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🇰🇷 | Análisis sobre los riesgos y beneficios de uno de los casos de soft power más disruptivos del siglo XXI.
En los años recientes, la fama mundial del género musical K-pop (abreviatura común del nombre «Korean popular music») se ha incrementado notoriamente. Este particular estilo de música —que en el mundo hispano también se suele identificar como «pop surcoreno moderno»— surgió alrededor de los años 1990 y, desde entonces, ha gozado de alta popularidad en América del Norte y, cómo no, en su originaria Asia. No obstante, en la última década, esta interesante propuesta —que mezcla múltiples elementos del dance pop, la música electrónica, el rock, el metal, el hip hop, el rhythm and blues (R&B) e, incluso, hasta de algunas baladas— también ha venido ganando influencia en otros continentes como América del Sur, Europa y Oceanía.
Pero: ¿Cómo ha conseguido el K-pop hacerse un hueco en una industria tan competitiva como la musical? ¿Cuál es, en definitiva, el secreto de su éxito global? No existe una respuesta única para responder a estas interrogantes. Empero, los esfuerzos gubernamentales que —desde hace más de dos décadas— Corea del Sur viene llevando a cabo para promoverlo internacionalmente tienen mucho que ver con su enorme auge.
El propósito del presente artículo es, por tanto, el de analizar este interesante fenómeno desde la lógica del soft power (poder blando). A continuación, se intenta explicar cómo este género musical se ha tornado un elemento clave en la política exterior surcoreana, pero, además, se hace referencia a los principales debates públicos que giran en torno a él.
La cultura como bálsamo político
El concepto de soft power —tan frecuentemente empleado en el campo de la política y las relaciones internacionales— ha sido acuñado por el geopolitólogo estadounidense Joseph Nye. Refiere a la capacidad de una nación para influir y atraer a otros actores internacionales mediante herramientas «suaves» como la cultura, en lugar de emplear la coerción y la fuerza militar/económica para conseguir objetivos a largo plazo. Es, a fin de cuentas, un mecanismo «pacífico» que diversos actores políticos suelen ejecutar con frecuencia en pro de fortalecer su posición global, mejorar su reputación y promover sus intereses.
En la actualidad, uno de los paradigmas más llamativos (y audaces) de poder blando es el de Corea del Sur, quien se ha encargado de elevar dicha teoría a una doctrina de Estado sin precedentes. Sucede que, tras la crisis financiera que sufrió en 1997, la nación asiática comprendió que su supervivencia económica no podría depender únicamente de la exportación de manufacturas pesadas, y fue entonces cuando visibilizó los posibles beneficios que podría traerle su intangible patrimonio cultural. A partir de ese momento, convertirse en la mayor exportadora de cultura pop a nivel global pasó a ser, sencillamente, una meta estatal.
Así las cosas, el fenómeno de la ola coreana (Hallyu) no fue un mero accidente estético, sino una auténtica «reingeniería» de la identidad nacional donde, a través de la música (K-pop), pero también de otros productos derivados de esta, como las series de televisión (K-dramas), la moda (K-fashion), o la cosmética (K-beauty), Corea del Sur busca proyectar una imagen atractiva al mundo.
En definitiva, el K-pop actúa como una suerte de «ecualizador» geopolítico que fortalece a Corea del Sur frente a grandes potencias. En primer lugar, desafía la hegemonía de Estados Unidos —considerando que, durante décadas, la cultura pop global fue sinónimo de Hollywood y de música proveniente de la angloesfera— y ejerce como contrapeso al dominio cultural del país norteamericano. En segundo lugar, ofrece blindaje ante la presión de China, pues mientras que esta utiliza su tamaño económico como «poder duro», la cuna del fenómeno Hallyu se vale de la cultura para generar lealtad y simpatía en las poblaciones jóvenes de todo el mundo, siendo el incidente del THAAD ocurrido en 2016 uno de los casos más ilustrativos de ello.
