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🌐 | Apostillas sobre uno de los acuerdos comerciales más importantes (y debatidos) de las últimas décadas.
Exordio
El debilitamiento del eje transatlántico ya no es una novedad para nadie. De hecho, en ESCANEO POLÍTICO ya se hacía referencia a dicho fenómeno en artículos como «Anuncios de retiro de la OMS: ¿Multilateralismo debilitado?» o «¿Es el fin del atlantismo?» Asimismo, en «Europa en reconfiguración geopolítica» se analizaba de qué forma ciertos eventos actuales —como la Guerra entre Rusia-Ucrania, el Brexit y, cómo no, la crisis en la OTAN— están impactando negativamente en el Viejo Continente, obligándolo a tomar decisiones drásticas. Una de esas medidas desesperadas son los esfuerzos por cerrar —cuanto antes sea posible— el tan esperado acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur.
Sucede que ambos bloques de integración intentan conformar una alianza desde el año 1999, pero —por diversas razones— aún no han logrado cumplir con dicho objetivo. Sin embargo, todo aparenta ser diferente ahora: Después de 25 años repletos de avances y retrocesos en materia de negociaciones, el convenio parece estar vecino a cerrarse. ¿Qué ha cambiado desde entonces? Para el Mercosur, casi nada. Para la Unión Europea, casi todo.
A continuación, se propone un análisis acerca del complejo vínculo entre ambos organismos, contemplando su pasado, su presente… y su futuro.
Los bloques en detalle
Unión Europea
La Unión Europea, normalmente abreviada UE, fue fundada en 1951 tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una asociación política y económica compuesta por un total de 27 países, a saber: Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Chipre, Croacia, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos, Polonia, Portugal, República Checa, Rumanía y Suecia.
El organigrama del ente es altamente complejo y las instituciones, órganos y agencias que lo componen son muy numerosos, aunque pueden mencionarse como más importantes: 1) el Parlamento Europeo; 2) el Consejo Europeo; 3) el Consejo de la Unión Europea; y 4) la Comisión Europea. Otras instituciones relevantes son el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Banco Central Europeo, el Servicio Europeo de Acción Exterior, la Europol, y el Defensor del Pueblo Europeo, entre muchos otras. Tiene 24 lenguas oficiales y las sedes de sus principales divisiones se ubican en Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo.
A partir del trabajo conjunto, apunta al logro del bienestar común de sus ciudadanos. Se cimienta sobre valores como dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho, y derechos humanos.
Uno de sus principales logros ha sido la creación del espacio Schengen, una zona de libre circulación que tuvo sus inicios en 1985 y que, al día de hoy, es la más grande del mundo. La medida consiste en la eliminación de los controles fronterizos internos dentro de sus 29 países miembros, beneficiando, así, a más 450 millones de ciudadanos al permitirles trabajar, estudiar, o simplemente pasear libremente. Salvo Chipre e Irlanda, todos los integrantes de la UE se han adherido a este sistema. Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza —pertenecientes a la Asociación Europea de Libre Comercio— también se han incorporado.
El segundo logro destacado de la UE ha sido el establecimiento de una moneda común: la máxima aspiración de cualquier bloque de integración. Se trata del Euro (€), adoptado por 20 de sus 27 miembros. Micro-Estados como Andorra, Ciudad del Vaticano, Mónaco y San Marino también lo emplean gracias a un acuerdo especial con el bloque, mientras que Kosovo y Montenegro son dos países que lo implementan de forma unilateral.
Mercosur
El Mercado Común del Sur, más conocido como Mercosur, es, al igual que la Unión Europea, un proceso de integración regional. Surgió hace 34 años a partir del Tratado de Asunción (celebrado en marzo de 1991 en Paraguay), y se complementó con el Protocolo de Ouro Preto (llevado a cabo en Brasil en diciembre de 1994).
Está compuesto por sus cuatro miembros fundadores, es decir, por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. A ellos se le suma Bolivia (quien actualmente se encuentra tramitando su proceso de adhesión). Países como Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Panamá, Perú y Surinam mantienen carácter de asociados. Venezuela, en tanto, es el único Estado suspendido del bloque: formó parte de él desde 2012 hasta 2016, pero fue sancionado a raíz de su delicada situación política (Para más detalles ver artículo «Apuntes sobre el descalabro venezolano» de ESCANEO POLÍTICO).
