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🌐 | La Copa Mundial de la FIFA 2026 como herramienta de soft power en las relaciones internacionales.
- Introducción
- Fútbol de élite y estrategia política: Un lazo añejo
- Mundial FIFA 2026 bajo la lupa
- Organización conjunta: ¿Integración o fragmentación?
- Rol mediático de anfitriones: ¿Protagonistas o teloneros?
- Cupos de participación: ¿Reglamentarios o a conveniencia?
- Discurso oficial: ¿Optimista o negacionista?
- Derechos humanos: ¿Garantizados o ignorados?
- Impacto económico: ¿Masivo o restringido?
- Shows musicales: ¿Entretenimiento o doctrina cultural?
- Merchandising y licencias: ¿Derecho legítimo o ataque a las soberanías nacionales?
- 📷 | Galería deslizante de imágenes
- Reflexiones finales
Introducción
Desde el 11 de junio al 19 de julio se llevará a cabo uno de los eventos deportivos más esperados del año: el Mundial de Fútbol organizado por la Fédération Internationale de Football Association (FIFA). Nacido en 1930 y celebrado —salvo elecciones puntuales— cada cuatro años, el torneo reúne a un grupo de selecciones nacionales de fútbol masculino que se disputan el prestigioso trofeo.
A lo largo de sus casi 100 años de historia, esta gran fiesta del deporte ha ido mutando enormemente en su número de países participantes —pasando de los 13 de la primera edición y expandiéndose paulatinamente a los casi 50 de la edición venidera—, así como también en el modo de acceder a un cupo —antes era mediante invitación, pero actualmente es a través de un sistema de eliminatorias—. Los aspectos de publicidad y marketing, los mecanismos para escoger al país anfitrión, los formatos de clasificación/eliminación de fases y las reglas de juego tampoco han sido inmunes a los cambios. Igual de destacables podrían ser la implementación de ciertos elementos novedosos —como tarjetas amarillas y rojas con el fin de superar posibles barreras idiomáticas entre árbitros y jugadores a partir de 1970— y la apuesta por el uso de tecnología de vanguardia —como la de la línea de gol a partir de 2014, o la de VAR a partir de 2018—.
Siguiendo esa línea de evolución continua, el Mundial de 2026 también traerá novedades consigo, tales como: 1) Sumar 16 selecciones a las 32 que, desde la edición de Francia 1998, ya competían por obtener la Copa; 2) Ser coorganizado por tres naciones (Canadá, Estados Unidos y México); 3) Añadir a su calendario 40 partidos más respecto a los 64 que tuvieron lugar durante la última cita de Qatar 2022; 4) Contar con la presencia de Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán, cuatro equipaciones que nunca antes habían participado en la competencia.
Como puede constatarse, las reformas han sido —para bien o para mal— una constante en este espectáculo deportivo. Claro que, dada su relevancia global, estas alteraciones siempre terminan tornándose objetos de debate público. En tal sentido, podría señalarse la existencia de dos posturas opuestas: una a favor y otra en contra de la evolución. Los gobiernos no son ajenos al fenómeno, sino que, por el contrario, muchos lo utilizan a favor de sus intereses, incluso como una herramienta de diplomacia blanda en materia de política exterior. Y es que, hoy en día, negar que fútbol y geopolítica van de la mano resulta una ingenuidad. Por eso, a continuación, se propone un análisis exploratorio de este interesante vínculo.
Fútbol de élite y estrategia política: Un lazo añejo
El uso político de los mundiales no es una novedad, y sobran ejemplos de líderes internacionales que han buscado beneficiarse de ellos:
● Durante el mundial de Italia de 1934, quien en aquel entonces gobernaba al país de la bota, Benito Mussolini, utilizó el hecho de ser la nación anfitriona del torneo como máquina propagandística. El dictador se encargó, además, de controlar los comités organizadores, presionar a los árbitros y utilizar los estadios como monumentos a la arquitectura fascista. La victoria de su seleccionado fue vendida como la prueba empírica de la superioridad de su Estado totalitario.
● Un segundo paradigma es el del torneo celebrado en Argentina en 1978. Valiéndose de él, la junta militar que encabezaba el presidente Jorge Rafael Videla instrumentalizó el «sportwatching» (un mecanismo mediante el cual, aprovechando la enorme distracción ciudadana que el campeonato conseguía provocar, ocultaba las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que tenían lugar durante su régimen).
