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🌐 | Las claves de un conflicto que ya ha comenzado a escalar y genera impactos a nivel local, regional y global — [Megainforme]
De la (frágil) tregua al abismo
Hace algo más de ocho meses, desde ESCANEO POLÍTICO, se publicaba «Ayer y hoy: El complejo vínculo entre Israel e Irán« . Allí se intentaba explicar cómo, tras la Revolución Iraní de 1979, las relaciones bilaterales entre ambas naciones comenzaron a mutar drásticamente, pasando de ser socias a grandes rivales, enfrentándose de forma recurrente. En tal sentido, se hacía referencia a uno de sus conflictos más recientes: el de los ataques que, con respaldo extraoficial de Irán, el grupo paramilitar Hamás perpetuó hacia Israel el 7 de octubre de 2023.
Sin embargo, el foco de aquel artículo estuvo puesto en la denominada «Guerra de los 12 días», que comenzó en junio de 2025 con la operación israelí «León Naciente» —que se trató de una serie de bombardeos a Irán, con el fin de limitar su amenaza nuclear y defender la integridad del pueblo judío—, continuó con el contraataque iraní y, luego de una seguidilla de arremetidas de ida y vuelta, finalizó en menos de dos semanas gracias a la intervención del presidente estadounidense Donald Trump y su operación «Martillo de Medianoche» —donde destruyó bunkers nucleares iraníes que Israel no había podido abatir previamente—. Habiendo finalizado una misión en la que mezcló diálogo, sanciones económicas, amenazas y acción militar, el líder norteamericano anunció públicamente que la contienda entre israelíes e iraníes había concluido, y que ambas partes habían pautado una tregua.
Lo que en realidad ocurrió fue que, habiendo perdido parte de su influencia nuclear, teniendo a sus aliados debilitados y lidiando con una economía en crisis que ya comenzaba a generar hastío civil, Irán ya tenía muy poco margen de acción. Por eso, ante la falta de opciones, aceptó —a regañadientes— continuar las conversaciones con Estados Unidos, algo a lo que nunca hubiese accedido si su situación fuera distinta. Eso sí: en aquel momento, las autoridades iraníes se negaron a ceder en su exigencia de continuar enriqueciendo uranio (un combustible para plantas nucleares que también puede usarse para fabricar bombas), lo que reforzaba la teoría de que el alto al fuego no sería definitivo.
Aunque D. Trump no se detuvo ante las críticas de expertos que se cuestionaban qué tan perdurable podría ser la paz entre sistemas tan dispares y —aparentemente— irreconciliables, y durante toda la segunda mitad de 2025 continuó oficializando como negociador con Irán, su estrategia, en realidad, no estaba dando los frutos esperados. A fin de cuentas, para Estados Unidos y para su histórico aliado, Israel, el arsenal nuclear del régimen liderado por el ayatolá Alí Jameneí seguía significando un auténtico peligro, tanto para sus naciones como para Occidente todo.
Ya a finales de febrero de 2026, la improductiva ronda de conversaciones llevada a cabo en Ginebra motivó a D. Trump a dejar de lado la vía diplomática y concentrarse exclusivamente en aspectos económicos y militares. Así las cosas, durante la madrugada local del pasado 28 de febrero, decidió pasar a la acción directa y, en un trabajo conjunto con Israel, asedió con bombardeos aéreos a Irán. El violento episodio —al que Estados Unidos denominó operación «Furia Épica» e Israel «Rugido del León»— trajo consigo el fallecimiento de importantes autoridades políticas y religiosas iraníes, incluido el líder supremo Alí Jameneí.
Tal magnicidio generó reacciones mixtas en la comunidad local. Los integrantes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y otros seguidores del difunto cabecilla, por su parte, prometieron venganza contra los perpetradores del ataque —algo que, por cierto, ya están cumpliendo por medio de ofensivas a bases militares estadounidenses e israelíes en la zona del Golfo—. Los ciudadanos que se oponían a la gobernanza de Alí Jameneí, en tanto, se manifestaron esperanzados frente a la posibilidad de ser «liberados» del autoritario régimen que durante décadas dirigió las riendas del país. No obstante, el nombramiento de Mojtaba Jameneí como sucesor de su padre choca de frente con dicho optimismo, ya que su figura representa la continuidad absoluta del tirano modelo.
Mientras tanto, la violencia y las bombas no cesan. Se estima que las acometidas de ambos bandos podrían llegar a extender el conflicto durante varias semanas más. De hecho, gracias a la fuerte —y rápida— escalada que este está teniendo, muchos países vecinos también se están empezando a ver afectados de forma directa, ya sea porque están siendo atacados militarmente y/o porque están recibiendo oleadas de civiles que buscan un refugio seguro.
El resto de la comunidad global tampoco es ajena a los sucesos violentos que se están desatando en estos momentos y, aunque las interpretaciones respecto a ellos varíen de país a país, lo cierto es que el complejo panorama actual deja abierta una importante lista de interrogantes en materia de seguridad nuclear internacional, pero también tiene efectos directos en la economía, el comercio y el transporte.
