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🌐 | Fenómenos y tendencias geopolíticas del nuevo año: Enfrentamientos, disputas, crisis, oportunidades y desafíos más significativos.
- Presentación
- Escenarios a considerar
- Alta conflictividad bélica
- Intervencionismos militares
- Controversias territoriales
- Rivalidad entre potencias
- Militarización tecnológica
- Reconfiguraciones en el comercio global
- Multilateralismo en jaque
- Bloque regional en apuros
- Crisis humanitarias por doquier
- Declive democrático
- Nuevas formas de participación ciudadana
- Cuestiones climáticas y ambientales
Presentación
Siguiendo el modelo del informe «Monitoreo de tendencias: Política Internacional en 2025» (Parte I) y (Parte II), este 2026 ESCANEO POLÍTICO se propone ofrecer un paper de similares características, aunque actualizado a la realidad política del nuevo año. En esta oportunidad, el texto también se encuentra dividido en dos entregas, siempre con el objetivo de amenizar su lectura. En el primer capítulo —titulado «Política Internacional 2026 – (Parte I)» — se hace un recuento de lo que serán los procesos electorales más destacados del año, se recuerdan efemérides políticas significativas y se elabora una suerte de calendario de eventos globales importantes.
Ahora, buscando dar sentido y continuidad al artículo, se presenta el segundo capítulo. En él se busca dar a conocer cuáles son los escenarios que se esperan en lo referido a conflictos armados, disputas territoriales, rivalidades comerciales, problemas de seguridad regional y global, avances tecnológicos, crisis del modelo multilateral, migraciones forzadas, retrocesos democráticos e institucionales, cambios en la participación ciudadana y cuestiones ambientales.
Escenarios a considerar
Alta conflictividad bélica
Para 2026, el panorama de seguridad global se define por la persistencia de guerras de alta intensidad, pero también por el surgimiento de nuevos focos de tensión, muchos de ellos vinculados a la competencia entre grandes potencias y/o a disputas territoriales.
Entre los numerosos conflictos «heredados» que todavía permanecen en curso, podría destacarse la guerra entre Rusia y Ucrania. La confrontación —que comenzó en febrero de 2022— ya muestra señales de agotamiento militar en ambos bandos y, además, cuenta con el involucramiento activo de terceros actores como Estados Unidos y la Unión Europea. Se espera, por tanto, que este nuevo se convierta en un punto de inflexión para posibles negociaciones.
La crisis en Oriente Medio es otro punto caliente. La región, rica en recursos energéticos (como el petróleo y el gas natural) y albergadora de rutas comerciales marítimas vitales para el comercio global (como el Canal de Suez, el Estrecho de Ormuz y el Estrecho de Mandeb), resulta de interés estratégico para grandes potencias como China, Rusia y Estados Unidos, que no han dudado en intervenir —directa o indirectamente— en algunos de sus países. Por otra parte, como centro del mundo islámico que es, las tensiones religiosas e identitarias dominan su territorio. Se estima, entonces, que los actuales enfrentamientos de Israel con Gaza, Líbano e Irán, seguirán estando presentes en 2026, e incluso se vigilan posibles escaladas. (Para conocer más detalles, ver artículo «Ayer y hoy: El complejo vínculo entre Israel e Irán» de ESCANEO POLÍTICO).
En el continente africano, en tanto, la guerra civil en Sudán no cesa. Tras casi tres años de choques violentos entre integrantes de las Fuerzas Armadas de Sudán (FAS) y los paramilitares de Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), los ciudadanos son, como es habitual en estos casos, quienes reciben la peor parte. Con hospitales desbordados, desabastecimiento farmacéutico, escasez de alimentos y falta de combustibles, la crisis no hace más que agravarse. El daño en infraestructuras, los saqueos públicos y los ataques contra las instalaciones de centros de ayuda humanitaria proveniente del extranjero complican aún más el panorama.