● El presidente ruso Vladimir Putin fue otro de los mandatarios que quiso aprovechar su condición de anfitrión en 2018, buscando legitimación internacional posterior a la polémica anexión de Crimea en 2014 y previa a los conflictos mayores que llegarían años más tarde (entre los que destaca su guerra con Ucrania, un enfrentamiento todavía en curso).
● Por último, uno de los ejemplos más recientes es el de Qatar, un país que, tras haber sido sede mundialista en 2022, logró redefinir su peso en la geopolítica de Oriente Medio. ¿Cómo lo hizo? A través de una inversión multimillonaria en infraestructura y proyección de marca país.
Mundial FIFA 2026 bajo la lupa
Organización conjunta: ¿Integración o fragmentación?
Como ya se mencionaba al inicio de este artículo, el torneo de FIFA este año llega con la presencia de diversos hitos relevantes y uno de ellos es que, por primera vez en la historia, el evento será coorganizado por tres países anfitriones: Canadá, Estados Unidos y México. Mientras que para algunos expertos esta triada es vista como una oportunidad única para avanzar en materia de unión y hermandad regional, para otros, en cambio, esa posibilidad resulta utópica. En realidad, no es posible obviar las tensiones existentes entre estas naciones. Aunque a nivel comercial, por ejemplo, estas conforman un bloque económico clave como lo es el T-MEC, sus dinámicas internas son muy complejas.
Rol mediático de anfitriones: ¿Protagonistas o teloneros?
El polémico mandatario estadounidense Donald Trump viene asumiendo un rol sumamente activo en la organización de este mundial de fútbol. Y es que el líder ha llegado, incluso, a intentar ejercer presión directa sobre la FIFA, amenazando con reubicar partidos ya programados en ciudades como Los Ángeles, San Francisco o Seattle (todas gobernadas por su oposición, es decir, por el Partido Demócrata) en caso de que sus dirigentes no muestren buena disposición para cooperar con las políticas de seguridad e inmigración que él pretende imponer. Esta actitud, ciertamente, ha causado indignación en ciertos sectores, y cómo no, en la propia Federación Internacional de Fútbol Asociación que, desde 2016, es dirigida por el suizoitaliano Gianni Infantino.
La presidente mexicana Claudia Sheinbaum y su homólogo canadiense Mark Carney, por su parte, representan liderazgos que buscan mantener la soberanía y los beneficios de sus respectivos países. La pregunta es si ambos serán capaces o no de contrarrestar la retórica de Trump, impidiendo que sus naciones queden marginadas en el plano logístico, mediático y económico.
Cupos de participación: ¿Reglamentarios o a conveniencia?
A estas alturas, el lector podrá inducir que los mundiales de fútbol nunca se han mantenido al margen de los «amiguismos» políticos, así como tampoco de los conflictos globales del momento. En tal sentido, la edición de 2026 no está siendo la excepción a la regla. Y aquí nuevamente aparece la figura de Trump, quien en los últimos meses y en un intento de acercamiento con la primera ministra italiana, Georgia Meloni, habría tratado de convencer a las autoridades de la FIFA de reemplazar a la —ya clasificada— selección de Irán por la «azzurra» . Pese a que su intento no ha tenido éxito porque el ente optó por apegarse al reglamento, el hecho no deja de ser una evidencia de cómo, en ocasiones, los cupos deportivos son empleados como piezas de intercambio diplomático, beneficiando a aliados y perjudicando a rivales.
Discurso oficial: ¿Optimista o negacionista?
Detrás de la gran fiesta que suponen los mundiales de FIFA y detrás de la imagen de unión global que dicho organismo busca proyectar públicamente (Para más detalles, ver la galería de imágenes de este artículo), lo cierto es que cada edición opera bajo una lógica de mercado implacable, generando tensiones en ámbitos ámbitos tan diversos como derechos civiles, economía doméstica y políticas migratorias.
El torneo de 2026 próximo a celebrarse es un ejemplo claro de que los discursos oficiales del organismo encabezado por Infantino no siempre coinciden con el contexto global de la época. El hecho de que el máximo ente regulador del fútbol exija la libre circulación de jugadores, equipos técnicos y aficionados, contrasta fuertemente con las políticas de seguridad nacional que Estados Unidos. Resulta igual de paradójico, además, que las embajadas y consulados estadounidenses estén registrando importantes retrasos en la emisión de visados de turismo, algo que refuerza la idea de que los actuales son tiempos de fronteras cada vez más selladas.
