Moda & Poder: Catalina de Gales (Kate Middleton)

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Orden, disciplina, estabilidad, austeridad, cercanía estratégica: Las claves políticas del guardarropas de la princesa británica.



Nacida en 1982 y proveniente de una familia de clase media-alta británica, Catherine Elizabeth Middleton —más popularmente conocida como Kate— representa, al día de hoy, un perfecto ejemplo de movilidad social y adaptación institucional.

Hija de un matrimonio vinculado al sector aeronáutico y primogénita de tres hermanos, transcurrió algunos de su infancia en Jordania. Ya durante su juventud, participó en un programa de voluntariado en Chile y, posteriormente, se trasladó hacia Escocia para cursar estudios universitarios dentro de la rama artística. Fue justamente en su alma mater, la Universidad de Saint Andrews, donde Kate conoció a William Arthur Philip Louis —hijo de Carlos III del Reino Unido, quien en aquel entonces se desempeñaba como príncipe, y de Diana de Gales, la carismática princesa fallecida en 1997—.

Aunque con pequeñas crisis y rupturas intermitentes, Catherine y William (Catalina y Guillermo) mantuvieron un noviazgo desde 2005 a 2010, año en el que anunciaron públicamente su compromiso de boda. Contrajeron matrimonio el 29 de abril de 2011 y, a partir de entonces, Kate recibió el título de «Su Alteza Real, la duquesa de Cambridge». Sin embargo, tras el fallecimiento de la Reina Isabel II el 8 de septiembre de 2022, pasó a convertirse en «Su Alteza Real, la princesa de Gales», nombramiento que actualmente mantiene.

Su unión matrimonial con William no solo representó una ruptura histórica con el patrón de la endogamia aristocrática que siempre había caracterizado a la Casa de Windsor, sino que su ingreso formal a esta última también marcó el inicio de una transformación calculada en la comunicación política de la Corona. Y es que, curiosamente, su figura emergió en el preciso momento en el que la monarquía británica necesitaba justificar su existencia, especialmente considerando que esta ha estado plagada de crisis dinásticas, rupturas mediáticas y un escrutinio público implacable.

A continuación, en esta nueva entrega de la sección especial «Moda & Poder» de ESCANEO POLÍTICO, una análisis profundo acerca de la imagen pública de Catalina de Gales, explorando los potentes efectos que su estética visual tiene a nivel interno —como instrumento de legitimación institucional frente a las crisis monárquicas— y externo —como un canal de diplomacia y poder blando en la arena global—.

Radiografía de estilo

Es imposible negar que, en la actualidad, la mayor parte de las monarquías parlamentarias del mundo han ido perdiendo poder duro o coercitivo. Lo que sucede es que las sociedades del siglo XXI están exigiendo cada vez más transparencia a la clase política y, en paralelo, muestran crecientes niveles de escepticismo democrático. Por tales razones, las familias reales ya no pueden seguir sosteniendo su reconocimiento público basándose únicamente en el «derecho divino» o en el misticismo del linaje ancestral.

El único modo que las instituciones tradicionales tienen para sobrevivir al mundo de hoy es, en definitiva, trabajar sobre su capacidad de atracción cultural y su legitimidad percibida. A raíz de ello, se ven obligadas a mutar hacia lo que algunos cientistas sociales denominan «monarquía de rendimiento» —un modelo donde cada miembro de la corona debe justificar activamente sus privilegios ante la ciudadanía, demostrando utilidad, profesionalismo y, sobre todo, representatividad social—.

La familia real británica —con sus múltiples turbulencias institucionales añejas y recientes—, ciertamente, tampoco escapa a esta realidad. No obstante, cuenta con una gran ventaja comparativa: la presencia de la princesa Kate entre sus filas, quien ha sido capaz de lograr el perfecto equilibrio entre carisma y autoridad. Y es que mientras su origen civil permite que por primera vez en siglos la ciudadanía puede verse reflejada en la cúspide del orden jerárquico del Estado, su constancia y su disciplina para integrarse a la familia real y adaptarse a las normas protocolares fundamentan su rol público.

Por otra parte, la royal también destaca por sus esfuerzos de profesionalización contínua y, en este reto, su imagen estética ocupa un rol fundamental. Tiene sentido. Para el análisis político, la vestimenta de los líderes globales casi nunca se limita a ser una decisión puramente estética, sino que funciona como un sofisticado sistema de signos. Tal como aseveraba el semiólogo francés Roland Barthes en su obra «El sistema de la moda», la ropa no solo cubre el cuerpo sino que funciona como un lenguaje estructurado, siendo portadora de significados codificados que luego las sociedades descifran e internalizan de manera automática.