En las siguientes líneas, se intenta explorar la intrincada situación presente, vinculándola con aquellos eventos del pasado que la justifican y vaticinando sus posibles escenarios a futuro. Asimismo, también se evalúan los impactos económicos, políticos y humanitarios a corto/mediano plazo en los tres países involucrados (Estados Unidos, Israel e Irán), pero también en la región y el mundo, considerando que el enfrentamiento se encuentra en plena escalada y ya comenzó a afectar a terceros.
Principales trasfondos
¿Seguridad nuclear o cambio de régimen?
Es posible afirmar que el conflicto actual difiere de la guerra de junio de 2025 en un elemento fundamental: el objetivo declarado para justificarlo. Mientras que en el pasado año tanto Estados Unidos como Israel buscaban aniquilar la infraestructura nuclear iraní en pro de garantizar la seguridad global, este año ya se pasaron a querer a producir —directamente— un cambio de régimen. Y es que el bombardeo del pasado 28 de febrero no solo destruyó instalaciones, sino que eliminó al Líder Supremo y a gran parte de su cúpula de seguridad, incluidos el Ministro de Defensa y algunos altos mandos de la Guardia Revolucionaria.
El factor de la inestabilidad interna iraní
Es razonable que cualquier lector se pregunte por qué Estados Unidos e Israel decidieron atacar a Irán justo ahora, y no antes, ni después. La respuesta es simple: Tanto D. Trump como el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, eran plenamente conscientes del debilitamiento interno que está transitando el régimen político iraní en la actualidad y, por ende, sabían que era el momento más oportuno para intervenir.
Sucede que, desde finales de 2025, concretamente desde el pasado 28 de diciembre, miles de manifestantes tomaron las calles de Teherán para expresar su descontento con el gobierno. Las protestas fueron iniciadas por comerciantes y el epicentro de estas fue, ni más ni menos, el Gran Bazar capitalino. Sin embargo, con el correr de los días, otros colectivos ciudadanos fueron sumándose a las marchas y el fenómeno terminó expandiéndose hacia otras ciudades del país. Lo que comenzó siendo un reclamo puramente económico —debido a la devaluación histórica de la moneda nacional, los altos niveles inflacionarios y el consecuente aumento del coste de vida que venía azotando a la nación—, terminó convirtiéndose en un verdadero levantamiento masivo hacia su clase política. Mediante el uso de eslóganes como «¡Muerte al dictador!» (en clara alusión a Alí Jameneí), cuestionaban la legitimidad del sistema teocrático dominante. Este último, por su parte, mantuvo una actitud fuertemente represora con los manifestantes —arrestándolos con violencia y hasta asesinándolos—, pero también castigando con bloqueos en los accesos a internet a la población general.
Tras observar estos acontecimientos, los servicios de inteligencia israelíes y estadounidenses sencillamente estimaron que el colapso del sistema iraní eran una meta viable, y eso aceleró los planes militares que —cautelosa y minuciosamente— ambos venían gestando previamente. Es más: cuando D. Trump anunció públicamente que su operativo había sido exitoso a través de un vídeo en publicado por la cuenta oficial de YouTube de la Casa Blanca, también llamó a los iraníes a rebelarse contra su Gobierno, lo que confirma que tanto Israel como Estados Unidos aprovecharon estos factores políticos para impulsar un cambio.
Consecuencias primarias en Irán
Luto oficial y triunvirato de gobierno temporal
Luego de confirmarse el fallecimiento del ayatolá Alí Jameneí, Irán declaró 40 días de luto nacional y formó el Consejo Interino de Liderazgo, un ente de emergencia con el fin de guiar los destinos del país en modo temporal. Dicho equipo de trabajo estuvo integrado por Masoud Pezeshkian (actual Presidente del país que, aunque cuenta con un perfil relativamente reformista, hoy se encuentra cercado por la crisis militar), Gholam-Hossein Mohseni-Ejei (Jefe del Poder Judicial y figura de línea dura) y Alireza Arafi (Ayatolá que cumple el rol de aportar legitimidad religiosa al proceso), y operó hasta el momento en el que la Asamblea de Expertos eligió a Mojtaba Jameneí como sucesor definitivo para el extinto Líder Supremo iraní.
Venganza contra Estados Unidos e Israel
Irán ya viene respondiendo con ataques en prácticamente todo Oriente Medio. Arabia Saudí, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Jordania, Kuwait, Omán y Qatar son tan solo algunas de las naciones ya embestidas por la potencia nuclear, ya que luego de la muerte de su Líder Supremo, las autoridades del país aseguraron que se encargarían de arremeter contra todos aquellos territorios de la región sobre los que Estados Unidos mantenga bases militares operativas y, por supuesto, en Israel.
El sentir de la disidencia y los colectivos feministas
Las fuertes protestas iniciadas en diciembre de 2025 en Irán fueron —y en realidad, siguen siendo, pues aún no se han apaciguado del todo— un claro indicio del malestar que el régimen genera en ciertos sectores sociales. Y es que, si a una economía enormemente debilitada, se le suma la coerción de las libertades individuales a través del uso de la fuerza, el resultado no puede ser otro más que el de la molestia y el hartazgo.
En tal sentido, el anuncio del fallecimiento de Alí Jameneí generó cierto alivio en los ciudadanos oponentes a su sistema de poder y, al mismo tiempo, despertó esperanzas respecto a la posibilidad de recuperar derechos que, durante décadas, les fueron negados.