En lo que refiere a su estructura interna, cuenta con presidencias de tipo pro tempore, que cambian cada seis meses. Actualmente, es el brasileño Luiz Inácio Lula de Silva quien ostenta dicho cargo. La institución dispone, además, de tres órganos decisorios: 1) Consejo del Mercado Común (CMC); 2) Grupo Mercado Común (GMC); y 3) Comisión de Comercio del Mercosur (CCM). A ellos se le suman otros entes de relevancia, tales como: la Secretaría del Mercosur, el Parlamento del Mercosur (PARLASUR), el Instituto Social del Mercosur (ISM), el Instituto de Políticas Públicas en Derechos Humanos del Mercosur (IPPDH) y el Tribunal Permanente de Revisión (TPR). Sus idiomas oficiales de trabajo son tanto el español como el portugués, y su sede se encuentra ubicada en la capital uruguaya de Montevideo.
Su principal objetivo es el de propiciar un espacio colectivo que genere oportunidades comerciales para sus miembros, promoviendo inversiones y contribuyendo al posicionamiento competitivo de sus economías nacionales en el mercado global. Básicamente, se trata de un área de libre circulación de bienes y servicios, que apunta al establecimiento de aranceles y políticas comerciales comunes, a la coordinación de mecanismos macroeconómicos y a la armonización de legislaciones. ¿Su fin último? La constitución de un mercado común.
Más allá de lo anterior, tiene como pilares fundamentales los principios de democracia y desarrollo económico para los habitantes de su territorio —casi 300 millones de personas en de más de 15 millones de km² de superficie— y, en línea con estos, es que a lo largo del tiempo ha ido ampliando sus dimensiones y cometidos en pro de abarcar aspectos sociales, culturales, migratorios y laborales. Con motivo de atender las nuevas demandas ciudadanas y fomentar su participación activa, ha generado mecanismos de financiamiento solidarios propios, tales como el Fondo para la Convergencia Estructural del Mercosur (FOCEM) en 2005.
UE-Mercosur: un intricado camino de negociaciones
Las conversaciones para alcanzar un acuerdo de libre comercio entre ambas regiones constituyen uno de los procesos más prolongados y complejos de la diplomacia contemporánea. Todo comenzó en 1995, cuando las partes firmaron un Acuerdo Marco de Cooperación Interregional que sentó las bases para una futura asociación estratégica.
Cuatro años más tarde, en 1999, tuvo lugar el lanzamiento formal de las conversaciones. En aquel entonces, se establecieron objetivos muy ambiciosos: y es que no solo buscaban ser socios en materia comercial, sino que también aspiraban a la cooperación técnica y política mutua. No obstante, sus diferencias estructurales no tardaron en hacerse evidentes. El proteccionismo agrícola europeo y las barreras arancelarias e industriales sudamericanas comenzaron a obstaculizar el avance de las tratativas, dando lugar así a un largo período de paralización.
Ya en 2010, dentro de un contexto de mayor dinamismo del comercio internacional que llevó a que ambos actores comenzaran a manifestar interés por diversificar sus socios, fue que el proceso se reactivó. Empero, otra vez surgieron fricciones que impidieron seguir adelante.
El punto de inflexión parecía haber llegado en 2019, cuando luego de más de dos décadas de negociaciones intermitentes, la UE y el Mercosur anunciaron un acuerdo político en el que convenían ir liberalizando —paulatinamente— más del 90% de su comercio bilateral y crear un mercado de alrededor de casi 800 millones de personas. Sin embargo, la ratificación de este pacto nunca llegó, pues países europeos como Austria, Francia, Irlanda y Países Bajos se opusieron al estimar que este tendría un impacto negativo sobre los sectores agrícolas de sus territorios. Asimismo, también criticaban la falta de compromisos ambientales del bloque sudamericano. Este último, por su parte, contó con voces —provenientes de algunos sectores sindicales— que alertaban acerca de los efectos que un acuerdo de este tipo podría tener en la competitividad industrial.