Lo anterior cobra especial relevancia en el caso de las monarquías constitucionales modernas, en las que sus integrantes tienen estrictamente prohibido emitir opiniones políticas y en las que el silencio verbal es sustituido por la elocuencia visual. De este modo, el vestuario se convierte en un instrumento de Estado. Middleton es plenamente consciente de ello y lo demuestra en cada una de sus apariciones públicas.

Dado que ella no opera como un elemento ornamental de la corte, sino como una funcionaria estatal de alto nivel fuertemente enfocada en patronazgos y una cargada agenda social, sus outfits deben mantener coherencia y ser una herramienta de comunicación no verbal. Su estilo, entonces, no es un accesorio superficial. Es un una modalidad de soft power diseñada tácticamente con el objetivo de reparar posibles daños y errores en política doméstica, pero, al mismo tiempo, proyectar estabilidad y ganar credibilidad en el exterior.

Predictibilidad

Tal como se afirmaba en el apartado anterior, la imagen de la princesa de Gales está estrechamente vinculada a los objetivos de comunicación de la Corona.

Sus elecciones estilísticas más habituales suelen giran en torno a los vestidos-abrigo estructurados —generalmente confeccionados por firmas británicas como Alexander McQueen o Catherine Walker— y los trajes tipo sastre monocromáticos. Con este tipo de prendas, Kate consigue proyectar líneas limpias, simétricas y, sobre todo, predecibles. Esa predictibilidad visual, en psicología política, se traduce en permanencia y solidez institucional —siendo este último un elemento crucial en momentos de incertidumbre gubernamental o económica como los que hoy padece Reino Unido—. Su estructura textil está diseñada, básicamente, para comunicar inmutabilidad, control y rigor.

«Proximidad distante»

Para mitigar el eventual resentimiento social que los privilegios de la realeza podrían despertar en épocas de recesión, Kate ejecuta con suma maestría el arte de mezclar elementos high-low en sus atuendos. ¿Cómo lo hace? Alternando la alta costura con prendas accesibles y de consumo masivo —tales como LK Bennett, Mango o Zara—.

Otro de sus aciertos estratégicos es el de recurrir al reciclaje de moda. Es frecuente verla repitiendo trajes con años de diferencia y, con esta acción, la princesa consigue proyectar una imagen de empatía y austeridad, democratizando la Corona sin restarle solemnidad.

Por último —y como ya se afirmaba algunos párrafos más arriba—, es preciso recalcar sus alianzas con firmas de moda nacionales en pro de fomentar el consumo doméstico y reconocer el talento local. Mención aparte merece el fenómeno conocido como «efecto Kate», es decir, la capacidad de agotar en minutos el stock de cualquier prenda que use. Y es que, desde su llegada a la familia real, su armario se ha posicionado como una suerte de «vitrina comercial» que genera rendimientos tangibles en el PIB del país. Claro que este fenómeno también debería ser entendido más allá de las dinámicas de la economía y el consumo masivo, debido a que es la manifestación de cómo una monarquía parlamentaria —acorralada por la modernidad y sus propias crisis—, ha encontrado en la disciplina visual de una mujer su escudo más implacable y, cómo no, su pasaporte hacia el futuro y la continuidad.

Psicología del color

La paleta cromática de Midletton está dominada por los azules cobalto y marino —colores que históricamente han estado asociados a la realeza, aunque también hay quienes los relacionan con la autoridad y la calma— y los verdes bosque y esmeralda —frecuentemente vinculados a la naturaleza, el crecimiento y la renovación—. En perfecta armonía con su colorimetría personal y para eventos comunitarios o de beneficencia, la princesa británica suele valerse, además, de prendas en tonos rosas empolvados o celestes pasteles, sin dejar de lado los blancos y arenas —ideales para reducir las distancias jerárquicas y transmitir paz—.

Por otra parte, suele evitar las estridencias visuales y, por ende, es bastante cautelosa al momento de emplear estampados y cortes demasiado vanguardistas y transgresores. Tiende a apostar al tradicionalismo del tartán y el pied de poule (pata de gallo) durante los climas fríos, mientras que en épocas estivales se decanta por lunares, rayas marineras y cuadros vichy. Con estas elecciones, se transforma en un bálsamo de normalidad frente al ya característico sensacionalismo de la prensa tabloide británica.

Heráldica en accesorios y complementos

Los detalles que complementan el vestuario de Kate son, a menudo, auténticos depósitos de memoria histórica. Ejemplos de esto son el anillo con piedra de zafiro que perteneció a Diana de Gales o los broches heredados de la reina Isabel II que, lejos de ser simples decisiones nostálgicas, son transferencias de capital político. La incorporación de estos dos elementos —que causalmente fueron propiedad de dos de las figuras más queridas de la dinastía— resulta una estrategia brillante, ya que con ella Kate «absorbe» la legitimidad de ambas mujeres y, a su vez, neutraliza de forma activa el impacto negativo que han tenido —y tienen— los escándalos de otros miembros del clan.

