la austeridad, la sobriedad y las líneas simples se vuelven la norma. En tal sentido y como puede constatarse, los hechos y eventos públicos han desempeñado, a nivel histórico, un rol esencial en la configuración de tendencias estilísticas. Es posible sostener, entonces, que moda y política son dos aspectos que están irremediablemente interconectados. Cuando se fusionan, generan un profundo impacto en el entorno que las rodea.

Tal como ya se adelantaba en el apartado «La estética como herramienta de lenguaje silencioso» , existe una verdad absoluta: Moda y política van de la mano. Al ser capaz de contar historias, reforzar adhesiones e identidades, transmitir rechazo y marcar diferencias entre grupos/colectividades, representar movimientos sociales y, básicamente, transmitir cualquier tipo de mensaje, la indumentaria cobra una importancia integral. Vestirse puede ser una declaración pública, un acto de rebeldía, un grito silencioso que resuena en plazas, parlamentos y, ahora también, redes sociales. La moda está, literalmente, en todas partes. Sobran ejemplos de casos prácticos:

Movimientos sociales en general: Numerosas agrupaciones han utilizado la indumentaria para transmitir mensajes o reivindicar determinadas causas. Atendiendo a diversas consignas, ha sido habitual el uso de elementos como camisetas con estampas fotográficas (tales como las que incluyen el rostro del líder revolucionario sudamericano Ernesto «Che» Guevara para representar valores como idealismo, solidaridad y justicia social) o de pañuelos de colores (como los verdes y los celestes, que respectivamente dividen posturas a favor o en contra de la legalización de la práctica de aborto). Estas piezas son utilizadas como símbolos de adhesión a una ideología y como sentido de pertenencia a los grupos que las promueven. Igualmente, también son empleadas para establecer distancias con aquellos que piensan/actúan de forma contraria.

Activismo ambiental: Los militantes de la ecosostenibilidad promueven, entre otros postulados, la importancia de respetar el entorno natural y proteger sus recursos. Afirman que, para lograr estos cometidos, es necesario que las sociedades actúen de forma inmediata, incluso mediante la toma de decisiones cotidianas que, aunque puedan parecer insignificantes, igual contribuyen positivamente al planeta. Para estos activistas, la moda ética es una forma de hacerlo y, a juzgar por los hechos, su propuesta está teniendo relativo éxito. No son pocos los actores que se han sumado a esta tendencia: diseñadores textiles creando prendas con materiales reciclables, parlamentarios legislando a favor de prácticas sustentables en el rubro, industrias modificando formas de producción, embalaje y/o transporte, y, cómo no, individuos cada vez más conscientes que no dudan en modificar sus hábitos de consumo. Los esfuerzos por reutilizar la ropa que ya se tiene o comprar solo lo estrictamente necesario evidencian el cambio cultural que actualmente está teniendo lugar (el creciente esplendor de las tiendas vintage o de segunda mano, así como también la pululación de boutiques dedicadas al alquiler de trajes de fiesta son pruebas irrefutables de ello).

Protestas callejeras: Fuertemente ligadas a los dos puntos anteriores, no pueden dejar de citarse las manifestaciones públicas. En muchas oportunidades estas son convocadas por agrupaciones sociales y, en menor medida, por partidos políticos opositores a los gobiernos de turno. En una era repleta de agitación política, donde la ciudadanía se muestra cada vez más activa, la ropa y los accesorios se convierten en una poderosa herramienta para expresar empoderamiento, unidad y, en ocasiones, resistencia. Aquí, la simbología del color cobra especial relevancia, pues en este tipo de acontecimientos es sumamente habitual que los asistentes se vistan en determinadas tonalidades para expresar determinados mensajes (el blanco, asociado a la paz y la calma, suele ser frecuente en marchas clamando por el fin de guerras y conflictos armados, mientras que el negro, identificado por muchos como sinónimo de luto, se emplea en aquellas donde se exige justicia para mujeres fallecidas a causa de violencia de género). Por otra parte, a lo largo de la historia, las flores también han sabido ocupar un lugar importante en concentraciones populares (como los claveles rojos en Portugal, o los girasoles en Ucrania), amplificando el impacto de las manifestaciones.

