Soberanía vs. Seguridad: La encrucijada de Islandia ante un tablero global complejo e incierto

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🇮🇸 | ¿Retomar o no las negociaciones de adhesión a la Unión Europea?: Todo lo que hay que saber sobre el (pre)referéndum que divide a la opinión pública islandesa.



El próximo 29 de agosto los islandeses serán llamados a las urnas para decidir si apoyan o rechazan la idea de que su país reabra negociaciones para convertirse en miembro de la Unión Europea (UE). A este respecto, es pertinente aclarar que tal instancia de votación no implica la entrada directa al Grupo de los 27, sino que se trata de un «prereferéndum» con el objetivo de definir si se reactiva o no el diálogo diplomático que, dicho sea de paso, ambas partes mantienen congelado desde hace más de una década.

En caso de que ganara el «» , se iniciarían (años) de conversaciones que culminarían en un segundo referéndum definitivo —proyectado para 2028— y, si, por el contrario, se impusiera el «No» , todo permanecería como hasta ahora, puesto que el gobierno liderado por la socialdemócrata Kristrún Frostadóttir ya ha declarado que respetará la voluntad popular y no insistiría en el asunto.

No obstante lo anterior e independientemente de los resultados que puedan surgir a partir de este plebiscito, lo cierto es que dicho evento político reviste un carácter crucial tanto a nivel local como regional. No solo entrelaza debates históricos de soberanía y economía en el país, sino que también podría llegar a representar un punto de inflexión para la zona del Ártico —un punto geográfico que, dada su ubicación estratégica y su disponibilidad de recursos naturales, desde el siglo XX despierta marcado interés en las principales potencias globales—. Por eso, a continuación, en este artículo de ESCANEO POLÍTICO, se presenta un informe que contempla todas las claves de este hito.

Contexto histórico reciente

Avances y retrocesos en negociaciones de adhesión

En 2009, Islandia sufrió un devastador colapso financiero que hizo que esta comenzara a sentirse atraída por la estabilidad de la moneda oficial de la UE, es decir, el euro (€), y que, en consecuencia, solicitara su ingreso formal al bloque. No obstante, en 2013 y tras la llegada al poder de un gobierno euroescéptico como lo fue el de la coalición de centroderecha liderada por el primer ministro Sigmundur Davíð Gunnlaugsson, las conversaciones fueron suspendidas. Los motivos que llevaron a esa administración a modificar su postura fueron, por un lado, la relativa recuperación económica del país y, por otro, el fuerte rechazo que le generaba la idea de tener que someter la gestión de sus recursos pesqueros a las cuotas y a las regulaciones provenientes de Bruselas.

Dos años después, en 2015, el ejecutivo islandés intentó que tanto la decisión de congelar las mesas de diálogo como las de disolver el equipo oficial que hasta aquel momento había estado encargado de las negociaciones de adhesión quedaran ratificadas por escrito. Empero, lo que en realidad ocurrió es que solo envió una carta a la Comisión Europea —en la que le pedía que Islandia dejara de ser considerada un país candidato a ingresar a la UE—. Como es de suponer, la misiva nunca tuvo una validez 100% legal y, en cualquier caso, lo único el organismo regional hizo al recibirla fue «tomar nota» acerca de las intenciones de retiro del aspirante.

Escenario actual

Cambio de signo político

Las elecciones parlamentarias que tuvieron lugar en Islandia en 2024 derivaron en la conformación de un nuevo gobierno de coalición —esta vez de centroizquierda— que está siendo encabezado por la primera ministra Frostadóttir. Tras su arribo, se reanudó el debate «UE sí» vs. «UE no» , pero, como la alianza gobernante no ha conseguido unificar sus posturas internas al respecto, el Parlamento aprobó la convocatoria de un plebiscito (o dos, en caso de que en el primero sea el «» la opción vencedora) para que sea el pueblo quien defina cómo proceder con la causa.

Incertidumbre global

Respecto a lo anterior, es natural que el lector se pregunte por qué el gobierno de Islandia pretende retomar las conversaciones con el Grupo de los 27 justo ahora, siendo que ya han pasado más de diez años desde su «alejamiento» . La respuesta es simple: el escenario político y social ha cambiado drásticamente desde entonces.

Eventos como la invasión rusa de Ucrania han hecho que se vuelva a poner el foco en el estrecho de GIUK (que se extiende entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido) y que la zona recupere la relevancia estratégica naval que supo tener durante las dos guerras mundiales y la Guerra Fría. Por ende, es lógico que Reikiavik haya despertado su deseo de mayor protección institucional dentro de bloques occidentales fuertes.