Con el objetivo de aliviar las tensiones generadas, la Comisión Europea propuso incluir algunas cláusulas ecológicas en el documento, pero lo cierto es que las aguas no lograron calmarse. Más bien ocurrió lo contrario, pues esto trajo consigo nuevas discusiones vinculadas al grado de legitimidad que tiene el hecho de condicionar el comercio a estándares medioambientales. Mientras que la UE defiende estas nuevas formalidades escudándose en su agenda climática, algunos actores sudamericanos las interpretan como una forma de «proteccionismo verde» y, por tanto, las dificultades persisten. A pesar de los destacados esfuerzos conjuntos del brasileño L. I. Lula da Silva y el español Pedro Sánchez en pro de cerrar el acuerdo, hasta el momento no han logrado superarse las resistencias políticas presentes en los dos bandos.
Lo que alguna vez se presentó como un hito histórico, continúa enfrentando obstáculos políticos, reflejando las tensiones existentes entre apertura comercial, intereses sectoriales y responsabilidades internacionales en materia de ecosostenibilidad.
Contexto actual
En el presente, la UE y el Mercosur parecen querer volver a intentarlo. Cualquier observador que se guíe por la experiencia pasada podría inferir que, en esta oportunidad, volvería a ocurrir lo mismo que viene ocurriendo desde hace casi 30 años (25 si se toma como punto de partida el acuerdo formal de 1999), es decir, pequeños avances, pero grandes retrocesos. Sin embargo, tal como se plantea al inicio de este texto, hoy hay una serie de elementos que permiten manejar una perspectiva un tanto más optimista respecto a instancias previas.
Sucede que, desde los últimos años, Europa ha venido perdiendo el peso que alguna vez supo tener en el tablero global. Sencillamente, ya no es considerada como un actor influyente a nivel internacional. No cuenta con el mismo grado de credibilidad y fortaleza con el que antes sí contaba al momento de negociar en pro de defender sus propios intereses. Adicionalmente, acontecimientos como la guerra entre Rusia-Ucrania evidencian que tampoco está siendo capaz de mediar entre terceros.
Aunque las causas de la pérdida de legitimidad geopolítica por la que atraviesa la UE sean múltiples, las profundas —y rápidas— transformaciones que el sistema internacional viene experimentando en las últimas décadas son las que mayoritariamente la justifican: existe una transición hacia un orden de tipo multipolar, en el que surgen alianzas estratégicas intermitentes y aparecen potencias emergentes —como los BRICS+ y ciertos países del denominado Sur Global— que modifican las reglas del juego imponiendo sus nuevas perspectivas y reconfigurando las bases. Al mismo tiempo, irrumpen en la cotidianeidad fenómenos como la inteligencia artificial (IA) que, sumados a los avances tecnológicos en general, impactan en un mundo cada vez más globalizado e interconectado.
La apertura global tiene, ciertamente, defensores y detractores, con el consecuente aumento de polarización que este choque de posturas trae consigo. Quienes se muestran contrarios a la supresión de fronteras optan por aferrarse al proteccionismo y al nacionalismo, algo que explica el auge que han tenido, principalmente en Europa, tantos líderes/partidos políticos más radicales. Santiago Abascal con Vox en España, André Ventura con Chega! en Portugal, Marine Le Pen con Assemblée Nationale en Francia, Georgia Meloni con Fratelli d’Italia en Italia, o Viktor Orbán con Fidesz-Magyar Polgári Szövetség en Hungría son tan solo algunos ejemplos. Con intensidades variables, este tipo de actores se caracterizan por priorizar la soberanía de sus países, anteponiendo intereses nacionales (individuales) a regionales (grupales). Aquí, la prioridad máxima es la población autóctona y, en algunos casos, suelen primar los posicionamientos euroescépticos y el rechazo absoluto a la inmigración ilegal. (Ver artículo «Portugal: La radicalización anunciada del ‘último moderado político de Europa’» de ESCANEO POLÍTICO).
Pero el recelo hacia los procesos de integración y los organismos multilaterales no es exclusivo del Viejo Continente. Estados Unidos es uno de los paradigmas más destacados y, dada la relevancia que este tiene como agente internacional, sus políticas pueden afectar —positiva o negativamente— a terceros.