La inestabilidad política y social en Myanmar (Birmania) también persiste: Desde su independencia en 1948, el multiétnico país se ha caracterizado por sus altos niveles de fragmentación social y cultural. Con múltiples minorías que luchan y compiten entre sí, que disputan el poder nacional o que buscan autonomía respecto al resto de los grupos, la situación se ha visto agravada con golpe de Estado que el Tatmadaw (Fuerzas Armadas) impuso en 2021. Aunque el objetivo es retomar el control del país, lo cierto es que, hasta ahora, eso no viene ocurriendo, sino que, por el contrario, la violencia va en aumento. No se avistan procesos de paz duraderos en el corto/mediano plazo.
Intervencionismos militares
Aquí, Estados Unidos sea quien posiblemente lleve la delantera. Por diferentes motivos, durante 2025 el país norteamericano ha decidido intervenir militarmente en ciertos países, o bien, evalúa la posibilidad de hacerlo próximamente. Podrían señalarse dos casos concretos a vigilarse:
1) Nigeria: El 25 de diciembre de 2025, Estados Unidos lanzó ataques militares —que incluyeron una serie de bombardeos con misiles— en el noreste del país africano, concretamente en el estado de Sokoto, dirigidos a campamentos de ISIS (Estado Islámico) y su grupo local afiliado Lakurawa. D. Trump aseguró que el objetivo es contribuir a detener la matanza de cristianos que, desde hace algunos años, vienen ejecutando ciertas agrupaciones terroristas. El gobierno nigeriano, en tanto, confirmó que no solo autorizó la operación, sino que también participó de ella proporcionando información de inteligencia.
2) Venezuela: Aunque Estados Unidos ha suspendido sus relaciones diplomáticas con ella desde 2019 debido a que no reconoce a N. Maduro como su presidente legítimo, el vínculo entre ambos se ha visto aún más debilitado en 2025. Sucede que, a partir del pasado 20 de enero, con el retorno de D. Trump a la Casa Blanca, las sanciones se han endurecido (buscando debilitar financieramente al gobierno venezolano) y el intercambio comercial bilateral ha disminuido, además de que, en materia migratoria, el líder estadounidense ha complejizado los procesos de ingreso a su país, así como también ha limitado la emisión de nuevos visados de no inmigrante (que abarcan viajes de turismo, negocios y/o estudios) a venezolanos. Ya en diciembre, la escalada pasó a implicar aspectos militares, con presencia naval estadounidense en la zona del Caribe (con el fin de combatir el sospechado narcoterrorismo de buques) y con militares venezolanos movilizados (en pro de defender su soberanía). La situación, crítica per se, se intensificó con la llegada de 2026, cuando el 3 de enero el mandatario estadounidense anunció ordenó un bombardeo a la capital venezolana, Caracas. El episodio culminó con algunos civiles y militares fallecidos, pero también con la captura del presidente sudamericano y su esposa por parte de los norteamericanos. La noticia tuvo repercusiones internacionales mixtas, siendo condenada por líderes afines a N. Maduro como Miguel Díaz Canel (Cuba) o Vladímir Putin (Rusia), y celebrada por opositores tales como Javier Milei (Argentina). Sin embargo, la enorme mayoría optó por tomar una postura a favor de la desescalada, el respeto por las normas del Derecho Internacional y el diálogo. La situación actual es, ciertamente, compleja y controvertida: los principios de soberanía deberían ser siempre respetados, pero, ¿qué ocurre cuando un autoritarismo se vuelve tan duro y causa tanto daño a sus víctimas como el de Venezuela? (Para más detalles, se recomienda leer «Apuntes sobre el descalabro venezolano» publicado en 2024 por ESCANEO POLÍTICO). Por lo pronto, y hasta que no se garantice un transición pacífica y justa, Estados Unidos «gobernará» Venezuela de forma provisoria.
Controversias territoriales
En los últimos tiempos se viene constatando un aumento de la actividad militar de Rusia y China en el Ártico. Dada la importancia geopolítica del territorio helado, eso podría llegar a desencadenar enfrentamientos con Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.
