Nepal y Marruecos: La revolución política de la Generación Z

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🇳🇵 – 🇲🇦 | Jóvenes al poder: ¿Dos casos aislados o una tendencia global en crecimiento?



Presentación

El pasado mes de septiembre, Nepal fue noticia en todo el mundo a raíz de las multitudinarias protestas callejeras que, en tan solo algunos días, lograron derrocar al gobierno nacional. Desde principios de octubre, el foco global se ha trasladado hacia Marruecos, pues sus ciudadanos también han optado por tomar las calles y expresar malestar contra sus autoridades.

Aunque en el caso marroquí las manifestaciones aún no hayan concluido y, por ende, se desconozcan sus consecuencias inmediatas, sí que es posible afirmar que ambos conflictos comparten dos importantes similitudes: por un lado, el alto grado de disconformidad social con sus respectivas clases políticas y, por otro lado, el protagonismo que los jóvenes han tenido/están teniendo en estos acontecimientos.

El hecho de que tanto en Nepal como en Marruecos, la Generación Z —también conocida como Gen Z o Centennials— haya sido la encargada de convocar, organizar y liderar las marchas no es un asunto menor. Es, ni más ni menos, una prueba de que existe un grupo etario que quiere hacerse oír y que quiere participar en la vida pública de sus naciones. A pesar de que es altamente probable que el lector ya disponga de algún tipo de noción básica sobre el sector poblacional antes mencionado, no está de más indicar que se trata de personas nacidas entre 1995 y 2010, que han crecido rodeados de internet, tecnología y dispositivos electrónicos (no en vano son considerados la primera generación nativa digital). Según especialistas en psicología y comportamiento humano, ese contexto los convierte en individuos pragmáticos y autodidactas, además de propensos a emprender proyectos por cuenta propia gracias a sus altos niveles de independencia.

Considerando lo anterior, este artículo pretende cumplir con varios objetivos, a saber: 1) Informar acerca de los recientes sucesos ocurridos en Nepal (mencionando antecedentes pasados y vinculándolos con el contexto presente para determinar causas); 2) Detallar los efectos y las consecuencias primarias de la movilización civil, además de hacer referencia a la respuesta internacional; 3) Vaticinar cuáles serán los desafíos que las autoridades gubernamentales deberán afrontar en los meses venideros para evitar nuevas rebeliones ciudadanas; y 4) Analizar el impacto global de este acontecimiento en otros países y, especialmente, responder a la interrogante «¿Se han convertido los jóvenes de la Gen Z en un actor político influyente o los eventos en Nepal y Marruecos han sido solo una excepción?» (El paradigma marroquí no es examinado en profundidad debido a que todavía se encuentra en pleno curso, pero sí se incluye en este punto como muestra de una realidad política cambiante).

Causas del estallido

Para comprender en detalle cuáles fueron las razones que llevaron a que decenas de miles de jóvenes nepaleses salieran a las calles a manifestarse públicamente, es necesario contemplar no solo aspectos del presente, sino también del pasado:

Antecedentes monárquicos y guerra civil

Durante más de dos siglos, Nepal fue una monarquía absoluta hindú. Sin embargo, en 1990 y tras un movimiento popular, se convirtió en una de tipo constitucional. Pero la transición, para algunos, no fue tal: el poder continuaba centrándose en la figura del monarca. A esa falta de democracia se añadía el descontento social (producto de las condiciones de pobreza a las que estaba sometida su población) y político (generado por la corrupción generalizada). Esto alimentó el resentimiento popular contra el sistema e hizo que el Partido Comunista de Nepal —de corte Maoísta— buscara derrocar a la monarquía y al sistema feudal para establecer así una república comunista que garantizara la equidad. Como consecuencia de eso, en 1996, comenzó una guerra civil.

