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🇺🇸 | Claves sobre los atentados terroristas que marcaron un antes y un después en el tablero global.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 (11-S) fueron una serie de ataques terroristas que el grupo paramilitar yihadista Al Qaeda perpetró contra Estados Unidos. En la mañana de aquella funesta jornada, un total de 19 terroristas suicidas secuestraron cuatro aviones comerciales que se encontraban en pleno vuelo, haciendo que dos de ellos impactaran contra las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y que un tercero se estrellara contra el Pentágono de Virginia. La cuarta aeronave, en tanto, cayó en un campo de Pensilvania a raíz de la revuelta generada por los pasajeros.
Aunque la seguidilla de ofensivas generó perjuicios edilicios tanto en las Twin Towers —que colapsaron por completo— como en el Pentágono —que sufrió graves daños en su infraestructura—, el aspecto más deplorable fue, ciertamente, la tragedia humana que esta supuso. Las cifras son escalofriantes: fallecieron casi 3.000 personas de alrededor de 80 nacionalidades y el saldo de heridos se ubicó en el entorno de los 25.000.
Punto de inflexión ante lo ya conocido
A nivel geopolítico, es posible afirmar que el 11-S fue mucho más que un conjunto de ataques terroristas. En realidad, fue una especie de «bisagra histórica» que supuso el ocaso del optimismo que reinaba tras el fin de la Guerra Fría y, en definitiva, se comportó como catalizador del siglo XXI.
Ocurre que aquella mañana no solamente se desplomaron estructuras edilicias, sino también la arquitectura psicológica y geopolítica sobre la que se había edificado el orden internacional posterior a la Guerra Fría. Si durante la década de 1990 la narrativa dominante de la globalización apuntaba a una transición pacífica —y aparentemente irreversible— hacia la democracia liberal y la integración económica global, el atentado de septiembre de 2001 rompió abruptamente con esta premisa. El triste suceso transformó —para siempre— los conceptos de soberanía estatal y las políticas de seguridad no solo de Estados Unidos, sino también del mundo todo. En este sentido, pueden mencionarse transformaciones globales en cuatro grandes pilares, a saber:
1) Seguridad y vigilancia: Surgieron nuevas agencias gubernamentales —tales como el Departamento de Seguridad Nacional y Agencia de Seguridad en el Transporte (TSA) en Estados Unidos—, los aeropuertos reforzaron sus controles —implementando escáneres corporales y detectores de metales, así como también introduciendo nuevas normas de equipaje—, la biometría comenzó a ganar terreno a pasos agigantados—por medio de pasaportes con chips y herramientas de reconocimiento facial— y las revisiones automatizadas de fronteras se convirtieron en el estándar internacional. Además, se pasó a normalizar la interceptación de comunicaciones bajo determinadas leyes —como la «USA Patriot»—, por lo que el equilibrio entre privacidad y seguridad nacional se modificó a favor del monitoreo estatal.
2) Geopolítica y nuevo orden mundial multipolar: La búsqueda de justicia por parte de Estados Unidos derivó en invasiones a países como Afganistán en 2001 e Irak en 2003. La inestabilidad generada en la región de Medio Oriente gracias a estos conflictos hizo que surgieron nuevos grupos extremistas —como el temido Estado Islámico (ISIS)—. Al mismo tiempo, la enorme inversión económica y militar que Estados Unidos debió hacer para sostener estas guerras consiguió debilitar su hegemonía global, permitiendo el ascenso de potencias como China o, incluso, el resurgimiento estratégico de Rusia.
3) Tecnología, medios de comunicación y nacimiento de la era de la desinformación: Los ataques del 11 de septiembre de 2001 fueron, posiblemente, el primer gran evento histórico global cubierto minuto a minuto —tanto en televisión digital como en lo que fueron los albores del internet moderno—. El consumo de noticias en tiempo real dio paso a una fuerte guerra de narrativas, donde reinaba la propaganda y do de las teorías de conspiración a escala global encontraban su caldo de cultivo ideal.
4) Impacto cultural y social: Tras el 11-S, las sociedades occidentales integraron la percepción del riesgo terrorista en su vida diaria, algo que también se vio reflejado en el aumento de los presupuestos públicos en cuestiones vinculadas a defensa y seguridad nacional. De algún modo, se instauró —y normalizó— el miedo, logrando registrar un aumento global —justificado o no— de la discriminación, la xenofobia y los crímenes de odio hacia las comunidades musulmanas y Medio Oriente.
Mutaciones en el modelo de política exterior estadounidense
Tal como se mencionaba en el apartado anterior, tras el 11-S, EE.UU. reforzó sus sistemas de seguridad y vigilancia, incorporando estrictos controles sobre sus fronteras —que se mantienen hasta hoy— en pro de salvaguardar su soberanía nacional. Pero eso no es todo. Temeroso ante la posibilidad de ser nuevamente agredido, el país norteamericano dejó de lado la diplomacia multilateral —que mantenía desde el final de la Guerra Fría— y adoptó la Doctrina Bush —cuyo nombre hace referencia a George W. Bush, quien en aquel entonces se desempeñaba como presidente—. Esta postura de unilateralismo asertivo considera que las «agresiones positivas» o a la «guerras preventivas» son un derecho cuando la seguridad del país está en peligro y, por ende, justifica el hecho de anticiparse a atacar a un país enemigo en caso de sospechar que, a futuro, este pudiera llegar a perpetrar una embestida directa. De este modo, las invasiones de Afganistán e Irak supieron ser claros paradigmas de aplicación de este dogma.