El efecto Trump en Europa
Con la llegada del presidente estadounidense Donald Trump a la Casa Blanca el pasado 20 de enero, la delicada situación que ya padecía el Grupo de los 27 no ha hecho más que agravarse: su rol internacional se ve cada vez más y más reducido. Y es que en este segundo round de gobierno el presidente estadounidense, ampliamente reconocido por las posturas antimultilateralistas y las medidas proteccionistas de su mandato 2017-2021, parece estar replicando —aún con más fuerza— el mismo modelo. La lógica del «America First» está más viva que nunca y, con esto, el viejo eje atlántico que supo ser la columna vertebral del orden liberal occidental, está cada vez más resquebrajado. Prueba de ello son los desencuentros que últimamente este ha tenido con el bloque europeo en lo que respecta a seguridad regional. En más de una oportunidad, el líder dejó en claro que ya no está dispuesto a seguir protegiendo a su histórico aliado a cambio de nada (para más detalles, ver el artículo «Lo que dejó la Cumbre 2025 de la OTAN» de este mismo blog). A eso se suman los aranceles comerciales que, salvo contadas excepciones, el norteamericano le ha impuesto a prácticamente todos los países del mundo, incluidos a los de la UE. Evidentemente, el añejo historial de amistad y colaboración mutua poco le ha importado al mandatario.
Así las cosas, Europa se encuentra ante una encrucijada. En resumen: 1) Ya no puede depender del escudo protector de Estados Unidos bajo el que se venía resguardando desde hacía décadas; 2) Rusia, su histórica enemiga, se está convirtiendo en una amenaza cada vez mayor para su integridad; 3) Los acontecimientos recientes vienen demostrando una preocupante pérdida en su influencia como actor internacional; 4) China se expande rápidamente en el mercado global acaparando territorio europeo, poniendo así en jaque a su industria local, aumentando los índices de desempleo de los ciudadanos comunitarios y esquivando las normativas medioambientales que con tanto esmero el bloque busca defender y promover; y 5) las antes mencionadas cargas tributarias adoptadas por D. Trump, afectan su —ya debilitada— economía.
Pero eso no es todo. La UE también tiene problemas domésticos, y de sobra. Por un lado, la falta de consensos entre sus miembros ha sido una de las mayores dificultades a las que ha tenido que hacer frente desde su fundación como ente. Por otro lado, existe un problema común, como lo es el de la cuestión migratoria, que ha sido motivo de numerosos —y calurosos— debates internos, pero que hasta el momento no han resultado del todo fructíferos.
¿Una alianza por necesidad?
A pesar del combo de obstáculos a los que se enfrenta, Europa se niega a perder la hegemonía que alguna vez supo tener. Por eso, busca incansablemente alternativas que le permitan resurgir como potencia. Claro que, dadas las condiciones actuales, lo realmente urgente no es liderar, sino más bien sobrevivir. Por eso, el Grupo de los 27 ya se ha puesto en acción, reforzando vínculos con históricos aliados como Canadá y Reino Unido (dos países que últimamente también vienen siendo «despreciados» por D. Trump), pero también con Australia, Japón, y México. No obstante, una de sus apuestas más fuertes —y llamativas— es, sin dudas, el Mercosur.
Con una Europa acorralada, que busca fortalecer su seguridad interna, al mismo tiempo que recobrar la preponderancia geopolítica que tuvo en el pasado y reavivar su disminuida economía, el tratado de libre comercio (TLC) con el Mercosur se torna una opción cada vez más necesaria.
Ventanas de oportunidad y obstáculos persistentes
El convenio entre ambos bloques no solo se limita a reducciones arancelarias en importaciones y exportaciones, sino que también podría traer beneficios en numerosos aspectos vinculados a la cooperación internacional. En caso de efectuarse, se trataría de una unión de fuerzas que beneficiaría a más de 750 millones de personas a ambos lados del Atlántico. Las dos regiones representan alrededor del 20% del PIB global y, si eventualmente trabajaran juntas, podrían incluso llegar a ampliar esa cifra.
