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🌐 | Candidatos, vetos y desafíos: Las claves sobre el (complejo) proceso para escoger al sucesor de António Guterres.
La designación del sucesor del portugués António Guterres para el período 2027-2031 en la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) está siendo, quizá, uno de los eventos diplomáticos más relevantes de 2026. Y es que, en esta ocasión, existe la posibilidad real de que, por primera vez en la historia del organismo, una mujer pueda ser electa para ejercer el mando. Asimismo, tampoco se descarta el hecho de que, tras más de tres décadas, el prestigioso cargo pueda volver a quedar en manos de un individuo proveniente de América Latina. A continuación, se exploran los aspectos clave de este gran suceso.
Primeramente, se presenta a los postulantes a ocupar el reputado puesto, detallando sus procedencias geográficas, repasando su historial profesional y dando a conocer sus principales propuestas. De inmediato, se procede a explicar cómo se lleva adelante el complejo proceso electoral de la ONU, sin dejar de contemplar el enorme grado de influencia que cinco potencias globales concretas ejercen sobre dicha decisión, al ser capaces de beneficiar o perjudicar candidatos según sus propios intereses.
Posteriormente, luego de haber contextualizado el evento y evidenciado su importancia global, se ofrece una suerte de calendario electoral estimado, que sirve como guía para aquellos lectores que pretendan seguirlo de cerca. Casi al final, se dedica un apartado con los principales retos a los que el próximo Secretario General deberá hacer frente durante sus cuatro años de gestión, considerando que prácticamente todas las instituciones internacionales atraviesan, en la actualidad, uno de sus momentos más críticos, pues la desconfianza y el rechazo hacia el modelo multilateral que estas promueven va en aumento (fenómeno que ya ha sido tratado en múltiples artículos de ESCANEO POLÍTICO, tales como «Anuncios de retiro de la OMS: ¿Multilateralismo debilitado?» o «¿Es el fin del atlantismo?» ). Por último, se invita a reflexionar acerca de lo analizado.
Candidatos
Al día de hoy, un total de cuatro figuras de alto perfil compiten por el puesto de Secretario General, y ya todas han formalizado sus visiones en los denominados «diálogos interactivos» de la Asamblea General el pasado mes de abril. Los candidatos son:
1) Michelle Bachelet Jeria, expresidente de Chile y ex Alta Comisionada de Derechos Humanos: Propone una ONU más eficiente, centrada en resultados y con una diplomacia preventiva más fuerte. Cuenta con el respaldo de potencias regionales, tales como Brasil y México.
2) Rafael Mariano Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA): De origen argentino, cuenta con un enfoque pragmático y técnico, en el que aboga por una organización ágil y efectiva en pro de recuperar la legitimidad institucional que esta ha perdido en las últimas décadas.
3) Rebeca Grynspan Mayufis, Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD): La costarricense defiende la modernización de la ONU mediante el uso de inteligencia artificial (IA) y datos, algo que, según su criterio, permitiría anticipar crisis humanitarias y económicas.
4) Macky Sall, expresidente de Senegal: El único aspirante no sudamericano de la lista representa la aspiración de África, su continente, y centra su discurso en la soberanía de los Estados, el pragmatismo y la restauración de la paz en conflictos estancados.
📷 | Galería de imágenes – Candidatos a la Secretaría General de la ONU
Si se analiza con detenimiento el perfil de los postulantes, es posible afirmar que, tal como se mencionaba al inicio de este artículo, se trata de una elección histórica por dos razones fundamentales: La primera es porque trae consigo la posibilidad de poner fin al denominado «techo de cristal» y, la segunda, porque podría permitir el retorno del poder a América Latina.