Algunas mujeres activistas por el feminismo, salieron a manifestarse públicamente y se quitaron sus velos durante algunos minutos. El acto, aunque pueda parecer sin importancia, tuvo una carga simbólica muy alta. Ocurre que, desde la Revolución de Irán de 1979, el rol de la mujer en la sociedad se limita únicamente al de la procreación y el cuidado del hogar. El deceso de Alí Jameneí, por tanto, siembra una semilla de optimismo en muchas de ellas. Empero, la llegada de Mojtaba Jameneí al poder difícilmente pueda llegar a representar un cambio positivo en ese aspecto.
Mojtaba Jameneí: El heredero de Alí Jameneí
Es importante tener en cuenta que, desde que llegó al poder hace casi medio siglo, la República Islámica solo ha reemplazado a su líder supremo una sola vez. Eso ocurrió en 1989, tras el fallecimiento de su fundador, el ayatolá Ruhollah Jomeiní (quien, hasta aquel momento, no había declarado un heredero oficial para su régimen, pero finalmente fue sucedido por Alí Jameneí).
A pesar de que el sistema iraní dispone de un protocolo especial para esta clase de sucesos, la situación actual —con ataques de Estados Unidos e Israel en curso—, retrasaron el proceso para elegir al nuevo cabecilla un poco más de lo habitual. Sin embargo, el pasado 8 de marzo se anunció públicamente que sería Mojtaba Jameneí —el segundo hijo del difunto Alí Jameneí— quien ocupará su lugar, algo que algunos entienden como un desafío directo a las advertencias de D. Trump, quien tildó de «inaceptable» la posibilidad de que este heredara el liderazgo de su padre, y se atrevió a pronosticar que, al no contar con su aprobación, «no duraría mucho» en el cargo. Israel, por su parte, ya había amenazado con eliminar a cualquier sucesor del régimen, y esto añade un nuevo nivel de riesgo a una transición compleja per se.
La encargada de llevar a cabo la elección-designación de Mojtaba Jameneí ha sido la Asamblea de Expertos. Mencionado organismo está compuesto por 88 clérigos de alto rango —que son elegidos por el público iraní cada ocho años— y que, a su vez, es evaluado por el Consejo de Guardianes, un ente independiente y conformado por 12 juristas que también tiene la responsabilidad de supervisar las actividades parlamentarias del país e, incluso, tiene la potestad de vetar candidatos a la presidencia.
Previo al nombramiento de Mojtaba Jameneí, algunos expertos internacionales ya intentaban vaticinar quiénes tenían más oportunidades de convertirse en el relevo del fallecido líder iraní, considerando, además que tanto Estados Unidos como Israel aseguraban haber eliminado a más de 40 altos mandos el pasado 28 de febrero —entre los que se encuentran el Ministro de Defensa y algunos jefes de la Guardia Revolucionaria—y que, por ende, las opciones de reemplazo eran ciertamente acotadas. Si bien uno de los nombres más fuertes era, justamente, el del vástago de Alí Jameneí, también se mencionaban otros como el de Alí Lariyaní (actual Secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, que es visto como un negociador pragmático con experiencia diplomática), Alireza Arafi (Ayatolá que representa el ala teocrática más conservadora, integra el consejo especial que, de forma temporal, dirigió las riendas políticas de Irán, tal como se mencionaba en el apartado «Luto oficial y triunvirato de gobierno temporal» algunos párrafos más arriba), o Mohammad-Mahdi Mirbagheri (Clérigo con marcada ideología anti-Occidente, considerado por muchos como el más radical y absolutista del país).
El flamante Líder Supremo Mojtaba Jameneí, en tanto, representa el continuismo en la línea dura y totalitaria de su padre, además de mantener estrechos vínculos Guardia Revolucionaria Islámica, una institución tan clave en la política interna y externa del país. Aunque todavía no se conoce cuáles serán las consecuencias locales que traerá consigo la decisión de la Asamblea de Expertos, ya se estima que clérigos tradicionales y sectores pragmáticos podrían interpretar que haberlo elegido significa haber apostado por una «sucesión dinástica» poco conveniente y paradógica, teniendo en cuenta que la Revolución Islámica nació —precisamente— para derrocar a la monarquía de Mohammad Reza Pahlavi y, por ende, heredar un puesto solo por tener lazos de sangre representaría una traición a los principios republicanos del movimiento. Otra de las razones para rechazar el liderazgo de Mojtaba Jameneí es su poca formación religiosa, ya que el Líder Supremo debería ser, tradicionalmente, un clérigo de alto rango (aunque su padre, al momento de asumir como tal, tampoco contaba con las credenciales religiosas necesarias para hacerlo y posteriormente fue elevado a la categoría de ayatolá para ganar legitimidad pública).
Sea como sea, el papel que tendrá que asumir Mojtaba Jameneí a partir de ahora no será en lo absoluto sencillo. No se puede perder de vista que su padre ha sido una figura verdaderamente relevante en Irán y que su fuerte influencia en el país y la región, para bien o para mal, continuará estando vigente. No es para menos. Políticamente astuto, luego de su llegada al poder en 1989, Alí Jameneí fue consolidando, poco a poco, el control sobre la Guardia Revolucionaria, los servicios de inteligencia, el poder judicial y hasta los medios de comunicación estatales. De este modo, se aseguró de que cualquier decisión importante requiriera siempre de su previa aprobación. Su pragmatismo y su proyección de poder a través de aliados fueron otras dos características de la gestión del fallecido Líder Supremo.