Derechos humanos: ¿Garantizados o ignorados?
En el momento en el que FIFA le otorgó la sede al trío Canadá-Estados Unidos-México, se argumentó que el bloque ya contaba con la infraestructura necesaria para albergar el torneo, evitando que se repita la tragedia ocurrida cuatro años atrás en Qatar, cuando se perdieron vidas humanas durante la construcción express de estadios. vistas en Qatar. Sin embargo, en esta edición también siguen constatándose violaciones a los derechos humanos, así como también precarización laboral. A propósito, diversos organismos sociales han acusado jornadas extenuantes en obras públicas complementarias (como las de aeropuertos, trenes urbanos y hoteles).
Por otra parte, también es preciso hacer referencia al voluntariado. Y es que, desde sus inicios, los mundiales funcionan gracias a ese engranaje crucial. Los voluntarios se comportan como una suerte de «ejército invisible» que trabaja sin recibir honorarios y son los grandes responsables de dejar todo a punto en cada edición mundialista. Entre las múltiples tareas que estas personas desempeñan destacan la gestión logística, la traducción, la atención médica básica y la acreditación de medios de prensa. Este sistema nunca ha estado exento de críticas, pues hay quienes rechazan la idea de que una entidad como FIFA —que obtiene tantos millones de dólares con sus prestigiosos espectáculos—, eluda tan impunemente las leyes laborales más básicas. Básicamente, al no haber contratos formales de trabajo firmados, quienes contribuyen noblemente a la causa no gozan de salarios mínimos ni mucho menos reciben indemnizaciones en caso de accidentarse.
Impacto económico: ¿Masivo o restringido?
Es habitual que los mundiales de fútbol beneficien económicamente a ciertos sectores, tales como los de turismo y servicios. En años mundialistas, numerosas agencias de viajes suelen ofrecer paquetes all inclusive para que, quienes los contraten, no deban preocuparse por gestionar traslados, reservar estadías, ni adquirir entradas a los distintos partidos. Sin embargo, en el caso de esta edición en particular, ciertos sectores han denunciado una alarmante especulación de precios y alertan que esta generado la «mayor burbuja financiera de la historia de los mundiales«. Los críticos de esta situación afirman que ciertos fanáticos —en especial aquellos provenientes de países emergentes— podrían verse impedidos de asistir al gran evento por el simple hecho de no poder asumir los costos derivados. Estas desigualdades alejan al torneo de lo que es su base social histórica y, al mismo tiempo, lo transforman en un club exclusivo para élites globales y corporaciones asociadas.
Por otra parte, también es preciso mencionar otro particular fenómeno que, sin excepciones, tiene lugar cada cuatro años: el de los sorteos y promociones que marcas globales de consumo masivo suelen lanzar en pro de captar y fidelizar clientes a nivel global. Con campañas hiperagresivas, estas empresas aprovechan el fervor que los mundiales de fútbol generan en el público para perseguir beneficios extras.
Shows musicales: ¿Entretenimiento o doctrina cultural?
Las ceremonias de inauguración y clausura de los mundiales de FIFA son cada vez más espectaculares, pareciendo haber aprendido de eventos como el estadounidense Super Bowl y evolucionado hasta convertirse en auténticas declaraciones de identidad nacional (y demostraciones de músculo cultural) para sus anfitriones. Todo parece indicar que en la edición de 2026 ocurrirá exactamente lo mismo o, incluso, que esta llegue a superar el despliegue audiovisual de las anteriores. De hecho, para la gran final del 19 de julio, FIFA ya ha confirmado las performances de Chris Martin, Madonna, Shakira y el grupo surcoreano de K-Pop BTS. Pero eso no es todo, pues los tres países que funcionarán como sedes también presentarán sus propios espectáculos. Mientras que México honrará la cultura hispana global con intérpretes como Alejandro Fernández, Belinda, J Balvin o el grupo Maná, Canadá apostará por el el pop-rock con artistas de la talla de Alanis Morissette y Michael Bublé. Estados Unidos, en tanto, se encargará de demostrar la hegemonía global de su industria musical con Future, LISA y Katty Perry.