Proceso de elección
Es preciso dejar en claro que la metodología para elegir al «líder del mundo» no funciona del mismo modo en el que lo hace una democracia tradicional, pues aquí no hay urnas ni voto popular. En realidad, se trata de un sistema híbrido único y con carácter profundamente político. En tal sentido, es importante considerar algunos aspectos destacados:
● El Consejo de Seguridad de la ONU, que está compuesto por 5 miembros permanentes con derecho a veto (a saber: China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia) más 10 miembros no permanentes y sin derecho a veto (entre los que actualmente se encuentran países como Colombia, Letonia y República Democrática del Congo), debe seleccionar a un único candidato mediante votaciones secretas y, luego, «proponérselo» a la Asamblea General, de la que participan, ahora sí, los 193 estados miembros del ente. Todos juntos votan la designación de un nuevo líder, requiriendo, tradicionalmente, una mayoría simple —o, en caso de ser necesario, dos tercios— para oficializar su nombramiento.
● Sin embargo, previo a sugerir a un postulante concreto de forma unánime, el Consejo de Seguridad delibera intensa, interna e informalmente. El grupo de debate llega, incluso, a emplear papeletas de colores para alentar o desalentar designaciones, una modalidad que, a su vez, permite identificar rápidamente si alguno de los miembros permanentes planea ejercer su derecho al veto. Esto pone en evidencia que el modus operandi para elegir al Secretario General es algo más «opaco» de lo que podría parecer a simple vista: los intereses de las potencias pesan, y mucho.
Rol del P5
Si bien la Asamblea General de la ONU realiza audiencias públicas para mostrar transparencia en la institución, lo cierto es que el poder real reside en los cinco miembros permanentes de su Consejo de Seguridad. En tal sentido, el veto de cualquiera de estas potencias resulta clave al momento de tomar cualquier decisión interna, incluyendo la de elegir al próximo Secretario General. Sucede que cualquiera de los cuatro candidatos necesitará, al menos, 9 votos en el Consejo de Seguridad para vencer y luego enfrentarse a la Asamblea General. No obstante, un solo voto proveniente de China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Rusia en su contra lo dejaría automáticamente fuera de carrera.
De hecho, es habitual que las potencias tiendan a buscar una suerte de mínimo denominador común, e intenten evitar a candidatos demasiado carismáticos, o bien, que dispongan de agendas propias fuertes que pudieran llegar a representar un desafío a sus intereses nacionales. En pocas palabras: buscan a un administrador, no a un líder. Por eso, antes de la votación oficial, se suelen efectuar negociaciones de «cuarto trasero» donde las naciones que conforman el P5 realizan sondeos informales entre sí y, de esa forma, fuerzan a los postulantes a retirar sus aspiraciones antes de llegar a la Asamblea. Dicho en modo simple: el «Club de los Cinco» es el principal filtro que deben sortear los aspirantes.
Posibles apoyos y rechazos
Como puede suponerse, los intereses de las P5 pueden condicionar el resultado de las elecciones. En esa línea, puede inferirse que:
1) Estados Unidos priorizará a alguien que garantice resultados y eficiencia en el gasto, ya que el país norteamericano es uno de los mayores contribuyentes monetarios de la ONU y, por ende, buscará salvaguardar su inversión.
2) Tanto China como Rusia abogarán por la prevalencia de la soberanía estatal y, por ende, buscarán a alguien que no use los derechos humanos como herramienta y excusa de intervención.
3) Francia y Reino Unido suelen alinearse a las posturas estadounidenses, pero tampoco es posible obviar que ambos tienen una sensibilidad especial hacia el mantenimiento de la paz en África y un creciente interés en todo lo que concierne a sostenibilidad y cambio climático. Esto, de pronto, podría llegar a condicionar sus decisiones.
