La Junta de Paz de Donald Trump y su impacto global

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🌐 | Las claves acerca del flamante (y disruptivo) organismo: ¿Rival directo o auxiliar complementario del multilateralismo tradicional de la ONU?



Introducción

El orden internacional, tal como se conocía desde 1945, ha ingresado en una fase de mutación irreversible. En ese sentido, es posible afirmar que el modelo multilateral que supo reinar durante décadas hoy se encuentra en crisis (tal como se explicaba en artículos como «¿Es el fin del atlantismo?» de ESCANEO POLÍTICO). Aunque su declive sea un fenómeno multicausal, una de las principales razones que lo justifican tiene que ver con la falta de respuestas. Sucede que, en la actualidad, los organismos internacionales ya no están siendo del todo eficientes al momento de resolver los problemas que azotan al mundo moderno, incluyendo sus —cada vez más frecuentes— conflictos.

En muchos casos, la incompetencia de estos entes globales llega a ser tal, que muchos actores comienzan a cuestionar su utilidad. Algunos, más reaccionarios, buscan, incluso, alternativas paralelas al ya tan debilitado paradigma vigente. Es el caso del presidente estadounidense Donald Trump y su ambiciosa iniciativa Board of Peace (Junta de Paz) que, por cierto, tanto revuelo mediático viene causando en las primeras semanas de 2026.

El objetivo de este artículo es, justamente, explorar el novedoso (y controvertido) proyecto del líder norteamericano, buscando esclarecer dentro de qué contexto surgió la idea de implementarlo, cuándo cobró mayor fuerza y notoriedad pública, qué características tiene, quiénes lo avalan, quiénes lo desacreditan, cuáles son sus alcances y limitaciones actuales y, además, qué consecuencias traería en el sistema internacional dentro del corto/mediano plazo. Asimismo, se pone el foco en las implicancias que esta flamante creación podría llegar tener para instituciones multilaterales más tradicionales y consolidadas, tales como la ONU, evaluando si esta nueva Junta resulta una amenaza grave a la diplomacia clásica o si, por el contrario, la empuja a modernizarse para competir en igualdad de condiciones y, paradójicamente, salvarse de su propia irrelevancia.

Orígenes, contextos y presentación oficial

La guerra Israel-Gaza como motor de concepción

Aunque la Junta de Paz haya nacido oficialmente en el último Foro Económico Mundial —también conocido como Foro de Davos— de enero de 2026, lo cierto es que su creador, el mandatario norteamericano D. Trump, ya venía anunciado la iniciativa desde hacía casi un año. De hecho, en febrero de 2025 comenzaba a mostrar firmes intenciones de mediar en el conflicto entre Israel-Hamás (iniciado el 7 de octubre de 2023 tras el brutal ataque de la organización paramilitar terrorista al Estado judío, que provocó un contraataque que, a su vez, trajo consigo una larga seguidilla de enfrentamientos mutuos) y propuso que su país fuera el encargado de tomar el control de la Frontera de Gaza, haciéndose responsable de la reubicación de sus habitantes mientras reconstruía el territorio que había quedado en ruinas tras los continuos bombardeos.

Inicialmente, la idea trumpista fue fuertemente criticada por la comunidad internacional. Empero, lejos de amedrentarse, él siguió defendiendo sus posturas y buscando captar aliados en todo el mundo. A propósito, durante la 80.ª sesión de la Asamblea General de la ONU celebrada el 23 de septiembre de 2025, ofreció un enérgico discurso en el que reprochó fuertemente a la tradicional institución, cuestionando su utilidad y advirtiendo que, en caso de que esta no se reformara rápidamente en pro de atender los desafíos actuales, buscaría establecer un organismo paralelo.

Ante la impasividad de las Naciones Unidas, tan solo algunos días más tarde, D. Trump cumplió con su advertencia y el 29 de septiembre efectuó una conferencia de prensa en la Casa Blanca. Acompañado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, presentó su «Plan integral de 20 puntos para poner fin al conflicto de Gaza», justificándolo en la necesidad de gestionar una transición política y económica en dicho territorio. Asimismo, informó que el Board of Peace sería el órgano central de su gran proyecto. Algunas semanas después y tras una serie de negociaciones, la cúpula de Hamás también termino manifestando apoyo al modelo trumpista hasta que, el 9 de octubre, se firmó la primera fase del acuerdo entre las partes involucradas (Israel y Hamás), que incluyeron el intercambio de rehenes por prisioneros y un alto el fuego frágil.