Pasando al continente asiático, un vínculo que acapará la atención de toda la comunidad global durante 2026 será el de China y Taiwán. El conflicto —cuyos inicios se remontan a 1949, pero que con el correr de los años se ha ido agudizando— está centrado en la soberanía del segundo: mientras las autoridades chinas aseguran que la isla es de su propiedad y que la reunificación con dicha «provincia rebelde» es un proceso histórico e imparable, las autoridades taiwanesas ratifican su compromiso por defender la independencia de su territorio. Ya el 1 de enero de este nuevo año, la situación ha escalado: China ha estado realizando ejercicios militares a gran escala con destructores y fragatas alrededor de Taiwán, justificando sus acciones como una «advertencia» contra las fuerzas separatistas. Del otro lado, el atacado —que funciona de facto como una democracia independiente con gobierno, moneda y ejército propio— condenó la ofensiva y criticó las ambiciones expansionistas chinas. En el plano internacional, Estados Unidos cuestionó a China y aseguro que mecanismos de ese tipo aumentan las tensiones regionales de forma innecesaria. En ese sentido, es necesario contemplar la importancia estratégica de Taiwán (el mayor productor mundial de semiconductores) y su Estrecho. No cabe duda que, en los próximos meses, el asunto despertará intereses en propios y ajenos.
Por otra parte, en América del Sur, las tensiones entre Venezuela-Guyana por el Esequibo se vienen agudizando cada vez más. Si bien la disputa por dicha región selvática tiene muy larga data, lo cierto es que el 2025 ha sido testigo de una fuerte escalada militar en la zona. ¿Cuál es la causa de este agravamiento? El referéndum convocado por el presidente venezolano Nicolás Maduro en 2023 para anexar el territorio y aprobar la creación de un nuevo estado, algo que, naturalmente, fue interpretado por Guyana como una clara amenaza a su soberanía y, por ende, llevó el caso a la Corte Internacional de Justicia. Con una Venezuela que continúa presentando argumentos en pro de defender de su reclamo, la pugna —que tiene implicaciones geopolíticas y económicas significativas, dada la riqueza en recursos petroleros del territorio disputado— depende de la vía diplomática. Empero, esta todavía no parece tener una solución inmediata.
Por último, y aunque no se trate de una pelea territorial propiamente dicha, ha de mencionarse la —tensa y compleja— relación actual entre Argelia y Francia. La crisis diplomática entre ambas se debe, principalmente, a diferencias históricas (memoria colonial), ya que la nación africana exige reconocimiento y reparaciones por las atrocidades cometidas por la europea durante la época de la colonización, es decir, de 1830 a 1962. Francia, en tanto, busca la reconciliación a través de una suerte de «trabajo de verdad y memoria» y eso no deja de provocar malestar en algunos sectores. Otra de las razones que han contribuido al distanciamiento entre estos dos países tienen que ver con algunas decisiones del actual presidente francés, Emmanuel Macron, tales como su alineamiento con Marruecos en lo que respecta a Sáhara Oriental. Algunos desencuentros diplomáticos (como la expulsión mutua de funcionarios consulares en 2025) o ciertas modificaciones de la legislación francesa sobre acuerdos migratorios completan el cóctel. A pesar de ello, existen líneas de cooperación entre ambos, especialmente dentro del ámbito comercial e inversor. Asimismo, también han sido buenos aliados en términos de seguridad y defensa, intentando luchar contra el terrorismo y el crimen organizado. Todo un vínculo de amor-odio que podrá sumar nuevos capítulos en los meses venideros.
Rivalidad entre potencias
La —añeja— competencia entre China y Estados Unidos es una lucha multidimensional por la supremacía global, motivada por factores que han ido evolucionando a lo largo del tiempo.