Reza Pahleví: el autoproclamado «líder de transición»
Si ya durante las protestas iraníes de 2025 la figura del príncipe heredero de Mohammad Reza Pahlavi (último sha de Irán derrocado durante la Revolución Islámica) comenzaba a cobrar peso dentro y fuera del país, tras la desaparición física de Alí Jamineí, su visibilidad internacional terminó por consolidarse.
En cierta forma, la combinación de factores críticos que hoy azotan a su tierra de origen —como el descontento civil por los problemas económicos y la represión gubernamental sistemática y, cómo no, el deceso de su último Líder Supremo— hicieron que Reza Palheví gane relevancia de forma casi inmediata.
Y es que ese individuo de 65 años —que ha vivido gran parte de su edad adulta exiliado en Estados Unidos—, además de presentarse como un defensor de la democracia laica y los derechos humanos, aboga por un referéndum nacional para decidir el futuro sistema de gobierno de Irán. En tal sentido, su reaparición en la escena pública busca capitalizar el vacío de poder y las crecientes protestas sociales que exigen el fin de la República Islámica.
Su retorno simboliza una alternativa secular frente al régimen clerical que muchos nostálgicos y algunos sectores jóvenes anhelan. Además, mantiene vínculos estrechos con líderes occidentales y se postula, por tanto, como un interlocutor estable para la comunidad internacional. No obstante, su camino al poder no se encuentra libre de obstáculos. Por un lado, carece de «estructura interna», esto es, no tiene una base organizativa sólida dentro de Irán, ni tampoco vínculos directos con la realidad cotidiana de su población. Por otro lado, el historial de censura y opresión de la SAVAK (el Servicio de Inteligencia y Seguridad Interior de Irán, que también operó como policía secreta durante el reinado de su padre), producen desconfianza en algunos ciudadanos. Eso, sin contar que la nueva designación de Mojtaba Jameneí como nuevo guía religioso y político dificulta sus planes.
Posibles escenarios internos
Alí Jameneí fue mucho más que un guía religioso, espiritual y político: fue el verdadero dueño (y arquitecto) del poder en Irán. Y es que desde 1989 se encargó de configurar un Estado a su medida, ejerciendo su autoridad por encima del Presidente (cuyo rol, en realidad, es tan solo protocolar), pero, también, por sobre el Parlamento y el Sistema Judicial de su país.
Luego de su óbito y tras el nombramiento de su hijo como sucesor, la región y el mundo se preguntan si la potencia nuclear será capaz de efectuar una transición de mando ordenada o si, por el contrario, se generarán nuevas pugnas internas por el poder. Es esperable que diversos actores —desde integrantes de las facciones más conservadoras hasta los de las más radicales, pero también sectores pragmáticos e, inclusive, la propia Guardia Revolucionaria— busquen influir en la venidera etapa política del país. El problema es que actualmente no existe una figura de cohesión como la que supo ser Alí Jameneí. Aunque a partir del pasado 8 de marzo sea su vástago quien esté ocupando el máximo cargo de poder en Irán, no existen garantías de que este sea capaz de controlar la situación de la misma forma en la que el sí supo hacerlo su padre.
En realidad, hasta el momento se desconoce por completo cuáles serán los rumbos generales que tomará la gestión del flamante Líder Supremo. Su comportamiento como rector político y religioso, por tanto, aún están por verse. Sin embargo, se sospecha que Mojtaba Jameneí intensificará la represión que su progenitor ya ejercía antes de morir: sea como mecanismo de control preventivo para evitar futuras revueltas, sea como herramienta para conservar el dominio absoluto que el Estado tiene sobre la vida privada de sus civiles. Esto no solo militarizaría por completo a la nación iraní, sino que también reforzaría el papel de la —cuasi omnipotente— Guardia Revolucionaria y terminaría por consolidar la autocracia teocrática que comenzó a configurarse desde el nacimiento de la República Islámica.
Pero cuidado: el carácter «hereditario» de la designación de Mojtaba Jameneí como máxima figura pública podría generar desconfianza y malestar en ciertos sectores de la población, y esto, a su vez, traería inestabilidad interna en caso de que el nuevo Líder Supremo no consiga consolidar su autoridad rápidamente. Por otra parte, el conflicto armado en curso puede significar otra fuente de problemas para el estrenado cabecilla, pues la crisis económica que los iraníes ya padecen —y por la que ya han salido a manifestarse en 2025— podría agudizarse todavía más gracias a las sanciones provenientes del extranjero, además de que los ataques militares de Estados Unidos e Israel seguirían destruyendo infraestructuras esenciales del país y dejarían como saldo miles de pérdidas humanas. Mojtaba Jameneí, ciertamente, deberá evaluar cuidadosamente estos aspectos.
En cualquier caso, lo ideal sería apostar a una «recalibración», en la que Irán busque una desescalada táctica para obtener alivio económico que, a su vez, «suavice» el enojo de su población. Empero, su identidad ideológica parece apuntar exactamente hacia lo opuesto.