Otras tensiones que en los últimos tiempos se han estado gestando en la propia región del Ártico también le han dado a Islandia razones de sobra para querer fortalecerse. En este sentido, resulta imposible no hacer referencia a las acciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha generado preocupación con sus polémicas declaraciones acerca de Groenlandia, manifestando abiertamente su deseo de «comprarla» con el fin de anexarla a territorio estadounidense.

Es claro que las razones que han llevado al líder norteamericano a realizar dicho planteo están vinculadas, principalmente, a cuestiones de seguridad nacional (apuntando al control de barcos y submarinos en la zona ártica), posicionamiento geopolítico (buscando reducir la influencia de potencias rivales como China y Rusia en el área) y acceso a recursos naturales (entre los que destacan las tierras raras, que resultan esenciales para la fabricación de tecnología militar, baterías y automóviles eléctricos). No obstante, para gran parte de la comunidad internacional —incluida la UE— esto es, sencillamente, un ataque a la soberanía de una nación independiente como lo es Groenlandia. Islandia, en tanto, observa la situación con congoja, y teme que en el corto/mediano plazo pueda llegar a verse envuelta en una situación similar a la de su vecina, lo que explica su urgencia por resguardarse. Eso considerando que, además, la «tierra del fuego y hielo» no cuenta con un ejército propio, algo que la deja sumamente expuesta ante los peligros del escenario global actual.

Resguardo económico e intereses comerciales

Más allá de la seguridad, el factor económico también juega un rol importante en la decisión de volver a poner sobre la mesa la posibilidad de formar parte de la UE. Para algunos, la adopción del euro ayudaría a contrarrestar la inestabilidad de la moneda local —es decir, la corona islandesa— y, al mismo tiempo, permitiría combatir el elevado coste de vida que tiene el país, blindándolo ante eventuales crisis inflacionarias.

Indudablemente, el «factor Trump» vuelve a cobrar relevancia en este punto, debido a que Islandia también ha sido víctima de las (recordadas) amenazas arancelarias que el líder norteamericano efectuó a prácticamente todo el planeta druante 2025. Así las cosas, poder formar parte del Grupo de los 27 significaría mucho en materia comercial, ya que los nuevos acuerdos que pudieran derivarse de esta asociación le asegurarían un acceso sin barreras técnicas ni arancelarias al (enorme) mercado alimentario europeo.

Perspectiva de la UE

Vista desde la óptica de Bruselas, la incorporación de Islandia a sus filas representaría un enorme impulso de imagen para la política de ampliación que el bloque persigue. ¿Por qué? Porque se trata de una economía rica que, a postre, también se caracteriza por ser democrática y moderna, siendo un combo ideal para equilibrar el recelo que algunos países candidatos a la adhesión (como Moldavia o Ucrania) vienen generando en ciertos votantes europeos.

Asimismo, cabe destacar que Islandia no es una absoluta desconocida para el UE, sino más bien todo lo contrario. El país nórdico ha sido socio fundador de la OTAN, pero, además, integra el Espacio Económico Europeo (EEE) desde 1994 y el espacio Schengen desde 2001. Esto evidencia que, a pesar de no tener (aún) voz ni voto en el bloque, sí que viene aplicando gran parte de las normativas que este dictamina. Convertirse en miembro pleno le permitiría, por tanto, ganar mayor poder de decisión sobre cuestiones que le incumben y afectan. Pudiendo obtener la representación política que hasta el momento no tiene en el Parlamento, el Consejo y la Comisión, pasaría de ser un «rule taker» (adoptador de normas) a un «rule taker» (creador de normas) de pura cepa.

Jornada decisiva

Opinión pública fragmentada

La cita electoral por la que Islandia aguarda con ansias está fijada para el 29 de agosto. Hay alrededor de 270.000 ciudadanos habilitados para concurrir a emitir su voto.

En lo que respecta al clima político a pie de calle, las encuestas demoscópicas de consultoras especializadas como Gallup muestran un escenario de empate técnico absoluto en el coloquialmente denominado «plebiscito UE« . Aunque esto lógicamente dificulta la previsión de resultados, permite confirmar la existencia de una enorme paradoja en Islandia: sus ciudadanos anhelan refugio geopolítico ante los peligros que rodean a su país, pero temen perder el control del mar y su independencia decisional. Dicho de otro modo, la inestabilidad en el Ártico los empuja a mirar hacia el continente europeo, pero el recuerdo de su histórica soberanía pesquera tira en sentido contrario.