En medio de la lucha interna, en 2001, tuvo lugar un trágico evento conocido como “Masacre real” en el que —en circunstancias que hasta hoy resultan controvertidas— fallecieron el rey Birendra y gran parte de su familia. El encargado de ocupar el trono vacante fue Gyanendra Shah, un autoritario monarca que llegó a concentrar poder absoluto. Sin embargo, su reinado no duró demasiado, pues en 2006 estalló el Movimiento por la Democracia (una protesta multitudinaria en la que ciudadanos salieron a las calles para expresarse en contra la monarquía y a favor de la democracia, clamando por el fin de la guerra). Ante las fuertes presiones civiles, tanto el rey Gyanendra como el Partido Comunista se vieron obligados a ceder, no teniendo otra opción que firmar un acuerdo de paz. Dos años más tarde, en 2008, la Asamblea Constituyente declaró oficialmente la abolición de la monarquía y el nacimiento de la actual República Federal Democrática de Nepal. Asimismo, en 2015, se adoptó una nueva Constitución.

Es claro que, con estos acontecimientos, la voluntad popular de pasar de un sistema monárquico a uno republicano y parlamentario se cumplió con creces. Naturalmente, esta suerte de «renacer» político logró que muchos ciudadanos se sintieran esperanzados por la nueva etapa que comenzaba a transitar el país. No obstante, aquel optimismo inicial no tardó mucho tiempo en diluirse, pues el flamante modelo de gobierno trajo consigo un desagradable efecto colateral: la inestabilidad. Sucede que, desde hace diez años, los partidos tradicionales no hacen más que intercambiarse el poder entre sí, dificultando la alternancia y dejando muy poco espacio de acción a agrupaciones minoritarias. Al mismo tiempo, la fragilidad de las alianzas y coaliciones hacen que gobernar sea una tarea cuasi imposible, por lo que los ejecutivos de turno casi nunca llegan a terminar sus mandatos. A ese combo se le añaden las recurrentes acusaciones de corrupción y, por supuesto, las cicatrices que dejó el conflicto armado en sus 10 años de duración (más de 10.000 personas fallecidas, numerosos casos de violaciones a los derechos humanos, desplazamientos forzados…).

Contexto reciente

En el país asiático existe un enorme grado de desigualdad social. El ostentoso estilo de vida que llevan unos pocos —principalmente aquellos individuos que conforman la clase política/empresarial y sus familias—contrasta fuertemente con las modestas condiciones de existencia que afronta la mayor parte de la población.

En relación a lo anterior, es habitual que los «nepo kids» —nombre popular con el que se conoce a aquellos jovencitos económicamente privilegiados— expongan su cotidianeidad a través de las redes sociales. Allí suelen publicar fotos y/o vídeos conduciendo coches costosos, viajando a sitios exóticos, vistiendo prendas de lujo y asistiendo a eventos exclusivos que resultan inalcanzables para sus pares generacionales más pobres. Esto ha llevado a alimentar el resentimiento de muchos jóvenes que, aun contando con suficientes niveles educativos, no logran acceder a buenas oportunidades laborales, sociales o de participación política. Siendo una generación (hiper) conectada al mundo digital, disponen de información que le permite constatar que solo algunos ciudadanos pueden disfrutar de ciertos bienes, servicios y experiencias. En ese sentido, el desempleo, las perspectivas económicas negativas, la falta de premiación a la meritocracia y la incertidumbre generalizada frustran todas las expectativas juveniles.

El detonante

El pasado 4 de septiembre de 2025, el gobierno de Nepal anunció el bloqueo de un total de 26 plataformas de redes sociales (entre las que se encontraban Facebook, Instagram, WhatsApp, YouTube y X) bajo el argumento de que estas no se encontraban registradas del modo que lo exige la nueva normativa del Ministerio de Comunicación e Información y Tecnología. La polémica no se hizo esperar. Para muchos jóvenes, la medida fue vista como un ataque directo a su libertad digital y como una injusta modalidad de censura.

Desarrollo de los acontecimientos

A partir del 8 de septiembre, comenzaron a tener lugar una serie de protestas masivas. Todo se inició en la capital nepalesa Katmandú, gracias a la convocatoria de estudiantes y jóvenes que forman parte de la denominada Gen Z. Estas marchas callejeras inicialmente buscaban mostrar de forma abierta su rechazo a la decisión gubernamental de proceder al bloqueo digital, pero con el correr de los días fueron expandiendo su alcance (y violencia) hasta convertirse en una herramienta para posicionare contra la corrupción, el nepotismo, la desigualdad y la falta de transparencia.