El acontecimiento anterior expone de forma perfecta el choque que a veces puede generarse entre el poder duro y el poder blando. Sucede que cuando Seúl autorizó el despliegue del sistema estadounidense de defensa antimisiles denominado THAAD en su territorio, Pekín se molestó al interpretarlo como una amenaza a su propia seguridad, respondiendo con una guerra cultural. Lo hizo mediante la articulación de un boicot invisible (prohibiendo de facto el contenido Hallyu a través de la cancelación de conciertos pautados y bloqueando plataformas de streaming). Esto le dejó una importante lección a los surcoreanos: aunque poderosa, la cultura puede generar una dependencia que las potencias rivales pueden utilizar como arma de presión económica, por lo que entendió que no podía depender de un único mercado y comenzó su expansión agresiva hacia el sudeste asiático y, finalmente, hasta Occidente.
El Estado como arquitecto
A diferencia de la industria musical occidental —que opera bajo la lógica del mercado puramente comercial—, en Corea del Sur, el K-Pop es un producto de una estratégica colaboración público-privada. Tanto es así, que hasta su propio Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo cuenta con departamentos que se dedican específicamente a la industria del entretenimiento, y tienen la responsabilidad de gestionar los asuntos culturales con la misma seriedad con la que otras potencias gestionan sus cuestiones de defensa. La Korea Creative Content Agency (KOCCA) es uno de ellos, gracias a que tiene oficinas en múltiples regiones del mundo, funciona como una red de embajadas comerciales que se encargan de hacer estudios de mercado, contactar con promotores locales y traducir los contenidos sin tener que depender de los canales de distribución de las grandes potencias.
En paralelo, el gobierno también ha establecido un Hallyu Budget, que es el nombre con el que se le conoce al —cuantioso— presupuesto público que se destina pura y exclusivamente al movimiento de la ola coreana. Con estas previsiones se subsidian, por ejemplo, giras artísticas en mercados estratégicos donde Corea del Sur anhela ganar influencia política y económica. Con el mismo propósito, también ha creado visados K-Culture, que son permisos residenciales específicos para facilitar la llegada de profesionales extranjeros que quieran formarse in situ.
Idols y marca país
En línea con lo anterior, el gobierno surcoreano no solo subsidia económicamente a solistas y bandas del K-pop, sino que, además, los integra dentro de su estructura diplomática de forma muy inteligente. Un paradigma claro es el del grupo BTS (uno de los más populares del género) que, como parte de dicho meticuloso plan, efectúa visitas a líderes globales en pro de reforzar los vínculos con terceros países, tal como hizo en mayo de 2022 al acudir a la Casa Blancs y reunirse con quien en aquel entonces ejercía la presidencia estadounidense, Joe Biden, y mantuvieron una conversación acerca de la inclusión de la comunidad asiática en el país norteamericano. Los jóvenes integrantes de esa misma banda musical también han sido nombrados como Enviados Presidenciales Especiales para las Generaciones Futuras y la Cultura, llegando a participar en importantes eventos políticos globales —tales como los foros de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2018, 2020 y 2021— y a colaborar con campañas como «Love Myself» (iniciativa para promover el amor propio) o «End Violence» (proyecto para proteger de la violencia a niños y adolescentes de todo el mundo), ambas en alianza con Unicef.
El hecho las autoridades gubernamentales surcoreanas hayan elegido a artistas tan afamados e idolatrados por el público internacional con el fin de hacer política exterior no es en lo absoluto casual. Su estrategia no es más que la de financiar, capacitar e impulsar talentos culturales con el fin de perfeccionarlos, para que, al momento de exponerlos al mundo, estos puedan contribuir positivamente a la promoción de la marca país. Con su presencia activa en acontecimientos de alto calibre y la pronunciación de discursos tácticos en ellos, los idols se convierten en auténticos agentes diplomáticos. Su rol es crucial para «dulcificar» la imagen surcoreana previo a la negociación de tratados de libre comercio o la firma de cualquier acuerdo bilateral.
Música y seguridad nacional
Hay quienes que consideran que, gracias a la exportación de su contenido, los artistas del K-pop también le otorgan una suerte de seguro de vida geopolítico a la nación asiática, pues operan a favor de su seguridad nacional y «repelen» ataques de terceros. Y es que, siendo un país tan admirado por su música (y todo el universo de elementos que se derivan de ella), este se vuelve capaz de generar una reserva de «buena voluntad» internacional que podría resultarle especialmente útil en momentos de crispación o conflicto con naciones extranjeras.