Ambos se disputan, por ejemplo, la hegemonía económica y comercial. El país norteamericano ha sido, desde la época de posguerra, líder en la materia. Sin embargo, en los últimos años, el asiático amenaza (cada vez más) con usurpar ese rol, pues aspira a convertirse en la mayor economía mundial en 2035. Esta desafiante actitud pone en alerta al Estados Unidos, quien cuestiona los mecanismos que su rival emplea para conseguir esa meta (alegando prácticas como el robo de propiedad intelectual, el uso de trabajo forzado o los subsidios estatales «injustos» que, a su criterio, no hacen más que distorsionar el comercio global). Por otra parte, también existe una lucha por la influencia regional, ya que los dos se esfuerzan por transformarse en el socio principal de determinadas regiones estratégicas (tales como Latinoamérica o el Sudeste de Asia) mediante inversiones en infraestructura y otorgación de préstamos.
El dominio tecnológico es otro de los rubros por los que pugnan chinos y estadounidenses. En la actualidad, ya no solo compiten por manufactura de bajo costo, sino también por establecer las normas del futuro digital. Se disputa la industria de semiconductores (chips), Inteligencia Artificial (IA), redes 5G/6G, exploración espacial y todo lo vinculado a energías limpias (esto es, baterías, paneles solares, vehículos eléctricos, etcétera).
En lo que respecta a seguridad, ambos rivalizan por tener el máximo control marítimo posible, generando una fricción constante en el Mar de China Meridional y el Estrecho de Taiwán con el fin de dominar rutas comerciales críticas. Al mismo tiempo, sostienen una feroz carrera armamentista, que los mantiene inmersos en una modernización militar acelerada y en una constante búsqueda de expansión de competencias a nuevas fronteras, tales como el Ártico.
Las diferencias en ideología y modelos de gobernanza completan el panorama, provocando un auténtico choque. La democracia liberal y el capitalismo de mercado estadounidense se enfrentan al modelo autoritario de Estado chino. Simultáneamente, ambos buscan ejercer influencia internacional para que las normas se ajusten a sus respectivos valores y sistemas políticos.
Militarización tecnológica
De un tiempo a esta parte, los enfrentamientos ya no se limitan únicamente al campo de batalla tradicional. El uso de drones, los ataques cibernéticos, las operaciones híbridas y el uso de Inteligencia Artificial (IA) redefinen los conflictos contemporáneos. Muchas potencias ya lo saben de sobra, y es altamente probable que en 2026 esa lógica se normalice todavía más. Claro que no todos los países serán capaces de integrar estas tecnologías con la misma facilidad y, por ende, se generarán nuevas desigualdades, ahora también en materia de seguridad internacional y ciberdefensa.
Reconfiguraciones en el comercio global
La Organización Mundial del Comercio (OMC) prevé una ralentización significativa del crecimiento comercial global para 2026, estimando que tales valores estarían en el entorno del 0.5%. Los motivos que justifican tales predicciones son, fundamentalmente, dos. Por un lado, medidas arancelarias radicales basadas en las ideas de proteccionismo (como las impuestas a partir de abril de 2025 por el presidente estadounidense D. Trump) y, por otro lado, la alta fragmentación geopolítica. A eso se le suman ciertos fenómenos ocurridos recientemente (como la pandemia de Covid-19) y los numerosos conflictos bélicos en curso (como el de Rusia y Ucrania).
Todos los elementos antes mencionados ponen en evidencia cuán frágiles son las cadenas globales. Se espera que el 2026 sea, entonces, un año en el que los actores busquen «resiliencia» económica a través de medidas que incluyan la diversificación de proveedores (aplicando, por ejemplo, prácticas como el near-shoring o el friend-shoring) y el aseguramiento de insumos críticos, siempre con el fin de alcanzar la tan anhelada soberanía estratégica. Asimismo, tampoco debe obviarse la creciente tendencia hacia el uso energías limpias y renovables que, como necesitan de recursos como litio, grafito y tierras raras, establecerán un nuevo mapa de dependencia. La logística, la digitalización y la IA, por su parte, también son (y serán) factores clave para el rubro, considerando que, gestionados adecuadamente, estos pueden contribuir a disminuir los costos, ahorrar tiempo (gracias a la automatización) y mejorar la trazabilidad.
Todos estos cambios tendrán, lógicamente, un importante impacto en las políticas industriales, las inversiones y las exportaciones de los países. Empero, también podrían traer consigo desequilibrios económicos y resistencias políticas.