Escalada en las confrontaciones

Entre los hechos más graves cometidos por los manifestantes destacan: 1) Incendio a la sede del partido político Congreso Nepalí (aliado del gobierno); 2) Incendio a viviendas de líderes (incluyendo la del ex primer ministro Sher Bahadur Deuba y su esposa Arzu Rana Deuba, exministra de Relaciones Exteriores); 3) Incendio a la vivienda del ex premier Jhalanath Khanal (que trajo como consecuencia la muerte de su esposa); 4) Ataques vandálicos al Parlamento, a un complejo de oficinas públicas y a la sede de la Corte Suprema; 5) Agresiones callejeras y humillaciones públicas al ministro de finanzas Bishnu Prasad Paudel; y 6) Fuga de miles de reclusos desde las cárceles de la capital del país (producto del caos generalizado).

Las autoridades de gobierno, por su parte, intentaron reprimir a los asistentes y, por eso, se produjeron varios enfrentamientos entre estos últimos y los agentes de la policía. Mediante el uso de gases lacrimógenos, cañones de agua y balas de goma, los uniformados intentaron amedrentar a los civiles. Asimismo, en algunas ciudades clave se impusieron —no del todo exitosos— toques de queda, con fronteras selladas y aeropuertos cerrados. Como ocurre habitualmente, la represión resultó ser un elemento desencadenante de mayor violencia: cuando las fuerzas del orden utilizan su potencial letal, suelen generar que la protesta crezca todavía más, pues las olas de indignación popular aumentan.

Fue tal la presión ejercida por la enfurecida y hastiada juventud nepalesa que hubo funcionarios públicos que renunciaron a sus cargos. ¿Los casos más destacados? El del Ministro del Interior, Ramesh Lekhak, y, cómo no, el del mismísimo primer ministro, Khadga Prasad Sharma Oli, quien presentó su dimisión el 9 de septiembre.

Consecuencias humanas

Ciertamente, los jóvenes resultaron ser los «vencedores» de esta pugna en cuanto a que lograron su cometido de derrocar al gobierno. Sin embargo, como siempre suele ocurrir en este tipo de conflictos, los perjuicios humanos son, desafortunadamente, inevitables.

En este caso particular, si bien las cifras varían según la fuente consultada, la mayoría coincide en un triste balance: centenares de heridos y alrededor de 20 personas fallecidas.

Efectos políticos inmediatos

Además de las abdicaciones de líderes públicos, la movilización juvenil consiguió que se levantara la prohibición de uso de las redes sociales.

Pero es no fue todo. Tras la salida de K.P. Sharma Oli, se designó un liderazgo transicional: el de Sushila Karki, quien actualmente está ocupando el cargo de primera ministra interina. La flamante premier guiará los rumbos políticos del país hasta el año próximo. Y es que también se fijaron elecciones generales para marzo de 2026. Todas estas medidas revocadoras lograron que, al 13 de septiembre de 2025, la rebelión se apaciguara (al menos momentáneamente).

Respuesta internacional

Mientras las marchas se desarrollaban en Nepal, el mundo observaba perplejo, preguntándose: ¿Cómo podía ser posible que toda una generación de jovencitos pudiera organizarse de forma tan notable para exigir sus derechos y que, adicionalmente, cumplieran con todos los objetivos fijados? A grandes rasgos, los estados u organismos internacionales que se expresaron públicamente al respecto, hicieron un llamado al diálogo y a la paz.

Desde la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), Human Rights Watch y Amnistía Internacional se exigió una investigación sobre los asesinatos ocurridos durante los enfrentamientos, mientras que Antonio Guterres (Secretario General de las Naciones Unidas) y la Unión Europea condenaron la muerte de los manifestantes nepalíes y expresaron la necesidad de que las autoridades del país asiático cumplan con las leyes internacionales en materia de derechos humanos. Los ministerios de relaciones exteriores de India y España exhortaron a sus respectivos ciudadanos (residentes en Nepal) a ser cautos, respetar los toques de queda e incrementar las medidas de seguridad.