Agenda pública y medios de comunicación: Existe una estrecha relación entre el periodismo y las sociedades, pues los unos interfieren sobre los otros de forma indistinta. Las noticias influyen en los temas de conversación de las comunidades, pero los intereses de estas últimas también impactan en la hoja de ruta de la prensa. La apariencia y la estética no son la excepción a esta regla. Los temas candentes, es decir, aquellos de los que todos hablan en un preciso momento, tienen la capacidad de definir y moldear los estándares de belleza de cada época, así como también la representación que promueven las editoriales de moda (paradigmas actuales de este fenómeno son la diversidad y la inclusión, dos asuntos cada vez más valorados en las sociedades que, por tanto, son cada vez más contemplados por los profesionales de la información, quienes optan por incluir modelos, celebridades y figuras que representen a la mayor cantidad posible de etnias, tipos de cuerpo y géneros alternativos).

Autonomía y resistencia: El mundo intenta, muchas veces, dictar cómo deben lucir las personas, imponiendo estándares estéticos y tendencias pasajeras de moda que, en ciertos casos, perpetúan desigualdades ya existentes. Quienes eligen cómo vestirse de acuerdo a sus propios criterios, contando historias personales y abrazando causas con conciencia y propósito, ejecutan un auténtico acto de rebeldía contra el sistema. Esto lógicamente tiene sus consecuencias, ya que transforma, inspira y, en ocasiones, incomoda a terceros. Por lo mismo, este tipo de decisiones resultan una forma más de ejercer el poder.

Relaciones internacionales y diplomacia: En el terreno global, cada visita de cortesía, cada cumbre y cada evento protocolar es una oportunidad para que los países estrechen lazos de amistad, generen alianzas estratégicas, establezcan acuerdos comerciales que fortalezcan sus economías, promuevan el intercambio de conocimiento científico, participen en proyectos de beneficio mutuo y un largo etcétera. Pero para que esos encuentros bilaterales/multilaterales sean fructíferos, es necesario que sus participantes causen buenas impresiones. Y para hacerlo no hay mejor arma que las palabras, las ideas, las certezas… y la apariencia. En tal sentido, no sorprende el hecho de que la moda desempeñe un rol tan importante en la política exterior de los estados. Cualquier observador promedio puede darse cuenta de que el atuendo de los asistentes es un aspecto cuidado al detalle, pues con él se busca transmitir respeto, honrar a los anfitriones y, sobre todo, no herir las sensibilidades culturales de ninguna de las partes.

Promoción y expresión visual de identidad cultural: Integrantes de diversas casas reales europeas hacen uso de la moda como herramienta de patriotismo. Aquí destaca el ejemplo de la Reina de Inglaterra Isabel II (una de las personas que, en vida, mejor supo dominar este arte, seleccionando colores patrióticos y accesorios como broches con admirable maestría). A nivel republicano, puede citarse el ejemplo del expresidente boliviano Evo Morales (quien como descendiente indígena nunca dudó en mostrar orgullo por los pueblos originarios a través del porte de trajes típicos, incluso en eventos y cumbres internacionales).

Primeras damas como íconos de moda: Muchas esposas de presidentes y expresidentes —en especial las residentes de la Casa Blanca en Estados Unidos— han logrado influir en las tendencias y moldear la forma de vestir de sus respectivas sociedades. La recordada Jackie Kennedy (quien con sus icónicas chaquetas, sus vestidos en corte A y sus sombreros de estilo pillbox se convirtió en un auténtico símbolo de gracia y refinamiento durante la década de 1960), o bien, la actual Melania Trump (que con sus habituales zapatos stiletto y sus prendas de largo midi es sinónimo de elegancia discreta), son tan solo dos prototipos de este facto.