Expectativas
Considerando lo antes mencionado, el panorama para cada uno de los cuatro candidatos en carrera por liderar las Naciones Unidas es el siguiente:
● Existe la posibilidad de que la chilena Michelle Bachelet sea vetada por Estados Unidos. Sucede que, históricamente, la potencia norteamericana ha visto con cierto recelo a líderes latinoamericanos que mantuvieran una agenda de izquierda fuerte como la de ella. Así las cosas, a pesar de tener una impecable trayectoria en la ONU, su pasado político y sus posturas en temas como derechos reproductivos podrían afectarla negativamente. Además, tiene la desventaja de que el actual gobierno de su propio país, —encabezado por el ultraconservador José Antonio Kast— tampoco respalda su candidatura. Sin embargo, sí que cuenta con apoyo regional y podría llegar a contar, incluso, con el de China, quien ya ha mostrado señales de apertura hacia el liderazgo de una mujer sudamericana, siempre y cuando esta no estuviera «excesivamente alineada» a los paradigmas estadounidenses, algo que, al menos por ahora, no parece que vaya a ocurrir.
● En sentido contrario, el argentino Rafael Grossi enfrentaría ciertos puntos de tensión con China y Rusia debido a su cercanía con potencias occidentales en lo que tiene que ver con asuntos nucleares, su área de expertise. No obstante, es de destacar que, a nivel interno, cuenta con el respaldo absoluto del gobierno de Javier Milei, quien también es partidario de una ONU menos burocrática y menos «progresista«.
● La costarricense Rebeca Grynspan, por su parte, tiene un perfil económico sólido y también cuenta con el apoyo de su país. Es importante mencionar que no arrastra conflictos políticos de alto perfil como los de sus contrincantes Bachelet o Grossi, lo que podría resultarle ventajoso —por el hecho de ser una de las candidatas que provocan menos «resistencia» —, o bien, una desventaja —pues corre el riesgo de verse como una aspirante demasiado técnica y sin el peso político suficiente como para enfrentar la crisis que hoy parece la ONU—.
● Por último, el senegalés Macky Sall, único africano de la lista de postulantes, afronta un importante dilema con China. Y es que, si bien el gigante asiático suele apoyar a candidatos africanos por los fuertes lazos económicos que tiene en dicho continente, la Unión Africana ya rechazó una moción para respaldarlo. Esta clara falta de consenso regional podría llevar a que China descarte su respaldo a Sall para evitar conflictos colaterales.
Otros elementos a considerar
La paradoja del poder: Aunque la tarea del Secretario General de la ONU es liderar, el P5 —es decir, el verdadero encargado de elegirlo— a veces prefiere a un «secretario» que gestione y no a un «comandante» con agenda propia. Si esta tesis llegara a validarse, perfiles como el de Grynspan tendrían clara ventaja sobre figuras políticas de alto calibre como la de Bachelet.
El factor China: El gigante asiático ha dado señales claras de que estaría altamente dispuesto a favorecer la candidatura de una mujer, algo que pone a las dos candidatas latinoamericanas en una posición estratégica inmejorable (siempre y cuando, claro, lograran sortear el veto de Estados Unidos).
La fragmentación regional: Es poco frecuente que América Latina presente tres candidatos fuertes como lo ha hecho en esta oportunidad. Esto puede jugar a favor del continente, pero también en su contra en caso de que el voto se dividiera. Si así fuera y el P5 optara por la estabilidad, el africano Sall podría verde claramente beneficiado.
Resumen: Cronograma electoral estimado
Aún no hay una confirmación oficial definitiva del día exacto de la votación. No obstante, si se tiene en cuenta el proceso actual y los precedentes históricos, puede inferirse que el cronograma para la designación en este 2026 seguirá el siguiente curso:
● Septiembre – Noviembre de 2025 (etapa ya completada): Aunque la votación clave tendrá lugar en el corriente año, la activación de los mecanismos legales y diplomáticos que la rigen ya se pusieron en marcha en 2025, concretamente a través de la Resolución 79/327 de la Asamblea General del 5 de septiembre. Asimismo, dos meses más tarde, el 25 de noviembre, Annalena Baerbocka (la presidente de dicho ente) y Fu Cong (el presidente del Consejo de Seguridad) enviaron la «Carta Conjunta» a todos los Estados miembros para invitarlos a presentar sus candidaturas de forma oficial.