Costos humanitarios
Los duros enfrentamientos están teniendo consecuencias catastróficas para la población civil. Desde el inicio de la guerra, hace poco más de una semana, ya se contabilizan alrededor de 2.000 muertos en toda la región debido a la escalada de los bombardeos y las respuestas militares. La cifra de heridos, en tanto, ya alcanzan las cinco cifras, mientras que la de los desplazados, las seis: según organizaciones como ACNUR u OMS, más de 100.000 personas han tenido que abandonar sus hogares en Irán debido a la inseguridad generalizada.
El pánico reina tanto en Irán como en Israel, pero también en los países vecinos que ya comenzaron a ser víctimas de la represalia del primero. Lo mismo ocurre con aquellos que reciben oleadas de exiliados y con aquellos que ejercen como «corredores» humanitarios permitiendo la salida hacia terceros países.
Las evacuaciones se han vuelto una constante en toda la región, las actividades cotidianas —como la asistencia de los niños a clases— se han visto interrumpidas, y las rutas de vuelos comerciales se han reducido e, incluso, suspendido. Para colmo, los ataques a instalaciones sanitarias como los reportados en Irán y el Líbano ponen en riesgo los sistemas de salud, y terminan por configurar el devastador panorama.
Panorama internacional
Reacciones iniciales
Ante los ataques estadounidenses e iraníes del pasado mes de febrero y el fallecimiento del A. Jameneí, las respuestas globales fueron, como era de esperarse, variopintas.
● Los integrantes del denominado «Eje de la Resistencia» se posicionaron, naturalmente, en contra de los bombardeos a Irán, su aliado y cabecilla. El grupo —no oficial— conformado por ciertas milicias y grupos radicales de Irak, Líbano, Palestina, Siria y Yemen, sencillamente, un «acto de agresión ilegal» por parte de Occidente.
● China estaría enfrentándose a una doble encrucijada, ya que si bien es un aliado ideológico de Irán y un gran «salvador» económico al ser el principal comprador de su petróleo sancionado, no siempre coincide con su agenda religiosa. Además, la potencia dirigida por Xi Jinping tampoco puede permitirse un involucramiento militar directo en este conflicto, ya que esto podría condicionar su imagen y dañar su comercio global. En ese sentido, el caos de Oriente Medio —particularmente en lo que respecta a estabilidad energética— es un desastre para sus rutas comerciales, y aquí aparece una nueva disyuntiva para el gobierno chino, quien ha llamado a la «máxima moderación» porque no quiere guerras, pero, a su vez, no podría consentir que Estados Unidos e Israel controlen por completo el flujo del Golfo.
● El caso de Rusia comparte algunas similitudes con el de China, ya que en la actualidad tampoco puede contribuir demasiado a la causa de su socio y amigo Irán. Aunque es bien sabido que desde hace muchos años la nación liderada por Vladímir Putin le provee apoyo militar y diplomático para contrarrestar la influencia de Estados Unidos en la región de Oriente Medio, lo cierto es que el gigante euroasiático se encuentra atendiendo un problema mayor desde febrero de 2023: su guerra contra Ucrania. De igual modo, la caída de A. Jameneí fue considerada un golpe estratégico y el ataque, en sí mismo, como una «violación flagrante de la soberanía iraní».
● El Vaticano se ha mostrado fiel a sus tradicionales principios de paz, condenando los ataques de ida y de vuelta y haciendo un llamado urgente a la diplomacia. Al mismo tiempo, ha criticado explícitamente el concepto de «guerra preventiva» (utilizado por algunos para justificar las incursiones militares iniciales) y lo ha calificado como un riesgo para la humanidad. Además, ha expresado su temor ante la posibilidad de que los combates se propaguen sobre terceros y, en tal sentido, ha instado a todas las partes involucradas a asumir la «responsabilidad moral» de detener la espiral de odio.
● La Unión Europea, por su parte, hace gala de la falta de cohesión interna que la caracteriza y también presenta posiciones divididas respecto a la cuestión de Oriente Medio. Mientras algunos líderes europeos condenan la acción militar unilateral estadounidense-israelí —como España, quien solicitó una desescalada inmediata, advirtiendo acerca de los riesgos que un conflicto prolongado podría llegar a tener en la zona—, otros mostraron una postura más dura —como Alemania, Francia y el extracomunitario Reino Unido, quienes ya incluso antes de los ataques expresaron su predisposición a reimponerle sanciones a Irán—. Sin embargo, en líneas generales, la postura del Grupo de los 27 fue la de la extrema cautela, mostrando preocupación por el avance de los acontecimientos y promoviendo la contención para evitar una guerra regional total. Asimismo, tanto la Comisión Europea como el Consejo de la Unión Europea manifestaron que darían prioridad a cuestiones humanitarias y consulares, centrando esfuerzos en la evacuación de sus ciudadanos y coordinando su repatriación.