La proximidad geográfica también ha incidido en las reacciones externas. Ocurre que a pesar de no tener salida al mar, Nepal se ubica en una zona geográficamente relevante de Asia del Sur: el Himalaya, la cordillera más alta del planeta. Al Norte, el país limita con la República Popular China y, al Sur, con la India. Por eso, sus vecinos, vigilan la situación con cautela. Claro que también lo hacen por estrategia comercial, pues ambos son sus principales socios junto a Bangladés y Estados Unidos, y un conflicto de este tipo podría generar importantes pérdidas económicas para todos los involucrados.

Descifrado analítico

Los intentos de censura digital provenientes del gobierno nepalí fueron, a simple vista, la razón que llevó a que miles de ciudadanos jóvenes salieran a manifestarse por las calles del país. Pero lo cierto es que ese acontecimiento fue tan solo «la gota que derramó el vaso» de un pueblo ya hastiado. El panorama es muchísimo más complejo: las multitudinarias protestas fueron consecuencia de un cúmulo de factores, a saber:

1) Corrupción estructural: Los casos de malversación de fondos y de tráfico de influencias son moneda corriente en el país asiático. Sin embargo, cuando estos son denunciados ante la justicia y ante los medios de comunicación, rara vez tienen consecuencias reales.

2) Nepotismo y desigualdad hereditaria: Las élites políticas tienden a favorecer únicamente a sus cercanos, mientras que el resto de la población se ve impedida de acceder a oportunidades para mejorar sus condiciones de vida.

3) Fuerte descontento económico: El país posee una economía sumergida, con altos niveles de inflación, desempleo y empleo informal. Como consecuencia de ello, la emigración se ha tornado casi la única salida para muchos nepalíes.

4) Falta de espacios de participación política: Los canales tradicionales no permiten que los ciudadanos, y más particularmente los jóvenes, encuentren las herramientas necesarias para hacerse oír ni mucho menos para influir en decisiones públicas relevantes.

A los cuatro anteriores puntos se suma, ciertamente, la importancia de lo digital, en particular para la Gen Z. Para ella, las redes sociales —e internet, en general— son mucho más que ocio: son parte de su tejido social, educativo, laboral, y político. Es razonable, entonces, pensar que este grupo poblacional haya interpretado el anhelo gubernamental de querer controlar ese universo, «su» universo, como una censura directa hacia la identidad misma. Y es que, a través de las plataformas digitales, pueden construir narrativas y denunciar comportamientos políticos que entienden injustos, algo que no les permiten los medios ni las instituciones habituales.

Para las nuevas generaciones, internet ha adquirido el rol de espacio público. De tal modo que, cuando eso se corta es, básicamente, como que se intente silenciar a quienes —de por sí— ya no se sentían representados. Debido a eso, esta suerte de «atentado» contra las libertades individuales y de expresión, terminaron por saturar a la sociedad nepalí, tan sobrecargada de preexistentes problemas político-económicos. En este contexto, lo ocurrido el pasado mes de septiembre no ha sido más que un mensaje de la ciudadanía nepalí a su clase dirigente. Es solo que, en esta oportunidad, fueron los jóvenes de la Gen Z quienes tomaron el liderazgo de una protesta que, a fin de cuentas, es mucho más que una muestra de malestar generacional, pues se extrapola a todas las franjas etarias.

Desafíos en el corto/mediano plazo

En el apartado «Efectos políticos inmediatos» se hacía referencia a las «ganancias» de la ciudadanía tras este conflicto (esto es, el levantamiento del veto al uso de plataformas digitales, la renuncia de altos cargos políticos, el establecimiento de gobierno provisorio y de un sufragio venidero), No obstante, también es preciso tener en cuenta los retos que aún persisten o que podrían llegar a gestarse en un futuro cercano:

1) Gobernanza de calidad previa a la pautada jornada electoral: Quienes ocupan el poder de forma transicional no solo deberán responder al estallido actual, sino también instituir reformas concretas que aseguren regulación y transparencia excediendo la inmediatez. Y es que la corrupción viene siendo, sencillamente, la raíz de todos los problemas que aquejan a Nepal.