● 21 y 22 de abril de 2026 (etapa ya completada): Durante estas dos jornadas se llevaron a cabo los diálogos interactivos, en los que los cuatro candidatos presentaron su visión ante la Asamblea General.
● Entre junio y octubre de 2026: Se estima que, en los próximos meses, el Consejo de Seguridad dé inicio a los «straw polls» (sondeos informales secretos). Esta, sin dudas, es una de las fases más críticas del proceso, ya que aquí las P5 emplearán sus votos para «quemar» candidatos. Se trata, por tanto, del inicio de una de las etapas más tensas y opacas del gran evento.
● Entre octubre y noviembre 2026: Considerando que, históricamente, el Consejo de Seguridad suele lograr un consenso y enviar su recomendación a la Asamblea General en octubre, tal como ocurrió con Ban Ki-moon en 2007 y con Guterres en 2016, se cree que la esperada elección tendría lugar durante el último trimestre del año.
● Diciembre 2026: El duodécimo mes del año es la fecha límite absoluta para que la Asamblea —compuesta por 193 estados miembros— ratifique la decisión.
● 1 de enero de 2027: Este día se celebrará la toma de posesión de cargo del nuevo Secretario (o Secretaria) General.
Desafíos del próximo Secretario General
Quien logre sentarse en el despacho del piso 38 del edificio de cristal neoyorquino deberá afrontar numerosos retos. Los candidatos en carrera ya lo saben y, por eso, ya han comenzado a abordarlos en sus discursos. Los altos niveles de polarización, guerras como las de Rusia vs. Ucrania o conflictos como los de Medio Oriente, ciertamente, forman parte de sus principales preocupaciones.
En otros órdenes, la gobernanza de la IA y las nuevas tecnologías son otro de los asuntos con los que tendrá que lidiar el nuevo Secretario General, ya que existe una verdad irrefrutable: ambas están evolucionando más rápido de lo que lo están haciendo las leyes internacionales. El objetivo, por tanto, es el de evitar que estas puedan crear disparidades de accesibilidad —aumentando las brechas entre el norte y el sur—, pero también el de promover su uso ético.
A nivel estratégico, la neutralidad será un elemento clave. El próximo ocupante del sillón de las Naciones Unidas deberá ser un individuo capaz de hablar tanto con la Casa Blanca como con el Kremlin, y todo sin parecer un rehén de ninguno. En caso de que tome partido por cualquiera de las cinco potencias más influyentes, la ONU se rompería, pero, si no hace nada, se volvería un mero espectador de las guerras del siglo XXI.
Ya a nivel interno, los aspirantes al cargo máximo de la ONU tampoco deberían ignorar los problemas financieros que atraviesa dicho ente, pues su —ya crónica— crisis de fondos le trae como consecuencia inevitable una fuerte parálisis operativa. Por tal motivo, el sucesor de Guterres tendrá que convencer a las potencias de que el organismo sigue siendo una inversión estratégica, considerando que, si no hay dinero en caja, sus misiones de paz y su ayuda humanitaria se detendrían, y eso dejaría un vacío que potencias regionales o grupos armados no tardarían en llenar.
No es difícil inducir que las dificultades económicas que en la actualidad padecen las Naciones Unidas condicionan su supervivencia como entidad. Sin embargo, para zanjar este (serio) inconveniente, es necesario ocuparse, primero, de su principal causa: la crisis de legitimidad a la que, al igual que muchos organismos internacionales, la ONU tampoco puede escapar. Para superar la restricción de recursos que hoy por hoy la ahoga, su próximo Secretario General deberá abogar por recuperar la confianza que el mundo ha perdido en el modelo multilateral, respondiendo ante los cuestionamientos por su supuesta falta de respuesta a los desafíos globales actuales.