Claro que la decisión gubernamental de dar comienzo a la llamada «Guerra contra el Terrorismo» no ha estado exenta de polémicas y despierta, hasta la actualidad, calurosos debates. Uno de los puntos más cuestionados suele ser cuál pasa a ser el rol real de las instituciones multilaterales tradicionales cuando sus integrantes deciden dejar de cumplir arbitrariamente con las normas prestablecidas. De hecho, eso fue lo que ocurrió en 2003 cuando, tras el asalto estadounidense a Irak, algunos actores globales pusieron en tela de juicio la legitimidad del Consejo de Seguridad de la ONU por no haber sido capaz de frenar a la potencia norteamericana.
De cualquier modo y a pesar del aparente triunfo inicial estadounidense, el modelo implantado por Bush tuvo algunos efectos negativos en su nación. Y es que aunque el mandatario haya pretendido impulsar un proceso global de securitización de las relaciones internacionales, lo cierto es que el haber subordinado todo a la lógica de la seguridad nacional antiterrorista —ignorando cuestiones tan elementales como la estabilidad de los mercados o la promoción democrática institucional—, terminó afectando la estructura interna del país. Y no es para menos. En determinado momento, las alianzas estratégicas globales de la Casa Blanca ya no se medían en función de valores democráticos compartidos, sino bajo la dicotomía «de nuestro lado o del lado de los terroristas». Ese criterio tan radical llevo a EE.UU. a estrechar lazos, incluso, con regímenes autoritarios —de África, Asia y Medio Oriente— a cambio de cooperación en inteligencia y facilidades logísticas militares.
Asimismo, con el paso de los años, otra de las consecuencias que trajo el accionar estadounidense ha sido la del fenómeno conocido como «imperial overstretch» (sobreesfuerzo imperial). Dicho de otro modo, el desgaste económico, militar y social que se produjo tras haber destinado tantos recursos a guerras preventivas fue enorme. A eso hay que añadirle la paulatina pérdida de credibilidad internacional de Washington debido a su falta de compromiso ante los tratados internacionales y su salto a las normas multilaterales.
Impactos sistémicos
Luego del 11-S y en base a los cambios que dicho acontecimiento provocó en EE.UU. en materia de política exterior, el resto del planeta no tuvo más opción que adaptarse a esta nueva realidad. Hubo, en cambio, actores que supieron hacer un uso estratégico de esa crisis, siendo ese el caso de China y Rusia.
Mientras la potencia liderada por Bush concentraba sus esfuerzos y recursos operando en Medio Oriente, Moscú y Pekín operaban tácticamente. Ninguno de ellos se opuso a la nueva retórica de seguridad propuesta la Casa Blanca, sino que, por el contrario, la acogieron abiertamente. Y es que allí, ambos vieron una oportunidad única para legitimar sus propias agendas domésticas de control territorial y pacificación interna. Era la excusa ideal para neutralizar —al menos temporalmente— las recurrentes críticas que Occidente emitía contra ellas respecto a su manejo de los derechos humanos de sus respectivas poblaciones.
Como si lo anterior fuera poco, la obsesión que durante más de dos décadas EE.UU mantuvo con el terrorismo desvió, paradójicamente, su atención de los cambios estructurales que comenzaban a gestarse en la zona de Eurasia. Este grave descuido hizo que China pudiera consolidar —prácticamente sin dificultades—su espectacular ascenso económico y que, además, expandiera su influencia en el Sur Global —mediante iniciativas como la de la Franja y la de la Ruta—. , y modernizar sus fuerzas armadas. Cuando EE.UU. logró percatarse del nuevo escenario, ya era demasiado tarde. El mundo ya se había vuelto —irreversiblemente— multipolar.
Fenómeno de la posverdad
En la apartado «Punto de inflexión ante lo ya conocido» de este mismo artículo ya se hacía alusión a que lo ocurrido aquel martes 11 de septiembre inauguró una nueva era en la sociedad de la información, especialmente si se considera que a partir de ese momento:
● Nació el «Estado de vigilancia»: Ante la necesidad de anticipar amenazas terroristas, las leyes globales de privacidad fueron reconfiguradas. La interceptación masiva de comunicaciones, el análisis de metadatos y el almacenamiento de información de civiles se conviertieron, por tanto, en procesos absolutamente normalizados.
● La ciberseguridad y el resguardo de datos se volvieron imperativos: Los atentados evidenciaron que la destrucción física de sistemas informáticos podía paralizar la economía mundial, por eso, a partir de 2001, se comenzó a apostar por el uso de servidores redundantes y los métodos de encriptación se tornaron prácticamente obligatorios.