De hecho, algunos expertos se mantienen optimistas frente a los eventuales efectos «pacifistas» del género musical, vaticinando que, quienes busquen agredir a su cuna, Corea del Sur, posiblemente deban enfrentarse a un rechazo social masivo a nivel global. Sus fandoms (conjunto de fanáticos) se convertirían en una suerte de «ejército civil» que saldrían en defensa de su imagen.
A pesar de sonar algo disparatada, mencionada teoría tiene algo de verdad y, si se analizan las relaciones bilaterales entre Corea del Sur y Japón, podría llegar, incluso, a constatarse al 100%. Ocurre que, a pesar de las profundas heridas coloniales y las disputas territoriales que ambas han mantenido desde hace siglos, el K-Pop ha logrado lo que la diplomacia formal jamás había podido, que es conquistar a la juventud nipona. Pero hay más. La integración de miembros japoneses en grupos coreanos —como pueden ser Twice o IVE— crea una interdependencia cultural que actúa como un auténtico amortiguador social, evitando que las tensiones políticas deriven en una ruptura total de vínculos.
Activismo de fandoms
La organización transnacional de los fanáticos del K-pop es, posiblemente, uno de los elementos más disruptivos del fenómeno de la Ola Coreana. Y es que estos han demostrado una capacidad de coordinación impactante, que rivaliza con instituciones tradicionales y democratiza el poder. Sucede que, a pesar de que operan fuera de los canales diplomáticos oficiales, pueden movilizar enormes masas de personas (y dinero) en tiempo récord en pro de defender causas sociales que consideran justas. Ejemplos de la labor militante de los fandoms sobran, pero entre los más llamativos podrían mencionarse:
1) El boicot a un mitin del presidente estadounidense Donald Trump en junio de 2020: En esta oportunidad, lo que ocurrió fue que fans de K-pop utilizaron sus perfiles en la red social TikTok para difundir la idea de inscribirse para participar del evento, pero luego no presentarse, generando falsas expectativas en el entorno del líder norteamericano. Los organizadores del acto político esperaban una asistencia masiva, pero lo cierto es que se encontraron con un importante número de sillas vacías.
2) Black Lives Matter: También en Estados Unidos y en junio de 2020, el popular grupo BTS y su agencia Big Hit Entertainment donaron 1 millón de dólares al movimiento que lucha por la igualdad racial. Como respuesta, ARMY (el nombre con el que se conoce al fandom de dicha banda musical) lanzó la campaña #MatchAMillion con el fin de igualar tal contribución, logrando reunir esa cifra en menos de 24 horas. En ese entonces, los fanáticos también consiguieron sabotear aplicaciones policiales como iWatch Dallas del Departamento de Policía de la ciudad homónima. Lo hicieron inundándola con fancams (vídeos cortos de sus artistas favoritos), algo que provocó su colapso y que, por ende, le impidió identificar a los manifestantes que se encontraban en las calles. Otra de las acciones que llevaron a cabo fue la del secuestro de hashtags opuestos a la causa —como #WhiteLivesMatter, #BlueLivesMatter y #AllLivesMatter—, llenándolos de memes y contenido de K-pop y memes para, así, silenciar los mensajes de odio o críticas a la protesta.
3) Resistencia a la censura: En países con gobiernos autoritarios o durante crisis democráticas puntuales —como Filipinas o Tailandia— los seguidores del K-pop se han valido de las infraestructuras de comunicación digital para organizar protestas, recaudar fondos para causas civiles y/o combatir la desinformación estatal usando los algoritmos de las redes sociales a su favor.
Estos paradigmas evidencian que, con el correr de los años, el activismo digital de los seguidores del K-pop se ha tornado una influencia verdaderamente pesada y ha emergido como un importante actor político a nivel global. A fin de cuentas, es una fuerza orgánica que ni siquiera potencias como China o Estados Unidos son capaces de controlar con facilidad. Ocurre que, a diferencia de la propaganda tradicional, la militancia política y social de los fans es descentralizada. No existe un único líder al que detener, ni tampoco una sede a la que clausurar. Se trata de una red global que defiende los mismos valores que sus artistas, solo que estos, a menudo, chocan con las agendas más conservadoras o más tiránicas.