En esa misma línea, urge una reforma de su Consejo de Seguridad, dado que el poder sigue concentrado en los mismos cinco países desde 1945, y ese mundo, ciertamente, ya no existe. Si dicho ente no se moderniza, corre el riesgo de volverse irrelevante y ser desplazado por bloques más inclusivos con países emergentes, tales como el G20 o los BRICS+ (Para más detalles, consultar los artículos «BRICS+: ¿Una amenaza para Occidente?» y «La relevancia del G-20 para los países emergentes» de ESCANEO POLÍTICO).
Apuntes finales
Considerando que por primera vez en ocho décadas el «techo de cristal» que ha caracterizado a la ONU podría llegar a romperse —permitiendo que una mujer tome el mando el 1 de enero de 2027— y que, además, existe la posibilidad de que el poder retorne a América Latina tras más de 30 años, es posible afirmar que el proceso para elegir al próximo Secretario General de la ONU en este 2026 será un evento de carácter épico.
Empero, los desafíos que el nuevo líder de la diplomacia global deberá afrontar en el período 2027-2031 son mayúsculos: a la creciente polarización sociopolítica y a los múltiples conflictos globales en curso que deberá atender, se le suman los graves problemas internos que —desde hace ya muchos años— vienen afectando a la institución. Al igual que otros organismos internacionales de su clase, la ONU tampoco escapa a la crisis de legitimidad que, incluso, llega a resentir sus respectivos sistemas de financiamiento. Por tal motivo, uno de los principales retos que quien resulte vencedor tendrá apenas ocupe su cargo será el de conseguir recuperar la confianza perdida en el modelo multilateral y, para ello, deberá estar dispuesto a reformar y aggiornar el organismo a los tiempos que corren.
Por lo expuesto, la batalla que libran las P5 al elegir al sucesor de Guterres es sumamente decisiva para el futuro de la ONU. Considerando el complejo contexto actual, la de 2026 es mucho más que una elección administrativa: es un posible rediseño del orden global, en el que los intereses estratégicos de las potencias desempeñan un rol fundamental.
En esta línea, si bien el carisma de cada uno de los cuatro aspirantes a liderar la ONU será una virtud, lo cierto es que la neutralidad ante P5 resulta ser la única garantía de supervivencia para ellos. Solo quien no se muestre demasiado «desafiante» para los propósitos geopolíticos de China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia conseguirá esquivar sus poderosos vetos. La clave, en definitiva, estará en el equilibrio, pues el ganador deberá tener la suficiente valentía de reformar la institución, pero, a su vez, la prudencia y diplomacia necesarias para no ser rechazado por las cinco potencias que, en realidad, llevan la voz cantante a pesar de conformar un grupo de 193 naciones. De algún modo, dentro de la ONU existe una máxima no escrita: Nadie llega a ser su Secretario General sin el permiso del P5.
Considerando todo lo antes mencionado, las interrogantes son múltiples. El Consejo de Seguridad: ¿Priorizará la exigencia de la justicia de género otorgándoles el poder a figuras como las de Bachelet o Grynspan, u optará por el pragmatismo técnico que ofrece Grossi en pro de recuperar su operatividad perdida? ; ¿Se apoyará en criterios de representación geográfica y beneficiará a Sall, único africano entre la lista de aspirantes al cargo?
Aún resta tiempo para conocer las respuestas a estas preguntas. Lo único que hasta el momento sí está claro es que cualquiera de los cuatro postulantes que finalmente tome el relevo de Guterres el 1 de enero de 2027, al llegar, no tendrá una «luna de miel» política, sino, más bien, todo lo contrario: aunque heredará una prestigiosa oficina en Nueva York, tendrá la responsabilidad de evitar que el multilateralismo termine de desmoronarse por completo bajo el peso de la polarización. La moneda está en el aire…
*Foto de portada: Logo ONU | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).
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