2) Rendición de cuentas frente a los recientes casos de violencia: Las marchas del pasado mes trajeron como consecuencia muertos y heridos. Será crucial llevar a cabo investigaciones serias y profundas, que sancionen a sus responsables como es debido. De lo contrario, la impunidad de los abusadores podría reforzar —todavía más— la desconfianza civil ante las instituciones públicas.

3) Prioridad al factor económico: Si las condiciones económicas de la población no mejoran, se corre el riesgo de que se repitan protestas similares —o incluso mayores— a las de hace algunas semanas. La falta de empleo, asimismo, provocaría nuevas olas migratorias.

4) Especial atención a los efectos contraproducentes de la polarización política: El desplome del gobierno puede, ciertamente, reforzar las divisiones ya existentes entre partidos tradicionales y nuevas agrupaciones (incluyendo aquellas que cuentan con jóvenes desencantados en sus filas). Por ende, no resulta descabellado pensar que existe la posibilidad de que surjan repentinos líderes populistas —de cualquier espectro político— que aseguren ser capaces de brindar soluciones inmediatas, pero que, en realidad, terminen comportándose de forma autoritaria, erosionando las instituciones.

5) La cuestión digital: Es importante armar un adecuado plan de acción para regular las nuevas comunicaciones, incluidas las redes sociales. Sin embargo, no debe confundirse regularización con censura. Las nuevas autoridades tienen la obligación de ser cautas, pues un excesivo control gubernamental sobre las plataformas en línea podrían ser vistos como una trampa por parte de los jóvenes y, en ese caso, se volvería a desatar el caos.

Posibilidades de efecto contagio

Marruecos: un conflicto en curso

A finales del mes de septiembre y tan solo algunas semanas después de finalizadas las protestas en Nepal, el país africano parece haber comenzado a seguir los mismos pasos del asiático. Desde entonces y hasta el día de hoy, Marruecos viene experimentando una importante ola de manifestaciones en contra de su gobierno. Ambos conflictos comparten la peculiaridad de ser encabezadas por jóvenes de la Gen Z, quienes se autoconvocaron a través de las redes sociales.

En el caso marroquí, la plataforma social estrella para coordinar los detalles de las concentraciones callejeras —que se vienen llevado a cabo en más de 12 ciudades del país, incluyendo Rabat y Casablanca— es Discord. Las quedadas no disponen de un liderazgo único sino grupal/generacional, que se ha denominado a sí mismo como Z 212 (Z porque se trata de centennials, y 212 por el prefijo telefónico internacional de Marruecos).

Las razones que han motivado a esos jóvenes africanos a salir a la vía pública tampoco se diferencian demasiado de las de sus pares asiáticos: desempleo, falta generalizada de oportunidades, desigualdad social y corrupción política sistémica… a los que se le suman servicios públicos deficientes, especialmente en las áreas de salud y educación.

A diferencia de la rebelión juvenil nepalí, podría decirse que la marroquí, al menos hasta ahora, viene siendo proporcionalmente menos violenta. Aun así, la represión gubernamental —que está dejando alrededor de 400 personas detenidas, decenas de heridas y al menos tres fallecidas— repercute negativamente en los protestantes y en la sociedad en general, incrementando el malestar que ya tenían y, por ende, endureciendo sus demandas de cambio. Solicitan la renuncia inmediata del primer ministro, Aziz Ajanuch, y la intervención directa del rey Mohamed VI.

Adicionalmente, el Mundial de Fútbol 2030 de la FIFA ha ganado fuerte protagonismo —y publicidad negativa— en medio de este enfrentamiento. Los manifestantes aseguran que, mientras el pueblo padece numerosas necesidades sociales y económicas, el gobierno invierte cantidades astronómicas de dinero en la construcción de infraestructuras para el evento deportivo internacional del que el país será anfitrión. Bajo lemas como «Queremos hospitales, no estadios» o «No queremos Mundial, queremos sanidad» los jovencitos expresan su disconformidad ante lo que consideran un gasto superfluo y exigen un manejo más responsable de los recursos estatales.