En tal sentido y de forma paradójica, los fandoms representan una amenaza no solo para gobiernos extranjeros, sino también para el de la propia Corea del Sur: al emplear el K-pop como «rostro» del país, los seguidores del género musical han ganado un enorme poder de fiscalización sobre las políticas internas de la nación asiática. Considerando que tanto el Estado como las agencias de representación han vendido a los idols como modelos de buena conducta que promueven cuestiones como salud mental, respeto o lucha contra el acoso, en el caso de que las autoridades gubernamentales surcoreanas tomen cualquier decisión que los fans consideren injusta o demasiado tradicionalista, simplemente reaccionarían en masa, como ya lo vienen haciendo, por ejemplo, con asuntos relacionados a los derechos LGTBIQ+.
De la misma forma, los activistas también son capaces de hacer públicos problemas sociales «domésticos» —como el machismo sistémico o las altas tasas de inmolación— que antes permanecían ocultos o que no trascendían fronteras. Su accionar ha suscitado que las noticias locales/nacionales pasen a ser mundiales, permitiendo que todo el planeta pueda mirar con lupa lo que ocurre en el país y, en ocasiones, obligando al ejecutivo a rendir cuentas ante la comunidad internacional.
Impacto económico
Se estima que el K-pop y su gran ecosistema inyecta más de 12.000 millones de dólares anuales a la economía surcoreana, superando en ritmo de crecimiento a sectores industriales tradicionales y aportando, ni más ni menos, que alrededor de un 0.3% del PIB nacional. Se trata, por tanto, de un auténtico pilar financiero para el país asiático, ya que fortalece su soberanía frente a las fluctuaciones de los mercados globales controlados por las grandes potencias.
Pero hay otros puntos interesantes a considerar. Uno de ellos es su carácter multiplicador, pues el K-pop funciona como una especie de «caballo de Troya» que facilita la exportación de muchos otros productos surcoreanos (dando lugar, así, a la ola coreana o Hallyu a la que ya se hacía referencia en el apartado «La cultura como bálsamo político» de este mismo artículo). Tecnología, automovilismo, moda, cosméticos y gastronomía son tan solo algunos de los diversos rubros que se ven beneficiadas por este gran fenómeno. El turismo, por su parte, tampoco ha escapado a dicho efecto dominó, ya que las localizaciones elegidas para producir vídeos musicales de K-pop actúan como «gancho» para atraer visitantes extranjeros al país. Cada fanático que arriba invierte en estadía, transporte y alimentación, pero también participa de actividades y eventos culturales vinculadas al universo de la música —por ejemplo, adquiriendo entradas para conciertos o comprando merchandising alusivo a sus idols, impactando de forma sumamente positiva en prácticamente toda la economía local.
La generación de empleo directo es otro de los aspectos fuertes de la industria. Se estima que más de 90.000 personas trabajan en sectores de producción, marketing y gestión cultural del género musical estrella de Corea del Sur. Lo mismo ocurre con el valor corporativo de agencias de entretenimiento, que gracias a K-pop han alcanzado valoraciones bursátiles masivas, siendo los gigantes JYP Entertainment, SM Entertainment e YG Entertainment los ejemplos más ilustrativos de ello.
El rol de las agencias de representación
Tal como se especificaba en el apartado «El estado como arquitecto», desde las últimas décadas, el gobierno surcoreano apuesta cada vez más fuerte a la industria del K-pop. Este la patrocina y la respalda al punto de haber llegado a modificar leyes constitucionales en pro de que sus artistas de élite puedan posponer su servicio militar (obligatorio para hombres de 18 a 35 años) y así evitar que estos pierdan su momento de máxima influencia global. El mensaje es claro (y polémico): la Ola Coreana genera tantos beneficios políticos y económicos que los idols son considerados, directamente, un activo estatal.
Pero el Estado no es el único actor que entra en juego en el ecosistema del K-pop. En muchas ocasiones, son las propias empresas de entretenimiento las que actúan como agencias de representación de artistas. Las tareas que estas llevan adelante son múltiples, yendo desde el reclutamiento de talentos hasta su entrenamiento y financiación. También suelen ocuparse de la promoción de sus canciones en las redes sociales y de su posterior comercialización mediante plataformas de descarga digital y discos físicos (curiosamente, estos últimos siguen manteniendo adeptos aún en plena era electrónica). Asimismo, ejercen como relaciones públicas, gestionando las agendas de los idols.