● En América Latina ocurrió algo similar a lo anterior. Las respuestas estuvieron polarizadas, reflejando las divisiones ideológicas de la región. El presidente argentino Javier Milei, por ejemplo, respaldó la acción militar estadounidense-israelí en territorio iraní. Los gobiernos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, en cambio, la condenaron. Brasil, en tanto, tomó una postura un tanto más neutral e hizo un llamado al diálogo y la negociación, mientras que México y Uruguay se alinearon con su política tradicional de no intervención, pero priorizaron la protección de sus ciudadanos en la zona y abogaron por la búsqueda de soluciones pacíficas. Posturas intermedias tomaron también Chile y Colombia, quienes criticaron el accionar de Estados Unidos e Israel, pero instaron a apostar por el multilateralismo y el fin de la violencia. Ecuador, Panamá y Paraguay criticaron, por el contrario, las represalias de Irán en el Golfo.
Australia, aliado de Estados Unidos, respaldó su ofensiva, ya que entiende que esta era necesaria para detener el avance de armas nucleares iraníes y su amenaza global.
Como puede constatarse, las operaciones «Furia Épica» y «Rugido del León» han generado una profunda división en la comunidad internacional y el foco ha estado puesto en el rol de D. Trump y sus mecanismos. Sus detractores sostienen que los ataques a Irán han sido una clara violación del Derecho Internacional debido a que no se consultó al Consejo de Seguridad de la ONU previo a dicha intervención. Además, temen que sus acciones tengan un «efecto llamada», que convierta el uso de la fuerza en una nueva normalidad en la que la diplomacia, el diálogo y el derecho internacional sean dejados de lado. Y es que, para los críticos del líder norteamericano, el asesinato de A. Jameneí podría crear precedentes para que otros países recurran a la violencia con el fin de perseguir sus intereses nacionales, contribuyendo así a desestabilizar aún más el —ya actualmente caótico— orden mundial.
Escaladas dentro y fuera de Oriente Medio
La embestida estadounidense-israelí del 28 de febrero ha despertado la ira en Irán, quien no ha dudado en contraatacar a sus tradicionales enemigos. Como ya se especificaba en el apartado «Venganza contra Estados Unidos e Israel» de este artículo, la potencia nuclear ya se ha encargado de devolver el golpe a ambos rivales.
Por tal motivo, países de Oriente Medio que albergan bases militares estadounidenses en sus territorios ya comenzaron a padecer las ofensivas, incluidos los del Golfo. Además, con el correr de los días, los combates de ida y vuelta se han incrementado drásticamente, especialmente entre Irán e Israel, quienes de forma mutua se vienen lanzando múltiples oleadas de misiles, drones y bombas.
En realidad, todos los aliados de ambas partes se encuentran en inminente peligro. Un claro ejemplo es el de la organización política y paramilitar chií libanesa Hezbolá, una importante socia de régimen iraní a la que Israel está confrontando por vía terrestre y aérea con el fin de neutralizarla. Otro paradigma, ya dentro del bando contrario, es el del ataque iraní a una base militar británica establecida en Chipre, seguido por asaltos menores a naciones como Azerbaiyán y Turquía. A criterio de Irán, el Reino Unido y estas dos últimas han facilitado logística y/o inteligencia a Estados Unidos e Israel y, por eso, decidió que sería oportuno castigarlos, consiguiendo expandir así el conflicto fuera de las fronteras continentales iniciales.
El rol de Turquía y los kurdos
Irán teme que las milicias kurdas se involucren en el conflicto y, por eso, ya ha empezado a atacar las posiciones que esta comunidad tiene en la frontera con Irak. D. Trump lo sabe y, aunque no lo ha reconocido públicamente, pretende que este pueblo —compuesto por más de 30 millones de personas que no tienen un Estado propio y que se reparten mayoritariamente entre Turquía, Irak, Irán y Siria— se convierta en su aliado.
Con aspiraciones de independencia y autonomía recurrentemente frustradas gracias a las duras represiones de gobiernos centrales, los kurdos han sabido construir una relativamente buena reputación en el ámbito militar. Aunque irregulares, su grupo de experimentados combatientes conocen a la perfección el terreno montañoso y disponen, por tanto, de adecuadas capacidades de movilidad. Además, ya han participado en otros conflictos como el de ISIS (1975) o el de Siria (2014-2019), siempre conformando el bando de los norteamericanos.
En esta oportunidad, el plan sería «distraer» con presencia kurda a las tropas iraníes, y de ese modo obligarlas a redistribuirse, consiguiendo debilitarlas. Para los kurdos, que hace décadas intentan derrocar al régimen islámico, el combate actual podría llegar a significar una oportunidad única para lograr una independencia real. Sin embargo, previas experiencias de colaboración con Estados Unidos los han dejado en posiciones vulnerables. Asimismo, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan los presiona fuertemente para que no involucren. ¿Por qué? Sencillo: si los kurdos de Irán logran autonomía o un estado propio gracias a Estados Unidos, los kurdos de Turquía (que son un colectivo muy numeroso en el sureste de dicho territorio y están liderados por el grupo guerrillero PKK) querrán lo mismo y desatarán el caos en su país.
A raíz de esta complejidad, en la actualidad, la relación entre R. T. Erdogan y D. Trump se encuentra sumamente tensas, casi al borde de la ruptura diplomática. Sus visiones tan opuestas sobre el mapa de Oriente Medio son, justamente, las que marcan sus puntos de fricción. Mientras que D. Trump quiere aliarse con los kurdos para ganar su guerra contra el régimen iraní, R. T. Erdogan está dispuesto a sabotear ese plan para salvar su integridad territorial. Sin embargo, ambos mandatarios enfrentan ciertos temores. En el pasado, el norteamericano ya ha aplicado sanciones económicas contra la lira turca, y el euroasiático no quisiera que eso vuelva a ocurrir. Estados Unidos, a su vez, tampoco puede permitirse perder a su «aliado rebelde» de la OTAN, ya que Turquía tiene el segundo ejército más grande de dicha organización.