Multilateralismo en jaque
Los organismos internacionales enfrentan una verdadera crisis de legitimidad (tal como ya se anunciaba en artículos como OMS «Anuncios de retiro de la OMS: ¿Multilateralismo debilitado?» y «¿Es el fin del atlantismo?» de ESCANEO POLÍTICO). Y es que, desde hace algunas décadas, se viene constatando que estos entes han visto mermada su capacidad para mediar, coordinar y ofrecer soluciones acordes a las necesidades y problemáticas actuales del mundo.
Sucede que, mientras que los conflictos no dejan de escalar y prolongarse, la respuesta global se debilita. Como disminuye la financiación a entes de ayuda, los rescates internacionales se ven fuertemente impactados. Esa realidad ha favorecido el surgimiento de lo que algunos denominan «multilateralismo líquido» , en donde se establecen pactos y coaliciones ad-hoc (que solo buscan atender una cuestión específica, entre actores concretos y durante un período de tiempo acotado) y en donde los acuerdos bilaterales ganan terreno a pasos agigantados. Este formato permite agilizar la toma de decisiones, pero, al mismo tiempo, también incrementa la fragmentación global y la volatilidad.
Debido a esto, el 2026 podría ser el año en el que muchas crisis se superpongan al mismo tiempo y, a su vez, el multilateralismo siga perdiendo fuerza. Para que este último subsista, será clave encontrar el equilibrio entre soberanía, integración global y gobernanza. Y es que las normas compartidas deberían primar por sobre «la ley del más fuerte» .
Bloque regional en apuros
Podría decirse que el la Unión Europea ha sido una de las más importantes protagonistas del 2025. Pero las razones no han sido del todo positivas, ya que este ha sido noticia, más bien, por su pérdida de relevancia en el tablero global (ver «Europa en reconfiguración geopolítica» de ESCANEO POLÍTICO). Por un lado, no está siendo capaz de mediar en conflictos que lo afectan directamente, tales como la guerra entre Rusia y Ucrania. Por otro lado, viene siendo cada vez más dejado de lado por parte de su histórico aliado, Estados Unidos, que ya no quiere seguir haciéndose cargo de su defensa. Sin embargo, el Grupo de los 27 enfrenta ciertas dificultades que le impiden solucionar con eficacia sus problemas de seguridad regional, y tienen que ver con la falta de cohesión interna y sus consecuentes obstáculos al momento de buscar acuerdos y tomar decisiones conjuntas. Acorralado frente a una Rusia cada vez más agresiva, el Viejo Continente tiene poco margen de acción. Para colmo de males, la amenaza comercial de China no deja de crecer y complejizan —aún más— su panorama general.
Crisis humanitarias por doquier
Conflictos bélicos como el de Rusia-Ucrania o el de Israel-Gaza. Guerras civiles como las de Myanmar (Birmania), República Democrática del Congo, Sudán o Yemen. Secuelas de conflictos antiguos como las de Afganistán o Siria. Altos niveles de inseguridad ciudadana como los provocados por pandillas en Haití. Desastres naturales recurrentes como los que tienen lugar en países —de por sí vulnerables— como Etiopía, Filipinas, Guatemala, Honduras, Indonesia, Kenia, Somalia o Vanuatu. Persecución política a ciudadanos como la de China, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua o Venezuela…
Independientemente de su naturaleza y geolocalización, estos fenómenos —que en muchos casos, de hecho, se dan de forma simultánea en un mismo sitio— tienen un elemento común: todos, sin excepciones, generan graves consecuencias en sus respectivas poblaciones.