A pesar de las tensiones previas entre el norteamericano y la ONU, el 17 de noviembre de 2025 su Consejo de Seguridad terminó aprobando la Resolución 2803 para que el Board of Peace cumpliera con su misión de supervisar la Franja de Gaza. ¿La razón? Realismo político: la Junta, mal que les pese, era ya la única salida viable tras dos años de devastadora guerra en Oriente Medio. Además, otros intentos de tregua habían resultado fallidos, y el plan de D. Trump fue el único que contó con el visto bueno de Israel y, bajo presión extrema, de Hamás.

El Foro Económico Mundial como espacio de consolidación

Dado que las intenciones de D. Trump eran bien conocidas de antemano gracias a sus los propios anuncios que el mismo se encargó de emitir a lo largo de todo el pasado año, la iniciativa no fue una novedad absoluta ni causó grandes sorpresas entre los participantes del Foro de Davos de 2026, tal como ya se afirmaba algunos párrafos más arriba. No obstante, su tesis sí que cobró fuerza en dicho escenario.

Allí, el norteamericano la presentó como una alternativa real ante un multilateralismo cada vez más estancado y, ante una élite global dividida, la propuso no como un foro de debate, sino como una herramienta ejecutiva que busca imponer soluciones mediante la negociación directa y el músculo económico, al estimar que los métodos diplomáticos tradicionales no hacen más que languidecer en resoluciones no vinculantes.

El relativamente exitoso plan de reconstrucción la Franja de Gaza ha sido una de las principales cartas de la Junta. Sus resultados tangibles, incluso antes de ser oficializada, permitieron que la flamante institución despierte el interés en numerosos actores globales (incluso provenientes de Oriente Medio) y se consolide como figura relevante en la geopolítica actual.

Retos y obstáculos

A pesar de sus aparentes virtudes, el plan no está exento de polémica, ya que algunos de sus puntos resultan «chocantes» para lo que viene siendo el modelo multilateral que, aunque debilitado, continúa siendo el vigente en las relaciones internacionales. Ocurre que, debido a sus peculiaridades, el Board of Peace despierta algunas críticas y cuestionamientos en referencia a que: 1) D. Trump pretende presidirla de forma indefinida; 2) El núcleo duro del poder estará en manos de figuras de máxima confianza del mandatario norteamericano, entre las que destacan su yerno Jared Kushner, el secretario de Estado (Marco Rubio), el enviado especial al Medio Oriente (Steve Witkoff), el presidente del Banco Mundial (Ajay Banga), y el ex premier británico Tony Blair; 3) El precio fijado por un asiento permanente es de 1.000 millones de dólares (que en teoría serían destinados a la reconstrucción del territorio de Gaza), pero hay muchos países que, aunque quieren formar parte, no pueden permitirse desembolsar dicho monto y, en ese sentido, aún no se ha especificado qué métodos de control fiscal existirían ni cómo se gestionarían los inconvenientes de esa clase; 4) Aunque Gaza es presentada como una de sus piezas claves, no tendría representación directa en el ente, ya que ninguno de los miembros que han confirmado su participación es palestino.

Inicialmente creada como un mecanismo de supervisión de la tregua entre Israel y Hamás, la Junta de Paz ahora busca ampliar su alcance más allá de las fronteras de la Franja de Gaza. Su interés actual es el de promover la estabilidad, restablecer gobernanzas legítimas y asegurar paz duradera en territorios afectados por conflictos. Sin embargo, aún quedan muchas dudas acerca de cómo lo haría y por cuánto tiempo. Asimismo, considerando que Estados Unidos —y especialmente D. Trump— es quien llevaría «la voz cantante» y marcaría el camino a seguir, se hace necesario cuestionar cuáles serían sus límites de acción, pero también qué rol cumpliría el resto de los Estados miembro del nuevo grupo, si es que acaso llegaran a tenerlo. Las respuestas a estas interrogantes podrían, sin dudas, esclarecer cuál podría llegar a ser los destinos del multilateralismo tal como se lo conocía hasta hoy y de qué forma se repartiría el poder global en el nuevo orden que ya parece estar gestándose: La parálisis de la ONU ante eventos como guerras o crisis democráticas graves, viene generando un vacío de autoridad que, de algún modo, el Boarding Peace parece estar dispuesto a llenar prometiendo resultados inmediatos a cambio de pagos por membresía y lealtades claras.