● Surgieron las primeras olas de desinformación masiva: La búsqueda de respuestas online y el vacío de datos durante las primeras horas del ataque fueron una de las principales causas del surgimiento de teorías conspirativas a escala global. El suceso demostró cuán grande es el poder de internet al momento de viralizar narrativas alternativas y/o extraoficiales. De algún modo, fue la antesala de la cultura de la conspiración que rige en el mundo actual.
Respecto al último punto mencionado, es preciso acotar que las teorías de confabulación referidas al 11-S son muchas —siendo, por ende, casi imposible enumerarlas a todas en este texto—. No obstante, estas pueden resumirse en dos grandes corrientes:
1) la hipótesis LIHOP —siglas en inglés que, traducidas al español significan «dejar que ocurra a propósito»—, que sostiene que el gobierno de EE. UU. estaba al tanto de que los ataques ocurrirían y optó por no actuar para así justificar guerras posteriores;
2) la hipótesis MIHOP —siglas en inglés que, traducidas al español significan «hacer que ocurra a propósito»—, que afirma que fueron las propias agencias gubernamentales las que planearon y ejecutaron los atentados, empleando misiles y no aviones para demoler las Torres Gemelas de forma controlada.
Sea como sea, desde una lectura estricamente política, ambas teorías tienen un significado mucho más profundo del que aparentan. Lejos de ser simples juicios de valor, representan un fuerte sentimiento de escepticismo ciudadano y, al mismo tiempo, reflejan un profundo —y acelerado— quiebre de confianza hacia el institucionalismo estatal, los servicios de inteligencia nacional y los medios de comunicación tradicionales. La opacidad de la administración Bush durante las investigaciones, la posterior falsificación de pruebas sobre las armas de destrucción masiva en Irak y los excesos documentados en prisiones como las de Guantánamo o Abu Ghraib son solo algunos de los elementos que contribuyeron a alimentar los recelos de la opinión pública. Estos, de alguna manera, demostraron que, en ocasiones, algunos gobiernos son capaces de engañar sistemática y masivamente a su población.
A pesar de lo anterior, para el academia, el debate sobre el origen del atentado o la revisión de las eventuales inconsistencias en la versión oficial pasan a un plano secundario frente a una realidad metodológica contundente como lo es la de la causalidad geopolítica. Esta es, ciertamente, independiente de cualquier corriente negacionista. Hayan sido quienes hayan sido los responsables del 11-S, los efectos sistémicos del evento son fácticos, medibles y, sobre todo, irreversibles. En septiembre de 2001 el mundo no cambió por la naturaleza intrínseca del ataque, sino por la respuesta institucional, legislativa y militar que los Estados soberanos comenzaron a desplegar a raíz de él.
Consideraciones
A 25 años de distancia y desde la óptica de las relaciones internacionales, la significación histórica del 11-S trasciende la escala de la tragedia humanitaria y el trauma social. Es claro que el hito no creó el —fragmentado y vigilado— orden global actual, pero sí que destruyó las reglas del juego de finales del siglo XX, cuando se apostaba a construir un mundo interconectado bajo la lógica de la cooperación multilateral y el respeto irrestricto a los derechos humanos.
Desde aquel momento, la tecnología, la privacidad y la vida cotidiana de todos los ciudadanos del mundo cambiaron para siempre. También lo hizo la geopolítica, puesto que los Estados asimilaron una lógica de la excepción permanente en materia de seguridad. De hecho, la fijación antiterrorista de EE.UU. —y Occidente todo— generó un vacío estratégico que supo ser bien aprovechado por «enemigos» como China y Rusia, quienes pudieron consolidar su ascenso al poder global. Los errores tácticos de la potencia norteamericana dieron paso a un orden multipolar que se mantiene vigente hasta el día de hoy. El mapa político contemporáneo es, por tanto, el resultado directo de las decisiones que, a principio de siglo, fueron tomadas bajo el influjo del miedo y la urgencia «estratégica».
En tal sentido, la efeméride de este cuarto de siglo debería ser una invitación a reflexionar sobre las dinámicas del poder contemporáneo:
-¿Hasta qué punto las democracias liberales pueden seguir sacrificando las esferas de privacidad y libertades de sus ciudadanos en nombre de una seguridad nacional abstracta?
-Ante un tablero global irreversiblemente multipolar y competitivo, ¿es posible reconstruir canales de gobernanza multilateral eficaces, o no existe otra alternativa que no sea la de un sistema internacional regido exclusivamente por la fuerza y el pragmatismo transaccional?
-En plena era de la desinformación masiva —cuyos cimientos se moldearon tras el 11-S—, ¿cómo pueden las sociedades civiles recuperar la confianza en los hechos compartidos para evitar que la polarización paralice el debate democrático?
*Foto de portada: Las torres gemelas ardiendo tras el Empire State Building de Nueva York. | Créditos: Ph. Marty Lederhandler/AP – Vía National Geographic.