Otros casos destacados: Todos los ejemplos mencionados en los últimos tres puntos tienen algo en común: utilizan la estética como puente con la ciudadanía y fusionan estilos con un claro propósito narrativo. Ciertamente, algunos actores políticos globales entendieron el juego mejor que otros: En política, la elección del atuendo nunca es casualidad, sino parte del relato. En Europa, la excanciller alemana Angela Merkel convirtió sus blazers con solapa en su marca registrada (sobrios y prácticos, pero siempre dentro de paletas cromáticas que transmitían cercanía y serenidad), mientras que el actual presidente ucraniano Volodímir Zelenski suele llevar outfits compuestos por camisetas en tonos de verde militar (proyectando austeridad y resistencia en medio de un entorno bélico). España, por su parte, también cuenta con líderes que se valen de los detalles estéticos —especialmente de determinados colores— para complementar sus mensajes políticos: son los casos de la actual ministra de Trabajo y Economía Social Yolanda Díaz (en cuyo guardarropas predomina el blanco), la presidente de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso (que suele decantarse por el rojo) o el mismísimo jefe de gobierno Pedro Sánchez (que acostumbra a llevar trajes en tonos de azul). Ya cruzando el océano Atlántico, surgen paradigmas como el del expresidente estadounidense Barack Obama, quien luego de abandonar su cargo público comenzó a lucir trajes sin corbata (como un símbolo de modernidad), al igual que lo hace el actual presidente chileno Gabriel Boric (que a su vez, también lo complementa con gafas de pasta en modo de guiño a las juventudes de su país).

Los arquetipos previamente citados testimonian que, en el universo político, cada elección cuenta… y comunica. El vestir una marca local sobre una internacional, el utilizar joyas artesanales, el portar prendas fabricadas con materiales ecosostenibles o el seleccionar un color de corbata es un mensaje. Y ese mensaje carga con significados culturales, ideológicos y afectivos. Conscientes de lo mucho que puede la estética trabajar a su favor, los líderes buscan aferrarse al power dressing (vestimenta del poder), que no es más que la utilización de prendas y accesorios de vestir como proyectores de autoridad, seguridad y empoderamiento.

La clase política es perfectamente consciente del poder intrínseco del esteticismo y, seducida por la posibilidad de comunicar sin tener que usar palabras, muestra cada vez más interés por narrar a través de él. Hoy, los líderes políticos no solo contratan técnicos y expertos que les asesoren en asuntos que no suelen dominar del todo bien —como economía, comercio exterior o derecho— sino que también demandan profesionales que les ayuden a pulir su apariencia estética.

A lo largo de la historia, el poder siempre buscó un modo de hacerse visible. Su lógica siempre ha sido la misma: mostrar para significar. Es claro que este código es tan antiguo como la política misma, pero lo cierto es que en la era mediática se ha vuelto cada vez más consciente y calculado. La modernidad exige más humanidad y mejor conexión emocional y, por ende, es necesario redoblar empeños para estar a su altura.

Reflexiones finales

Al comienzo de este artículo se hacía referencia a la fuerte analogía existente entre moda y arquitectura. Ambas comparten aspectos en común y han evolucionado a la par. Además, al igual que los muros de una casa delimitan un espacio, la indumentaria define identidades y roles. En ese sentido, es posible afirmar que vestirse es construirse. Los accesorios, complementos y prendas de vestir ya no solo protegen o cubren cuerpos como antes, sino que poco a poco se han ido convirtiendo en un poderoso (y deliberado) artilugio de comunicación no verbal.

En una era en la que todo comunica, incluyendo los silencios, la ropa se volvió una declaración estratégica que cuenta quién es un determinado individuo, revelando sus posicionamientos y promoviendo sus valores. Lentamente se ha ido transformando en una suerte de extensión del discurso, que no solo acompaña el mensaje escrito/hablado, sino que además es capaz de traducirlo (matizándolo, redefiniéndolo, reforzándolo o, incluso, contradiciéndolo). Se trata de un gesto sutil que puede inspirar confianza, autoridad, cercanía o distancia.

El universo político, lógicamente, no es inmune a este fenómeno. Con mayor o menor éxito, muchos actores buscan aplicar esta dinámica con el fin de comunicar mejor. ¿Por qué? Porque al igual que en cualquier otro ámbito, en política, la imagen no reemplaza a las ideas… pero contribuye a hacerlas visibles. Los líderes saben que proyectar la imagen correcta en el momento indicado es uno de los activos más valiosos de la contemporaneidad, debido a que son conscientes de que cada outfit es una forma de hablar. Algunos atuendos gritan, otros susurran. Pero ninguno calla… Detrás de cada uno de ellos hay una lectura del contexto, un cálculo de oportunidad, una construcción simbólica.

A final de cuentas, la moda, lejos de ser frívola, es una forma moderna de poder blando: persuade sin imponer, sugiere sin declarar y conecta sin pronunciar palabra.

*Foto de portada: Tejido satén de color negro | Créditos: Pinterest.

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