Costos y beneficios de una eventual integración europea

Quienes defienden el «» plebiscitario, argumentan que, debido a su participación en el EEE y el espacio Schengen, Islandia conoce, cumple y adopta ya la enorme mayoría de las leyes de la UE, esgrimiendo que eso simplificaría su proceso de integración dentro del ente. Adicionalmente, consideran que una membresía plena le aseguraría nuevos canales de participación a su país, en los que este podría pronunciarse sobre asuntos que le incumben y proponer soluciones a problemas que le afectan.

La diversificación económica es, evidentemente, otro de los elementos que los votantes del «» ponen en la balanza. Desde su perspectiva, el pasar a formar parte de la UE promovería la atracción de inversión extranjera directa en sectores como el tecnológico, el científico o el de las energías renovables, algo que se traduciría en la reducción de la (prácticamente crónica) dependencia que la isla siempre ha tenido del turismo y los recursos naturales. La incorporación del país al organismo regional traería, además, nuevos acuerdos comerciales que lo beneficiarían enormemente (tal cual se explicaba algunos párrafos más arriba en este mismo artículo).

En sentido contrario, los individuos y las asociaciones —generalmente provenientes de sectores de la agricultura y la pesca— que defienden la campaña del «No» plebiscitario temen perder soberanía sobre las aguas territoriales y los recursos naturales del país. Para ellos, la Política Pesquera Común (PPC) que actualmente aplica el Grupo de los 27 sería, sencillamente, un obstáculo para su correcto desempeño, puesto que este impondría normativas estandarizadas y muy poco adaptadas a las particularidades geográficas, climáticas y demográficas de la isla.

En términos financieros, algunos sectores conservadores islandeses sospechan que, al ser el suyo un país de renta alta, este se convertiría en un contribuyente neto al presupuesto de la UE. Por tales razones, se indignan ante la posibilidad de terminar aportando más fondos de los que recibirían a través de subsidios provenientes de un ente que, para colmo, les exigirá ceder competencias legislativas a sus tribunales y a su burocracia. Según este punto de vista, la estabilización macroeconómica y la bonificación de aranceles que supondría el ingreso al organismo no compensarían la pérdida de libertades a la que Islandia debería enfrentarse.

Como puede constatarse, la discusión ciudadana no se limita a un mero choque ideológico. También confronta modelos de desarrollo contrapuestos para el pequeño Estado insular.

Consideraciones de cierre

Desde la perspectiva de la teoría de los pequeños Estados, Islandia encarna la clásica encrucijada entre autonomía y vulnerabilidad. Otrora, la isla supo llevar adelante una exitosa gestión de sus recursos pesqueros, y eso permitió que el nacionalismo económico se haya arraigado fuertemente en su población, consiguiendo que muchos de sus ciudadanos prioricen preservar esa independencia territorial por encima de todo.

No obstante, en los últimos tiempos, ese modelo parece estar ahora chocando de lleno con una nueva realidad geopolítica, en la que se conjugan la creciente militarización del Ártico, la inestabilidad del estrecho de GIUK y, cómo no, la imprevisibilidad de determinados actores tradicionales del Atlántico Norte (entiéndase, Donald Trump). Como si todo eso fuera poco, en esta ecuación también deben sumarse la volatilidad económica y el encarecimiento del costo de vida en la nación nórdica.

Lo anterior la obliga a replantearse tanto su arquitectura de seguridad como la de sus finanzas y, en consecuencia, la empuja a buscar el anclaje institucional, el peso diplomático y la resiliencia regulatoria que solo un bloque supranacional como la UE tiene la capacidad de proveerle. Para esta última, en tanto, la eventual incorporación de Islandia a su sistema sería trascendental para proyectar poder blando al mundo y, al mismo tiempo, le contribuiría a consolidar su presencia institucional en el flanco norte, acaparando una zona tan estratégica como la del Ártico.

Así las cosas, el venidero referéndum es, en última instancia, un auténtico examen sobre la identidad internacional de Islandia. El país se enfrenta a la ya clásica tensión entre el pragmatismo institucional que rige el (climática y militarmente incierto) siglo XXI y el nacionalismo económico que, en cierta manera, le había permitido prosperar de forma independiente durante el siglo XX.

En cualquier caso, el resultado del plebiscito determinará si la isla prefiere seguir siendo un actor periférico soberano o si, por el contrario, quiere convertirse en la frontera norte del proyecto de integración europea. Los islandeses deberán optar entre buscar refugio en estructuras multilaterales como la que representa la UE, o defender irrenunciablemente su soberanía nacional en pro de salvaguardar su identidad insular y mantener el control de sus recursos estratégicos.

*Foto de portada: Bandera de Islandia y bandera de la Unión Europea | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).


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Análisis Internacional - Por J. Rodríguez Frola


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