Frente interno y externo

El despliegue de la imagen pública de Catalina de Gales se bifurca en dos estrategias de política de Estado y relaciones internacionales claramente diferenciadas:

A nivel interno busca obtener legitimidad institucional frente a crisis dinásticas. A través del uso de fórmulas high-low, el reciclaje sistemático de prendas y las alianzas con la industria textil nacional, la royal logra mitigar del debate sobre el gasto de la Corona a la par que defiende el nacionalismo económico —algo a lo que se hacía previa referencia en el apartado «Proximidad distante»—.

A nivel externo, en tanto, Kate aspira a proyectar poder blando a través de sus estilismos. Alcanza su objetivo apostando a la deferencia y el respeto cultural —poniendo especial cuidado en la contención de tensiones y reclamos postcoloniales— pero también representando la dignidad de su Estado. Por eso, cuando actúa como anfitriona en recepciones de Estado en el Buckingham Palace, recurre a la alta gala tradicional luciendo tiaras y vestidos de noche de gran envergadura. Con sus looks, envía un mensaje inequívoco a las delegaciones extranjeras, demostrando que los gobiernos cambian y las crisis pasan, pero que la dignidad y el orden del Estado británico permanecen intactos.

Si, por el contrario, debe efectuar viajes a terceros países, su estrategia muta hacia la estética de la deferencia y el respeto mutuo. En lugar de imponer la estética eurocéntrica, Kate tiende a rendir homenajes sutiles a la soberanía del país anfitrión, ya sea sumando los colores de las banderas nacionales en sus trajes y complementos o efectuando guiños diseñadores nativos de la región visitada. Esta estrategia busca suavizar las fricciones históricas, presentándose no como una figura de dominación —considerando el pasado imperial de Reino Unido en la Commonwealth—, sino como una aliada internacional que escucha, respeta y valida la identidad cultural de otros.

Dialéctica Diana-Kate como espectro ineludible

Es casi imposible analizar la llegada de Kate a la primera línea del poder sin abordar la sombra de su fallecida suegra, Diana Frances Spencer —cariñosamente apodada Lady Di—, especialmente considerando el uso estratégico de la memoria histórica como herramienta de legitimación institucional que la Casa de Windsor viene haciendo desde hace más de una década.

Al recibir el mismo anillo de compromiso de boda y, posteriormente, el propio título de Princesa de Gales, Kate aceptó implícitamente convertirse en el «depósito visual» de las expectativas de la era post-Diana. Además, debido a los numerosos guiños estilísticos que Midletton suele efectuarle —siendo el vestido azul con lunares blancos que decidió ponerse al presentar a su primer hijo uno de los más comentados—, no son pocos los medios de comunicación que se hicieron —y se hacen— eco de la existencia de ciertas similitudes entre ambas.

No obstante, aunque las dos mujeres comparten símbolos, sus funciones políticas representan dos modelos diametralmente opuestos de relación con el Estado. Mientras que Diana basó su legitimidad en el carisma emocional y la rebelión, Kate lo hace en la racionalidad y la continuidad formal. Además, Diana desafiaba constante y abiertamente a las estructuras y burocracias de la Corona. Kate, en cambio, trabaja por fortalecer y blindar las bases de dicha institución desde dentro. Es claro que la madre de Guillermo le ha transferido capital político a Catalina, pero sus modalidades al momento de ejercer el poder son distintas. La primera fue disrupción, la segunda es protocolo.

En tal sentido, los «homenajes» estéticos de Kate a Diana deberían, quizás, ser entendidos como un mensaje subliminal de tranquilidad al inconsciente colectivo británico. El legado de Lady Di —incluyendo su cercanía y sencillez—está a salvo, solo que esta vez no apunta a destruir a la institución monárquica sino a serle leal y a actuar de acuerdo al deber —reglas que la reina Isabel II supo seguir estrictamente—.

📷 | Galería de imágenes

Imagen 1: Al momento de casarse con William, Kate llevó un impactante vestido de Alexander McQueen —diseñado especialmente para la ocasión por Sarah Burton— con detalles de encaje y una cola de casi tres metros de largo, que tuvo un costo estimado de 250.000 libras esterlinas. Imagen | Créditos: Getty Images vía Vogue Spain.

Imagen 2: Para la boda de sus amigos William van Cutsem y Rosie Ruck Keene en mayo de 2013 —a la que asistió sola ya que su esposo, William, hizo de ujier para el novio—, como estaba embarazada de su primer hijo, escogió reutilizar un vestido premamá con estampado de lunares —que había llevado el mes anterior durante una visita a Warner Bros— de la low cost Topshop. Sumó un blazer negro de Ralph Lauren, zapatos de tacón de Episode (no visibles en la fotografía) y un pequeño bolso de mano. Imagen | Créditos: Max Mumby/Índigo vía British Vogue.