Entre las tácticas comerciales más utilizadas por estos intermediarios pueden citarse:
● La adopción de la lengua inglesa tanto para el nombre de los grupos como para la letra de sus canciones, ya que esto facilita la exportación global de sus productos. Con el fin de adaptarse a los distintos mercados, los idiomas chino y japonés también son habituales.
● La fuerte presencia en redes sociales y la continua generación de contenido audiovisual llamativo en pro de llegar a su nicho principal, que son los fans del K-pop pertenecientes a la generación Z. A través de estas plataformas se promocionan lanzamientos, se publica la agenda internacional de conciertos se organizan concursos en línea, etcétera.
● También enfocándose en su público nicho, las agencias intentan que sus grupos representados produzcan temas musicales que tengan estribillos repetitivos y pegadizos, además de títulos fáciles de recordar. Al mismo tiempo, las letras abordan temas de interés juvenil, como el amor romántico, el amor propio, la salud mental, el acoso escolar y el feminismo. Mención aparte merecen las fan songs (canciones dedicadas exclusivamente a sus seguidores) que suelen incluirse en prácticamente todos los álbumes.
● La incorporación de integrantes extranjeros en las bandas nacionales de K-pop (como los casos de Twice o IVE ya mencionados en el apartado «Música y seguridad nacional») contribuyen no solo a limar asperezas políticas, sino también a superar barreras de idioma y a facilitar que los seguidores del género se identifiquen con los idols.
El lado oscuro
Detrás de los grandes beneficios políticos y económicos del K-pop se esconde una industria por demás exigente. A criterio de algunos críticos, su modelo representa, sencillamente, una forma de esclavitud moderna. Y es que los artistas que forman parte de ese universo se ven fuertemente presionados en diversos aspectos de sus vidas.
Por un lado, estos jovencitos reciben un entrenamiento extremo, pues deben mantener una imagen de constante perfección. Jornadas maratónicas de 14 y 16 horas diarias que incluyen baile, canto, idiomas y —por supuesto— etiqueta y protocolo, forman parte de su cotidianeidad. Eso, tarde o temprano, genera consecuencias negativas en su salud física y emocional.
Por otro lado, la hipersexualización de los intérpretes —especialmente la de aquellos menores de edad— es otra de las críticas habituales al universo del K-pop. El fenómeno se hace visible de formas muy diversas, tales como en el vestuario (a través del uso de prendas de vestir provocativas), las coreografías (a través de movimientos de baile sugerentes) o las letras de sus canciones (con tintes adultos). Y es que, con el único fin de generar mayor impacto visual, muchos agentes de representación diseñan la imagen de los idols basándose en estándares de belleza extremos y los obligan a exhibir sus físicos de forma excesiva con el fin de transmitir deseabilidad, fomentando, así, el fanservice (un mecanismo donde los artistas no solo deben lucir atractivos, sino que también deben actuar de manera coqueta para alimentar las fantasías de los seguidores). Esta cosificación afecta a cuerpos femeninos como masculinos por igual, y genera fuerte debate público.
Además, es habitual que en los contratos de producción/representación artística se aplique el sistema de trainees, que no es más que un modelo que busca formar y entrenar jóvenes con poca o nula experiencia profesional. A pesar de que este mecanismo presenta ciertas ventajas, lo cierto es que, eventualmente, puede resultar perjudicial para ciertos artistas, en particular para aquellos de más temprana edad. Y es que, si bien las agencias contratantes suelen ocuparse de cubrir sus gastos de vivienda, alimentación y capacitación, mencionados adolescentes deben «devolver» esa inversión con sus primeras ganancias. Esto provoca que, en ocasiones, los idols no reciban dinero real sino hasta años después de sus respectivos debuts musicales.
Mientras tanto, los artistas también suelen ser víctimas de una dura vigilancia por parte de sus representantes. Sus redes sociales, amistades y salidas personales suelen estar minuciosamente controladas e, incluso, se han documentado casos de jóvenes a los que se les ha prohibido mantener citas románticas para no romper la fantasía de sus fans.