Tras décadas de estancamiento en las negociaciones, este 2025 el panorama parece ser más alentador. Pero no todo es color de rosas. Aunque Europa enfrente dificultades y se muestre más predispuesta a buscar acuerdos, aún persisten algunos de los tantos vaivenes políticos que previamente los han frenado. Las cuestiones medioambientales y el proteccionismo agrícola son, al día de hoy, las principales fuentes de tensión en la UE. El Mercosur, en tanto, tampoco lograr resolver del todo sus diferencias internas. Y es que, desde sus inicios, el bloque sudamericano ha estado más condicionado por la conveniencia y por las afinidades políticas que por los esfuerzos colectivos por alcanzar el bien común (tal cual se especificaba en la publicación «Desafíos internacionales 2025-2030 para Uruguay» de ESCANEO POLÍTICO).
Debido a lo anterior, las posturas frente al TLC no son homogéneas, y esto complejiza aún más el proceso. En Europa, países como Alemania, España e Irlanda están a favor de firmarlo por razones estratégicas y económicas, mientras que Francia lidera el grupo de la resistencia, acusando un falta de garantías ecológicas. No obstante, hay quienes estiman que eso es tan solo una excusa que oculta el trasfondo real de la cuestión: temores a la competencia, posibles disputas por subsidios y falta de un consenso político fuerte entre ambas partes firmantes del acuerdo. El Mercosur, por su parte, todavía no ha logrado establecer una política exterior y comercial conjunta efectiva debido a las discrepancias entre sus miembros, especialmente en temas económicos y políticos. Esto le resta seriedad y repercute negativamente en su imagen pública.
En resumidas cuentas, Europa necesita diversificar sus vínculos y ampliar sus mercados, además de reposicionarse como actor global autónomo. Los países del Mercosur, en tanto, buscan reequilibrar su balanza comercial en pro de reducir la dependencia hacia China y Estados Unidos, a la par que intentan atraer más y mejor inversión extranjera para su región. El TLC traería consecuencias positivas para ambos bloques, pero para alcanzarlo deberán resolver ciertos escollos. Tanto los europeos como los sudamericanos deberán, primero, superar sus tensiones internas. Solo así podrán sentarse a negociar seriamente, con propuestas claras y beneficiosas para las dos partes, que equilibren adecuadamente crecimiento económico con sostenibilidad ambiental. Es imperante consensuar cuanto antes.
Apuntes finales
El presidente estadounidense Donald Trump, muy posiblemente sin siquiera proponérselo, ha contribuido enormemente a la causa UE-Mercosur. Sus políticas comerciales y su trato hostil hacia Europa, han empujado a esta última trabajar arduamente para «independizarse» de su histórico aliado y protector. El bloque conformado por 27 naciones se esfuerza por mejorar su cohesión interna en pro de tomar medidas que le permitan robustecer su seguridad interna, resurgir como actor influyente en el sistema internacional recuperando sus márgenes de maniobra y, ciertamente, recuperar su economía. Ya no puede darse el lujo de depender de un socio tan ambigüo e impredecible.
A raíz de lo anterior, el TLC entre el bloque europeo y el sudamericano se torna un elemento más tangible. Después de más de 25 años, todo parece indicar que el tan esperado —y a su vez, debatido— pacto entre ambas agrupaciones está vecino a sellarse. Claro que no lo hará de forma inmediata, pues las trabas burocráticas y los desacuerdos políticos continúan pesando. Aquí, el balance entre las expectativas económicas y las exigencias ambientales será clave para que las negociaciones lleguen a buen puerto. Pero el convenio se cerrará más pronto de lo esperado: la situación a ambos lados del Atlántico así lo exige.
Sin perder de vista su carácter puramente pragmático, una unión entre Europa y América del Sur también reforzaría la apuesta por el multilateralismo, el derecho internacional y la cooperación global, especialmente en un mundo que gira hacia la polarización entre potencias. Ambas regiones, aún con las respectivas crisis individuales que padecen, pueden ofrecerse eso mutuamente. En un contexto tan incierto y cambiante como el de hoy, ampliar al máximo posible el número de socios comerciales y políticos resulta la opción más inteligente.
*Foto de portada: Banderas Mercosur y Unión Europea | Créditos: Pinterest.
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