La (incómoda) posición de Europa
Es importante aclarar que el Artículo 5 de la OTAN (el de la defensa colectiva) solo se activa en caso de que un país miembro sea atacado. En esta oportunidad, al ser Estados Unidos quien inició acciones militares contra Irán, los socios europeos no están legalmente obligados a participar en una ofensiva. Sin embargo, sí que sufren una fuerte presión política para cooperar por parte de la potencia norteamericana. Por eso, en las últimas semanas, se están viendo envueltos en un conflicto en el que no hubiesen preferido involucrarse.
Por otra parte, aunque los impactos del dron utilizado por Irán para consumar su ataque hacia bases británicas en Chipre hayan sido moderados, sí que lograron enviar un mensaje político y militar muy claro: el Viejo Continente ya no es percibido como un mero actor diplomático o un proveedor de logística por él, sino como un auténtico enemigo. Por eso, aunque el país insular atacado no pertenezca a la OTAN, al ser este un integrante de la Unión Europea, el incidente se torna un asunto comunitario.
De cualquier modo, Europa no quiere guerras en su territorio (suficiente tiene con el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania que hace unas pocas semanas ya cumplió su 4.° aniversario), ya que esto desestabilizaría aún más su economía y pondría en mayor riesgo su seguridad continental. Las posibles oleadas migratorias que podrían llegar a producirse en consecuencia también son una de sus mayores preocupaciones.
La progresión de los hechos violentos y la llegada del conflicto a tierras europeas ha hecho que sus líderes, en gran medida, vayan matizando sus posturas respecto a la guerra con Irán. En el apartado «reacciones iniciales» de este texto se hacia referencia a que países como España condenaban el accionar estadounidense-israelí, mientras que Alemania, Francia y Reino Unido se mostraban más predispuestos a contribuir con la causa de su aliado de la OTAN, Estados Unidos.
El caso de la nación ibérica, por ejemplo, ha sido muy particular, ya que el presidente español, Pedro Sánchez, manifestó públicamente que España no le «prestaría» sus bases militares a D. Trump. Mencionada actitud fue calificada como «poco amistosa» por parte del mandatario norteamericano, quien, por tal motivo, amenazó a su homólogo con imponer un embargo comercial total y romper relaciones económicas con él. A pesar de los desencuentros generados a raíz de sus declaraciones, P. Sánchez continúa defendiendo el lema de «No a la guerra», argumentando que esta no cuenta con el respaldo de las Naciones Unidas ni de una resolución internacional que la justifique y, basándose en el Tratado Atlántico, asegura que España no tiene por qué ceder sus infraestructuras ante lo que en realidad ha sido un ataque ofensivo por parte de Estados Unidos a Irán, y no una respuesta defensiva. Eso sí: aunque rechaza frontal y tajantemente la operación, sí ha enviado buques a Chipre para proteger a socios de la Unión Europea y garantizar la seguridad en el Mediterráneo, trabajando para blindar el espacio aéreo chripriota junto a Grecia, Francia e Italia.
Alemania, Francia y el Reino Unido, al inicio, se alinearon estratégicamente a Estados Unidos, pero, con el paso de los días, vienen demostrando cierto interés en evitar escaladas que luego se puedan vuelvan incontrolables. Para sorpresa de muchos, Italia y su primer ministra, Georgia Meloni, también comparten esa posición. A pesar de su conocida sintonía polótica e ideológica con D. Trump, la italiana declaró que el país de la bota no está en guerra y que, si bien mantendrá su apoyo a la defensa de socios como Chipre, no le dará un «cheque en blanco» militar a D. Trump para llevar adelante su ofensiva en Irán. La actitud de estos cuatro países tiene sentido: Europa comienza a inquietarse ante la probabilidad de ser alcanzada por las bombas.
La llegada de los ataques a tierras europeas ha provocado algunos desencuentros entre sus propios líderes comunitarios. Es el caso de la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa. Mientras que la alemana empieza a cuestionarse la vigencia del sistema global basado en normas, el portugués insiste en seguir preservando el modelo multilateral que, desde sus nacimiento, el Grupo de los 27 ha venido promovido.
Riesgo económico global
El conflicto armado de Estados Unidos e Israel vs. Irán y sus fuertes escaladas están trayendo consigo fuertes consecuencias en la economía global, siendo el sector energético uno de los más perjudicados por el fenómeno. Los efectos de la guerra no solo están sintiendo en las grandes bolsas —que en los últimos días han registrado caídas significativas debido a la incertidumbre política—, sino también en el bolsillo de los ciudadanos de a pie, quienes terminan viéndose altamente perjudicados gracias al encarecimiento de la energía y el caos en el transporte.