A pesar de que las sentadas aún no han concluido del todo, en los últimos días se constata una disminución en el flujo de manifestantes. Sucede que las reacciones políticas no vienen siendo las esperadas por estos: el oficialismo reconoce la necesidad de implantar algunas reformas, particularmente en el sector sanitario, pero se niega a relevar el poder político y pretende mantener su legitimidad hasta las elecciones (que están pautadas para 2026). Por otra parte, algunos jóvenes han decidido «pausar» temporalmente su asistencia a las marchas de protesta, pues aguardan a oír la comparecencia anual de Mohamed VI frente al Parlamento. Anhelan que el monarca responda a sus reclamos y proponga una negociación que les beneficie. Habrá que esperar, entonces, para conocer cómo se siguen desarrollando los hechos. Quizás efectivamente se trate de una tregua provisoria, que a su vez sirva como modalidad de presión, pero quizás sea una suerte de derrota definitiva ante una clase política que continúa mostrándose imperturbable ante las necesidades de su pueblo. Imposible adivinarlo. Lo que sí está claro es que, en caso de que se dé la segunda opción, lo que comenzó siendo un movimiento fuerte y enérgico, termine siendo vencido por el agotamiento debido a la imposibilidad de lograr sus objetivos (algo que los nepaleses sí pudieron conseguir).

Similitud entre cánones

Nepal y Marruecos son, sin dudas, el espejo de una rebelión generacional digital que atraviesa fronteras. En los dos casos, los integrantes de la Gen Z —familiarizada al 100% con internet, hábil en el manejo de dispositivos electrónicos, sensible a la desigualdad y desconfiada hacia la labor de las instituciones tradicionales— no solo fueron quienes idearon y articularon la idea de salir a las calles a través del uso de plataformas digitales, sino que, además, lideraron las marchas in situ.

De antaño, este tipo de manifestaciones seguramente hubiese sido convocada por sindicatos, partidos políticos, organizaciones civiles o medios de comunicación. Hoy, en cambio, un hashtag o un video altamente difundido pueden ser más poderosos que cualquiera de las agrupaciones mencionadas. De hecho, Nepal lo ha ejemplificado a la perfección con la viralización de imágenes que mostraban el lujoso estilo de vida de los nepo kids de elite en contraposición con la precariedad cotidiana que afecta a la enorme mayoría de los habitantes del país asiático: dichos elementos fueron capaces de encender la indignación del pueblo y de provocar todo el caos ocurrido hace algunas semanas.

Otros paradigmas destacados

Si bien las marchas nepalesas son, hasta el momento, una de las más relevantes en materia de alcance, existen algunos ejemplos —pasados y presentes— de grandes movimientos que supieron aunar jóvenes y redes sociales.

Uno de ellos fue la Primavera Árabe, que tuvo lugar entre 2010 y 2012. Se trató de una serie de manifestaciones populares antigubernamentales que incluyeron rebeliones armadas, buscando luchar por la democracia y los derechos sociales. Facebook o Twitter (hoy denominado X) fueron herramientas elementales al momento de articularlas. Todo comenzó en Túnez, pero se extendió rápidamente hacia otros países de la región como Argelia, Baréin, Egipto, Irak, Libia, Omán, Siria y Yemen. Si bien cada proceso fue diferente, los ciudadanos de todas estas naciones tenían grandes problemas —estructurales— en común: eran gobernados por regímenes autoritarios, poseían un sistema político corrupto, padecían altos niveles de desigualdad social, no disponían de las infraestructuras necesarias para garantizar una adecuada calidad de vida y, además, estaban siendo fuertemente afectados por las malas condiciones de trabajo y el desempleo. Como si todo eso fuera poco, en la mayoría de los casos, la alta militarización estatal implicaba la pérdida de libertades fundamentales, incluidas las de expresión. Los resultados obtenidos en cada país a raíz de estos levantamientos fueron muy variables, aunque el hecho al menos sentó un importante precedente para lo que fue la Segunda Primavera Árabe (2018-2024), que sí consiguió efectos más contundentes.