Reacciones globales

Las respuestas ante las premisas expuestas por D. Trump en el Foro de Davos no tardaron en llegar y, como era de esperarse, las posturas fueron variadas. Mientras que algunos aceptaron su invitación con beneplácito, otros la rechazaron tajantemente. Tampoco faltaron aquellos actores que optaron por aplazar su respuesta durante algunas semanas, ya que buscan tomar una decisión informada y consciente, por ende, exigen un período de análisis y reflexión. En tal sentido, el tablero podría dividirse en:

Defensores: Los gobiernos de Albania, Arabia Saudí, Argentina, Armenia, Azerbaiyán, Baréin, Bielorrusia, Bulgaria, Camboya, Egipto, El Salvador, Emiratos Árabes Unidos, Hungría, Indonesia, Israel, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Kuwait, Marruecos, Mongolia, Pakistán, Paraguay, Qatar, Turquía, Uzbekistán y Vietnam ya han confirmado su adhesión al nuevo ente. Para ellos, la Junta de Paz es una herramienta ejecutiva capaz de actuar y no solo emitir comunicados, ideal para obtener resultados más rápidos sin tener que soportar tanta «burocracia globalista». En algunos casos, el apoyo a esta se justifica en afinidades ideológicas con su artífice D. Trump y, en otros, en motivos geopolíticos estratégicos.

Detractores: En el lado opuesto se ubican naciones como Alemania, Eslovenia, Francia, Italia, Noruega, Reino Unido y Suecia. Lógicamente, este enfoque también es compartido por el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, quien defiende la legitimidad universal del derecho internacional frente a un organismo con decisores «a dedo».

Neutrales (a la espera): Entre los países invitados a formar parte, existen algunos que aún analizan con cautela los pros y contras del flamante organismo y que, por ende, aún no han tomado una postura firme respecto a su participación o no en este. Lo mismo ocurre con Rusia, aunque con la diferencia de que su eventual membresía es fuente de preocupación para quienes consideran que no sería lógico que un líder como Vladímir Putin formara parte de un proyecto de paz siendo que no muestra avance alguno con Ucrania (vecina con quien se encuentra en conflicto desde febrero de 2022). China, en tanto, ha sido otra de las potencias invitadas a conformar el nuevo organismo, pero tampoco se ha expresado oficialmente, aunque algunos expertos sostienen que, en caso de sumarse, competiría indirectamente con la Iniciativa de Gobernanza Global propuesta por el propio Xi Jinping (que busca reformar el orden internacional promoviendo un modelo multipolar, centrado en pilares como soberanía estatal, desarrollo y no injerencia, que se presenta un refuerzo de la ONU y como una alternativa a la hegemonía occidental, poniendo especial foco en el Sur Global).

D. Trump: El mediador transaccional

Para entender la Junta de la Paz, hay que entender la psicología de su arquitecto. El norteamericano es conocido por su particular modo de desenvolverse en las arenas de la política internacional. Su enfoque rompe con las premisas de promoción de democracia y derechos humanos (tan típicas del idealismo tradicional de Estados Unidos) al conjugar pragmatismo transaccional, imprevisibilidad estratégica y nacionalismo asertivo bajo el lema «America First».

Podría ser definido como un negociador nato, que no ve las relaciones internacionales como alianzas permanentes, sino como acuerdos individuales puntuales. Se trata de un líder personalista, que prefiere el trato directo («cara a cara») con sus homólogos globales antes que manejarse por los canales diplomáticos tradicionales. Sostiene una postura antimultilateralista y considera que el derecho internacional y los organismos globales limitan las libertades y la soberanía estadounidense. De esta forma, proyecta la imagen de un antisistema que lucha contra las «elites internacionales» en favor de su país. Altamente enfocado en la teoría coste-beneficio, exige que sus aliados contribuyan de forma equitativa para obtener metas comunes, y cuestiona a aquellos signifiquen un gasto excesivo para su país y no le traigan beneficios directos. Estratégicamente cambiante e impredecible, genera incertidumbre para descolocar tanto a sus adversarios como a sus socios. En esa misma línea, ejecuta presión constante sobre terceros, alternando amenazas militares y/o arancelarias con ofertas de paz y/o elogios inesperados. Aunque a menudo se le considera un aislacionista por querer retirar tropas nacionales presentes en tierras extranjeras, en ocasiones, actúa como un imperialista que no duda en imponer sus normas de forma unilateral y agresiva. De carácter vanidoso y sensible a las críticas, sus acciones y discursos viscerales revelan el deseo de ser reconocido y de dejar un «legado histórico» en el mundo.