El acoso proveniente de los sasaengs (nombre con el que se conoce a los seguidores obsesivos que en ocasiones rozan los límites de la legalidad en Corea del Sur), es otra de las dificultades a los que los idols deben hacer frente. Desafortunadamente, no es extraño que sus fanáticos los persigan hasta sus casas, consigan sus números de teléfono privados o hasta instalen cámaras ocultas para espiarlos. En esa misma línea, los medios de prensa también contribuyen a la —abrumadora— falta de privacidad de las estrellas musicales. Cualquier error, por más mínimo que sea (un comentario fuera de lugar o una imagen saliendo de una discoteca) puede destruir una carrera en horas debido a la cultura de la cancelación (tan naturalizada en Corea del Sur).
Naturalmente, esta enorme sumatoria de elementos hacen que el bienestar mental de las jóvenes estrellas musicales peligre. De hecho, Corea del Sur tiene la segunda tasa de suicidio más alta de entre los países de la OCDE y, aunque es bien sabido que se trata de un fenómeno multicausal, lo cierto es que la presión por el éxito y los comentarios de odio en internet tienen efectos devastadores.
Estimaciones finales
La cultura como activo estratégico
Lejos de ser un fenómeno puramente estético o comercial, el K-pop se ha consolidado como el eje gravitacional de una sofisticadísima estrategia de soft power diseñada (y controlada) desde las altas esferas del Estado surcoreano. ¿El objetivo? Trascender las limitaciones propias de su geografía y de su poder duro, pero, además, competir en igualdad de condiciones con gigantes como Estados Unidos y China.
Corea del Sur es el ejemplo perfecto de como la cultura —siempre que sea gestionada con criterio y planificación— puede ser mucho más que un mero entretenimiento. Y es que gracias a sus exitosos (y estratégicos) esfuerzos estatales, la nación asiática ha conseguido que su autóctono K-pop trascienda lo puramente musical y pase a ser un auténtico activo geopolítico de exportación. Sin milicias, sin violencia… puro soft power.
Riesgos políticos internos en Corea del Sur
Más allá de sus óptimos rendimientos a nivel político y económico, no es posible obviar que el K-pop puede resultar un arma de doble filo para el gobierno surcoreano, quien ha creado, subvencionado e impulsado un monstruo diplomático que no puede controlar del todo. A pesar de que el género musical le haya otorgado una relevancia mundial inmensa, gracias al activismo de sus seguidores, el país ha perdido tanto privacidad de sus problemas internos como poder de decisión en algunos ámbitos sociales. Ese está siendo, sin lugar a dudas, uno de los precios más altos a pagar por tanta utilidad estratégica.
Por otra parte, el rigor y la disciplina cuasi-militar que permiten la perfección estética del K-Pop son, paradójicamente, un reflejo de las presiones sociales que Corea del Sur enfrenta de forma interna y que están trayendo consigo una crisis demográfica sin precedentes y, por supuesto, una alta tasa de agotamiento social. Al mismo tiempo, el entrenamiento extremo al que son sometidos los jóvenes artistas plantea interrogantes acerca de la ética de esta forma de poder blando: se exporta perfección, pero las condiciones de su capital humano no resultan del todo sostenibles. Los fanáticos, conscientes de esta situación, ya comienzan a mostrar señales de hastío, pues entienden que el gobierno solo aparece cuando hay éxitos, pero no cuando sus idols requieren apoyo en temas de salud mental o explotación laboral dentro de la industria. Por eso, cuando algún líder político busca «utilizar» a una banda musical para limpiar su imagen, estos suelen organizar boicots digitales inmediatos, dañando su reputación.
Por último y muy vinculado a lo anterior, aparece la disyuntiva entre institucionalización y espontaneidad, que, a propósito, bien podrían poner en peligro el modelo. La posibilidad de que el Hallyu sea percibido como una herramienta de propaganda gubernamental excesivamente calculada, representaría una pérdida de credibilidad para audiencias globales que buscan autenticidad. Ciertamente, la línea entre la promoción cultural y el nacionalismo estratégico es muy delgada.
*Foto de portada: Bandera de Corea del Sur centrada, rodeada por un marco que compuesto por símbolos y elementos musicales vinculados al K-pop, a los que se le añade la ilustración de una mano formando un finger heart (un gesto popularizado por la cultura Kallyu en el que se cruzan el dedo índice y el pulgar para formar un pequeño corazón, simbolizando amor, cariño, gratitud y apoyo) | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).