Imagen 3: Cuando presentó a su primer hijo George (Jorge) el 23 de julio de 2013, Kate posó ante los medios de prensa portando un vestido de la diseñadora británica Jenny Peckham. El color y el estampado fueron interpretados por muchos como un guiño a su fallecida suegra, Lady Di. Imagen | Créditos: Pensilvania vía British Vogue.

Imagen 4: El 2 de mayo de 2015 Catalina y Guillermo hacían su primera aparición pública tras el nacimiento de su hija Charlotte (Carlota). La flamante mamá volvió a elegir a Jenny Packham, luciendo un original vestido con estampado de limones. Imagen | Créditos: British Vogue.

Imagen 5: Durante un viaje a Canadá en septiembre de 2016, Kate lució un abrigo doble botonadura rojo de la diseñadora venezolana Carolina Herrera. Todo un guiño hacia uno de los colores que, junto al blanco, forman parte de la bandera nacional del país anfitrión.

Imagen | Créditos: Sami Hussein/WireImage vía WWD.

Imagen 6: El 23 de abril de 2018 los príncipes —en aquel momento duques— daban la bievenida a su tercer hijo, Louis (Luis). Catalina llevaba un vestido color rojo firmado por Jenny Packham, al igual que cuando presentó públicamente a su hijos Jorge y Carlota. Imagen | Créditos: Getty Images vía British Vogue.

Imagen 7: Durante la boda de su hermana, Pippa Middleton, en mayo de 2019, Kate eligió un vestido rosa palo hecho a medida por la Sarah Burton, al que complementó con un sombrero de Jane Taylor con una rosa en el centro y unos pendientes de Kiki McDonough. En esa oportunidad, los zapatos de tacón del italiano Gianvito Rossi fueron los únicos elementos de su atuendo que no eran creaciones británicas. Imagen | Créditos: Grupo de prensa del Reino Unido vía British Vogue.

Imagen 8: En mayo de 2019 la actual princesa —en aquel entonces duquesa— visitaba una exposición floral en Chelsea junto a su esposo William y la reina Isabel II. Para dicho evento diurno se decantó por un vestido estampado de Erdem y cuñas en tonos beige, mostrando su capacidad de adaptación total a los contextos. Imagen | Créditos: Grupo WPA vía British Vogue.

Imagen 9: En los premios BAFTA celebrados en feberero de 2023 a los que acudió con su esposo, William, optó por reutilizar un vestido de escote asimétrico de Alexander McQueen que ya había llevado a ese mismo evento en 2019. La royal solo le añadió guantes negros y pendientes statement de la low cost española Zara al conjunto. Imagen | Créditos: Chris Jackson/Getty Images vía British Vogue.

Consideraciones finales

Catalina de Gales es un bálsamo de normalidad y seriedad para la Casa de Windsoor. Tras su llegada oficial a la familia real británica en 2010-2011, se dejó de perpetuar el viejo estándar de la opulencia inalcanzable, la frialdad, el elitismo y se dio comienzo a una nueva era en dicha dinastía.

Profesional de la representación pública y comprometida con el protocolo, ella no desafía a la maquinaria burocrática de la Corona, sino que se mimetiza con ella. Su poder radica en ser el engranaje perfecto entre disciplina ante el escrutinio público y salvaguardo de los protocolos institucionales y, en la búsqueda de ese equilibrio, su imagen pública ha desempeñado —y desempeña— un rol fundamental.

La estética de Kate es, sin lugar a dudas, uno de los escudos más efectivos con los que cuenta la familia real. Y es que, en un mundo tan hiperconectado y propenso al cuestionamiento de las instituciones tradicionales como el de hoy, ella busca que los outfits proyecten la idea de que la seriedad no necesariamente debe competir con la cercanía, y que el respeto al protocolo y las tradiciones pueden también ser un acto de diplomacia moderna. Su armario no es un reflejo de vanidad: es una sutil, pero también implacable, declaración de política de Estado.

Prueba de ello es que la respuesta de Kate ante los cuestionamientos tras la muerte de la Princesa Diana, las revelaciones autobiográficas del príncipe Harry, las polémicas judiciales del príncipe Andrés, los debates sobre el costo de la familia real en un Reino Unido que impone a sus ciudadanos severas políticas de austeridad fiscal tras la crisis financiera de 2008, la redefinición de la influencia global del país tras el Brexit o el incipiente avance de los movimientos republicanos en la Commonwealth nunca fueron un comunicado de prensa, sino apariciones públicas vistiendo impecables trajes de corte militar o colores de alta sobriedad. El mensaje codificado es directo: el Estado permanece intacto independientemente de todo.

*Foto de portada: Texto.

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Análisis Internacional - Por J. Rodríguez Frola


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