En resumidas cuentas, en la escena global, D. Trump se comporta como un auténtico disruptor. Busca renegociar el orden mundial bajo sus propios términos, priorizando resultados inmediatos y visibles sobre la estabilidad a largo plazo del sistema internacional. Sus métodos son vistos como fortalezas estratégicas por parte de sus seguidores, pero como debilidades estructurales por parte de sus detractores.

Fortalezas y virtudesDebilidades y riesgos
Capacidad de desbloqueo militar: Su desprecio por el protocolo tradicional le permite forzar el movimiento en conflictos que llevan mucho tiempo estancados o que, en cualquier caso, parecen imposibles de resolver, tal como ocurrió con Israel e Irán en la denominada «Guerra de los 12 días» (Ver: «Ayer y hoy: El complejo vínculo entre Israel e Irán» de ESCANEO POLÍTICO)

Capacidad de desbloqueo comercial: El uso estratégico de aranceles recíprocos ha demostrado serle una herramienta útil al momento de forzar concesiones comerciales que parecían impensables, como la de su país con India

Poder de disuasión por incertidumbre: Al ser percibido como impredecible, los adversarios suelen actuar con más cautela cuando están frente a él. Su disposición a autorizar acciones militares unilaterales, como lo está haciendo actualmente en Venezuela (Ver: «Venezuela tras la intervención estadounidense: ¿Y ahora qué?» de ESCANEO POLÍTICO), refuerza la idea de una «paz a través de la fuerza» que evita guerras de larga duración, aunque no deje de mantener la amenaza latente
Erosión de alianzas: Su enfoque transaccional ha generado fricciones constantes con aliados históricos como la OTAN (Ver: «Lo que dejó la Cumbre 2025 de la OTAN» de ESCANEO POLÍTICO). Esto ha traído como consecuencia que Estados Unidos sea percibido como un socio poco fiable, debilitando así la red de seguridad global construida tras la Segunda Guerra Mundial

Falta de visión a largo plazo: Muchas de sus «victorias» suelen ser superficiales y/o temporales. Aunque haya logrado algunos ceses al fuego importantes, lo cierto es que sus políticas no han sido capaces de crear un entorno 100% seguro en regiones críticas como Oriente Medio

Aislamiento diplomático con consecuente pérdida de poder: Al decidir retirarse de tratados internacionales como la OMS o el Acuerdo de París (Ver: «Anuncios de retiro de la OMS: ¿Multilateralismo debilitado?» de ESCANEO POLÍTICO), su país pierde influencia en la definición de reglas globales y, de esa forma, paradójicamente, cede espacios a sus clásicos rivales China y Rusia

¿Amenaza u oportunidad para la ONU?

En los últimos años, las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad han demostrado ser un tanto ineficientes en la búsqueda de soluciones a problemas globales modernos de diversa índole, así como también en la prevención y resolución de conflictos. Los constantes bloqueos por vetos cruzados evidencian sus altos niveles de polarización interna y la dificultad para alcanzar acuerdos. Por tal motivo, la llegada del Board of Peace ha marcado un punto de inflexión en lo que vienen siendo los mecanismos multilaterales clásicos.

Quizá el asunto central no se trate solamente de determinar si la Junta de la Paz es «buena» o es «mala», sino más bien cómo altera el ecosistema del poder. En tal sentido, lo más oportuno sería cuestionarse si esta representa una competencia sana o, por el contrario, una amenaza directa para los entes multilaterales más tradicionales como la ONU.