El movimiento juvenil Fridays for Future (Viernes por el futuro), conocido por sus siglas FFF, podría ser considerado otro prototipo de este fenómeno. Nacido en 2018 y vigente hasta la actualidad, busca concientizar acerca de cuestiones medioambientales, exigiendo acciones urgentes para contrarrestar el calentamiento global y el cambio climático. Tomó su nombre gracias a la —polémica— activista sueca Greta Thunberg, quien comenzó a faltar a clases cada día viernes para protestar frente las puertas del Parlamento de su país. Poco a poco, la militante climática logró convencer a sus pares a participar y, hoy en día, la causa suma adeptos en todas partes del mundo. En este caso concreto, Instagram y TikTok son las plataformas sociales más empleadas por sus integrantes. A través de ellas organizan sus actividades colectivas, difunden sus iniciativas y discuten ideas.

Apuntes finales

Solo el tiempo dirá si existe o no riesgo de efecto contagio a nivel regional/global. Empero, no sería descabellado vaticinar que los jóvenes nepaleses inspiren a coetáneos de otros países a movilizarse por sus derechos, tal cual está ocurriendo hoy en Marruecos. De hecho, hay quienes hablan de «Asian spring» (Primavera asiática), buscando equivalencias con las protestas árabes de 2010-2012 y de 2018-2024. Y es que ambos casos tienen particularidades comunes: su convocatoria proviene del pueblo, es liderado por las generaciones más jóvenes, y su consigna es la de clamar por democracia, libertad y derechos sociales.

El hecho de que la Gen Z haya ascendido como nuevo —e influyente— actor político es innegable, al menos en Nepal y (aunque en menor medida) en Marruecos. De ahora en más, resta por saber cómo se comportarán estos grupos en otras partes del globo. Empero, todo parece indicar que seguirán imponiéndose: Países como el sudamericano Perú o el africano Madagascar ya comienzan a abrazar esta tendencia. Además, incluso aquellas naciones más «censuradores» en términos digitales —tales como China, Corea del Norte o Rusia— se enfrentan a ciertos obstáculos al querer controlar la narrativa oficial al 100%, pues la Gen Z es capaz de esquivar bloqueos como ninguna otra gracias a sus conocimientos y habilidades tecnológicas. VPNs, filtraciones, servidores descentralizados, foros y apps alternativas son algunas de las tantas formas a través de las cuales los jóvenes consiguen derribar los muros digitales que los gobiernos intentan levantar.

En ese sentido, al día de hoy, prohibir o limitar el uso de redes sociales para controlar a la población no resulta una decisión del todo inteligente. Nepal ha sido el ejemplo de cómo medidas de esa clase terminan siendo contraproducentes, provocando incluso la caída de sus líderes. Las administraciones públicas de todo el mundo deberán, más bien, atender de otra forma todas estas cuestiones. Ya no pueden controlar su legitimidad únicamente desde las instituciones, sino que también necesitan adaptarse al espacio digital y cuidar la imagen que muestran en él, pues lo que antes era resuelto en mesas diplomáticas, juntas entre altos cargos políticos y reuniones a puertas cerradas, ahora, se resuelve —plataformas digitales mediante— en las calles.

Gracias a la masificación de internet, las juventudes están estrechamente conectadas entre sí y pueden organizarse sin requerir de la ayuda de intermediarios. En ese universo no existen las fronteras, los partidos políticos, ni los líderes únicos que tantas veces —intencionalmente o no— obstaculizan los procesos de cambio social, sino que solo hay causas comunes: justicia, transparencia, igualdad, derechos y, desde los últimos tiempos, sostenibilidad ambiental.

Definitivamente, resulta poco conveniente desestimar el poder de una generación que ya no pide permiso para ser protagonista y representar a sus pueblos.

*Foto de portada: Arriba: Manifestante en Katmandú | Créditos: EFE Narendra Shrestha vía El Confidencial — Abajo: Manifestantes marroquíes exigiendo mayor inversión en sanidad y educación en Rabat el pasado 2 de octubre | Créditos: AP – Mosa’ab Elshamy vía France 24.


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Análisis Internacional - Por J. Rodríguez Frola


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