Merchandising y licencias: ¿Derecho legítimo o ataque a las soberanías nacionales?
Uno de los aspectos menos conocidos de la geopolítica de FIFA son, posiblemente, sus derechos de propiedad intelectual. Estos controlan cada espacio publicitario y, además, persiguen de forma estricta el comercio informal en las inmediaciones de los recintos albergadores de partidos mundialistas. Además, por normativa, esos estadios deben estar completamente «limpios» de marcas comerciales que no formen parte de sus patrocinadores, algo que ha llevado a rebautizar forzosamente alguno de los recintos más icónicos de Norteamérica. El «MetLife Stadium» de Nueva Jersey, por ejemplo, pasará a llamarse oficialmente «New York New Jersey Stadium«, mientras que el SoFi Stadium de Los Ángeles se convertirá en «Los Angeles Stadium«, el AT&T Stadium de Dallas en «Dallas Stadium«, el «Estadio Akron» de Guadalajara en «Estadio Guadalajara«, y el «Estadio BBVA» de Monterrey en «Estadio Monterrey«.
A pesar de que corporaciones —generalmente vinculadas a los sectores de telecomunicaciones y bancos—abonan fortunas anuales por dar nombre a esos campos de juego, durante un mes y por decreto del organismo futbolístico con sede en Zúrich, quedan sencillamente invisibilizadas. Pero lo que sin dudas reviste mayor gravedad es que, al imponer semejantes requisitos, FIFA pasa a operar como un verdadero estado supranacional temporal, que demanda exenciones fiscales y mantiene el dominio absoluto sobre el espacio público, desafiando la soberanías nacionales de los países anfitriones de turno.
📷 | Galería deslizante de imágenes
● Imagen 1 – Minismalismo con propósito: Logo oficial de la Copa Mundial de la FIFA 2026, que combina la imagen real de su trofeo con el año en el que se organiza el torneo. De diseño sobrio, evita elementos culturales únicos para así poder representar equitativamente a los tres anfitriones (Canadá, Estados Unidos y México). Asimismo, se presenta como un lienzo personalizable, ya que se trata de una plantilla base cuyo fondo podrá ser adaptado a criterio de cada una de las ciudades sede.
● Imagen 2 – Diseño estratégico para un evento estratégico: El balón de este Mundial 2026, denominado TRIONDA, rinde homenaje al hecho de que, por primera vez en la historia, tres países se unirán para albergar la gran fiesta. Presenta, además, figuras geométricas fluidas, buscando reproducir las ondas a las que hace referencia con su nombre. Sus patrones en color rojo, verde y azul, así como también la inclusión de ciertos íconos —como hojas de arce, un águila y estrellas— representan a cada uno de los coanfritriones. Los destellos dorados, en tanto, simbolizan el anhelado trofeo.
● Imágenes 3, 4 y 5 – Marca país en sentido puro: Las mascotas de este Mundial 2026 son Maple (el alce), Clutch (el águila) y Zayu (el jaguar), y representan a Canadá, Estados Unidos y México, respectivamente. En todos los casos se trata de animales autóctonos, con un fuerte presencia en sus territorios pero, sobre todo, cargados de simbolismo interno.
Reflexiones finales
Al leer entre líneas, es posible descubrir detrás de cada partido de 90 minutos hay un torneo mucho más complejo: el político. Este se juega en los despachos presidenciales y en los ministerios de relaciones exteriores, buscando una foto de la victoria que, en realidad, va mucho más allá de lo meramente deportivo. El objetivo, a fin de cuentas, es el de maximizar ganancias económicas y reafirmar fronteras estatales: una auténtica puja de poder.
Hiperconectado, extremadamente comercializado, políticamente fragmentado y dominado por grandes potencias: el Mundial FIFA 2026 es, en definitiva, un reflejo perfecto de lo que es el orden global contemporáneo. Por tanto, queda claro que, en la actualidad, el fútbol ya no es el opio del pueblo, sino una ficha más en el tablero de la geopolítica mundial, en el que los deportistas compiten por un trofeo de oro, pero los grandes líderes se disputan la validación internacional, el lavado de imagen pública y, cómo no, la supremacía económica.
*Foto de portada: Planisferio —con límites continentales marcados en color blanco— superpuesto a un fondo en tonos de verde, simbolizando el nexo entre fútbol y política internacional | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).