¿Qué está ocurriendo exactamente? Sencillo: La tensión en los estrechos de Ormuz (por donde pasa ni más ni menos que la quinta parte del petróleo internacional y sobre el que Irán tiene un amplio control, pero Estados Unidos ejerce vigilancia contínua como contrapeso) y de Bab el-Mandeb (punto por donde transita una enorme parte de contenedores comerciales y sobre el que los hutíes de Yemen, aliados de Irán, tienen importante dominio, pero que como socio occidental contrarresta Yibuti) ha disparado los precios del barril de crudo. Como es bien sabido, el petróleo es un elemento necesario para fabricar y transportar prácticamente todo y, una subida en sus costos, genera una reacción en cadena que lleva a que alimentos y otros bienes básicos también se encarezcan. En el caso concreto de Irán, tras los ataques consumados por Estados Unidos e Israel hacia su infraestructura petrolera, la situación es todavía más grave, y la potencia nuclear se ha visto obligada, incluso, a racionar la gasolina.
Por otra parte, la seguridad del transporte marítimo internacional se ha quebrado. Al evitar el Mar Rojo por riesgo de ataques, los barcos transportistas deben rodear África, y tal desvío les suma días de viaje. Esta demora rompe el flujo de mercaderías, provocando falta de stock y suba de importes. Así las cosas, la guerra se traduce directamente en inflación para el consumidor final.
En Europa, el costo del gas natural se ha elevado enormemente debido al temor de que el suministro regional se vea interrumpido por tiempo indefinido (gracias a la guerra entre Rusia y Ucrania, actualmente también en curso, el Viejo Continente conoce de sobra lo que es tener problemas con ese asunto).
Los precios de metales preciosos como oro y la plata, en tanto, también vienen experimentado aumentos en su valor debido a que los inversores buscan activos seguros en tiempos de tanta incerteza. En tal sentido, el Bitcoin y otras monedas digitales han caído ante dicha fuga de capitales.
Apreciaciones finales
Muchos se preguntan si la muerte del ayatolá A. Jameneí y el nombramiento de su hijo M. Jameneí como sustituto traerán consigo el fin de la República Islámica tal como se la conoce al día de hoy o si, por el contrario, esta podría ser salvaguardada o, incluso, fortalecerla. Aunque actualmente no existe una respuesta ante esta interrogante, sí es cierto que el ataque perpetuado por Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero marca un verdadero punto de inflexión en su ya añejo enfrentamiento con el régimen iraní. Hasta ahora, el dúo occidental nunca había logrado «avanzar» tanto en sus objetivos de desarme nuclear y debilitación de su enemigo: el golpe ha sido verdaderamente duro.
Es claro que el contexto económico y social actual de Irán contribuyó a la «victoria» de sus oponentes, ya que las masivas protestas ciudadanas que tuvieron inicio a finales de 2025 ya venían fracturando su autoritario sistema político. El inconformismo de los civiles y la fuerte represión estatal fueron un combo explosivo, que propiciaron un ambiente interno sumamente hostil y, naturalmente, más fácil de atacar desde fuera. Estados Unidos e Israel supieron captar esa debilidad y no dudaron en actuar.
No obstante, mientras el gobierno iraní declara un luto de 40 días por la pérdida de su Líder Supremo, hay quienes celebran clandestinamente el acontecimiento incluso a través de redes sociales, al interpretarlo como una oportunidad de cambio real y, cómo no, como la posibilidad de recuperar las libertades perdidas. Esto reviste cierta gravedad, debido a que posturas internas tan divididas representan un enorme riesgo de guerra civil, algo que resultaría devastador para una población ya tan fuertemente perjudicada. Aquí la Guardia Revolucionaria —de por sí debilitada por las bajas de gran parte de su mando operativo en los bombardeos— jugaría un rol fundamental, aunque sus movimientos dependen de qué tan bien pueda gestionar sus obstáculos actuales. Si bien lo más lógico sería creer que su capacidad para reprimir a los manifestantes debería estar hoy en su punto más bajo, tampoco hay que descartar la posibilidad las facciones que sobrevivieron endurezcan su vigilancia para evitar un levantamiento popular.
Más allá de todo, la actual escalada entre Irán, Israel y Estados Unidos no es un episodio aislado, sino «la gota que ha derramado el vaso» tras décadas de tensiones nucleares, militares y geopolíticas acumuladas. Aunque todavía no se sabe a ciencia cierta cuál será la duración de este conflicto ni qué alcances reales tendrá, sí es posible afirmar que, en poco más de una semana, ya ha sido capaz de alterar la estabilidad regional (y global) por completo, generando incertidumbre generalizada.
Hoy por hoy, el caos es total. El precio del petróleo se incrementa sin cesar, condicionando el comercio y el transporte mundial. La inflación, por tanto, se expande a niveles porcentuales altísimos. Las bolsas de valores se desploman. Los inversionistas dejan de lado las monedas digitales y apuestan por activos tradicionales como el oro y la plata. Ciertas regiones, como Europa, también temen ante una posible ola de refugiados. Y es que la crisis humanitaria se está tornando devastadora.
Sin dudas, se trata de un acontecimiento que marcará un antes y un después en la dinámica de las relaciones internacionales, reconfigurando bloques y alianzas por doquier. Claro que, si no se encuentra una pronta salida diplomática, el conflicto seguirá arrastrando a más países y la confrontación será mucho, pero mucho más amplia. El riesgo es mayúsculo.
*Foto de portada: Banderas de Estados Unidos, Israel e Irán | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).
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