Para analizar si este nuevo ente es un verdugo o un salvavidas, es necesario observar la dinámica desde sus ángulos opuestos: el de la amenaza y el de la oportunidad:

1) Para quienes defienden la institucionalidad, la Junta representa un auténtico peligro, ya que esta sustituye las normas universales por los intereses transaccionales, fragmentando el Derecho Internacional. Por otra parte, a diferencia del Consejo de Seguridad de la ONU, donde el poder se reparte entre China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia, el nuevo ente propone veto personalizado y solo contempla el liderazgo absoluto de la potencia norteamericana. En este sentido, el hecho de fomentar un modelo de paz «a la carta», en el que un país pueda «comprar» su relevancia o influencia en la resolución de conflictos a partir contribuciones económicas directas, revestiría enorme gravedad debido a que eliminaría el concepto igualdad soberana.

2) Para quienes mantienen una visión más realista, en tanto, la Junta de Paz es vista como el incentivo que la ONU estaba necesitando para salir de su parálisis. La agilidad con la que opera la institución creada por D. Trump contrasta con las asambleas interminables de la diplomacia tradicional, y eso podría motivarla a tomar medidas para simplificar sus procesos y poder así poner fin a su pesado aparato burocrático.

Resumen: Tabla comparativa ONU vs. Junta de Paz

CaracterísticaONU
(Viejo orden)
Junta de Paz (Nuevo orden)
FilosofíaLegitimidad universalEficacia transaccional
Toma de decisionesConsenso y veto (5 potencias involucradas: China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia)Liderazgo único de Estados Unidos (quien tiene poder de veto exclusivo)
FinanciamientoCuota de Estados miembroPago por membresía y resultados
Punto fuerteÉtica y Derechos HumanosCapital y velocidad de ejecución
Punto débilBurocracia y parálisisFalta de institucionalidad y riesgo de exclusión de las decisiones

Prospectivas a corto/mediano plazo

¿Qué esperar teniendo en cuenta que el Board of Peace ansía extender sus campos y territorios de acción? Es probable que en los próximos meses la Junta comience a enfocarse en otros conflictos actuales, tales como los de Sudán (que desde hace casi 3 años padece una devastadora guerra civil en la que se enfrentan las Fuerzas Armadas de Sudán con el grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido, y ya deja más de 13 millones de desplazados, inseguridad alimentaria y colapso sanitario) o los de algunas dictaduras de América Latina (tales como la de Cuba o Nicaragua, que ya llevan varias décadas azotando a sus respectivas poblaciones).

Fuera del futuro inmediato, ya no resulta tan sencillo vaticinar que repercusiones tendría la llegada de este ente dentro del tablero internacional. Sin embargo, los procesos que este lleve a cabo a lo largo de 2026 serán determinantes para clasificarlo como amenaza u oportunidad. De este modo, se sabrá si la Junta de Paz es una competencia directa (e incluso un posible sustituto) para la ONU o si, por el contrario, es un organismo complementario que actuará como «policía malo» que se concentrará en la acción y la punición, pero permitirá que la ONU se concentre en la labor humanitaria y de reconstrucción a largo plazo.

En cualquier caso, la Junta de Paz se presenta como uno de los movimientos más disruptivos del año. Pero es importante saber que no se trata de un fenómeno pasajero. A través de ella, se comienza a incubar una arquitectura global fragmentada, una suerte de «minilateralismo», en la que coexistirá su sistema ejecutivo/fáctico con el legal de la ONU.

Y es que, para bien o para mal, el fin del orden internacional de posguerra se torna cada vez más palpable. A fin de cuentas, la Junta es el reflejo de un siglo XXI que ha dejado de creer en los ideales universales y que ahora elige abrazar el realismo transaccional, dejando de lado el consenso romántico para dar paso al pragmatismo de resultados. De hecho, es probable que el nuevo ente consiga asegurar su legitimidad en caso de lograr pacificar regiones que la ONU —consciente o inconscientemente— ha estado ignorado durante décadas. No obstante, el costo de dicha eficiencia es la incertidumbre, ya que al depender de la voluntad de un líder como D. Trump y de un sistema de pago por membresía, la seguridad global quedaría sujeta a los vaivenes del mercado y no a la ética del derecho internacional.

La postura a tomar frente a un modelo u otro dependerá de si se prefiere una paz lenta, pero legítima (como la que ofrece la ONU), o una rápida, pero condicionada (como la que propone la Junta de la Paz).

*Foto de portada: Logotipos del Board of Peace y de ONU con estilo acuarela | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).

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