Y es que los ataques a infraestructuras esenciales (como colegios y hospitales), el colapso de servicios básicos (como el suministro de agua potable, gas y energía eléctrica), las crisis sanitarias (debidas a la rápida propagación de epidemias como consecuencia de la escasez de fármacos y de personal médico), la inseguridad alimentaria (ocasionada por la destrucción de fábricas y campos de cultivo), las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos por parte de gobiernos o grupos poderosos (que incluyen crímenes de lesa humanidad, ejecuciones extrajudiciales, torturas, violencia sexual y arrestos arbitrarios), las restricciones de movilidad (mediante el bloqueo de aeropuertos internacionales o debidas a la falta de combustibles), el reclutamiento involuntario de niños y jóvenes menores de edad con fines de adoctrinamiento delictivo, y los recortes a las libertades individuales (incluidas las de expresión, opinión y creencias) dejan cicatrices difíciles de borrar. A propósito, a finales de 2024, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) anunciaba que, a nivel global, había ya 123,2 millones de personas desplazadas. La escalofriante cifra es una prueba irrefutable de los daños causados por los enfrentamientos violentos.
Declive democrático
La democracia está en crisis. Ya se lo afirmaba en artículos como «La libertad global en declive» y «¿La democracia en caída libre?» de ESCANEO POLÍTICO, donde se demostraba que el mundo atraviesa un período crítico en cuanto a indicadores democráticos. Estos últimos constatan que, en la actualidad, el mundo cuenta con más autocracias que democracias, y que más del 70% del planeta vive bajo alguna variante de régimen autocrático. Los tres elementos que explican estas preocupantes cifras son los ataques a la libertad de expresión, la polarización extrema y la manipulación electoral. Por tal motivo, el surgimiento de movimientos ideológicos que buscan eliminar los contrapesos institucionales, el auge de los populismos y la desinformación, representan un enorme desafío a los valores democráticos liberales tradicionales.
Cuidado: en 2026 no faltarán los gobiernos que, alimentándose de las crisis, la incertidumbre, el miedo, y en nombre de una supuesta «seguridad» , «estabilidad» o «resiliencia» impongan autoritarismos suaves, regulaciones urgentes y cualquier otro tipo de medidas que restrinjan las libertades. La responsabilidad, la acción coordinada y el trabajo por el fortalecimiento de las instituciones serán, entonces, la única forma de poder frenar esta tendencia
Nuevas formas de participación ciudadana
Los cambios demográficos y transformaciones en la identidad digital tienen impacto directo en el involucramiento de las sociedades en política. Se espera que para 2026 se continúe evolucionando hacia modelos híbridos que integran IA para mejorar el procesamiento de información y tecnologías descentralizadas que favorecen la interacción continua entre gobiernos y civiles gracias a la eliminación de barreras de tiempo y/o espacio.
Asimismo, también se espera una consolidación en el rol público de la GenZ, que tanto protagonismo ha tenido durante 2025 en Nepal y Marruecos (algunos de los casos más sonados), pero también en países como el africano Madagascar o el sudamericano Perú. (Para conocer más detalles acerca del fenómeno, visitar «Nepal y Marruecos: La revolución política de la Generación Z» de ESCANEO POLÍTICO).
Por otra parte, se estima que las manifestaciones callejeras seguirán estando a la orden del día en 2026. De hecho, a finales de 2025 estallaron protestas en Irán que, si bien comenzaron de forma pacífica pretendiendo expresar malestar económico, ya a inicios de 2026 se han transformado en un episodio de lamentable violencia, que incluye víctimas mortales, arrestos masivos y, en definitiva, una respuesta cada vez más dura por parte del Estado. Los motivos que llevaron a los civiles a manifestarse fueron principalmente dos: las altas tasas de inflación (que rondan el 40%) y la rápida depreciación de la moneda local, el Rial (que en el último año ha perdido cerca de la mitad de su valor frente al dólar estadounidense). Ambos factores han erosionado gravemente el poder adquisitivo de la población y, por ende, han generado un clima de frustración generalizada en el país. Se aguarda, entonces, para conocer cómo seguirán desencadenándose los hechos.
Cuestiones climáticas y ambientales
Aunque controvertidos, la lucha contra el cambio climático y los esfuerzos por mejorar la sostenibilidad ambiental continuarán siendo asuntos prioritarios en las agendas de muchos gobiernos (y ciudadanos) del mundo. Quienes buscan negar estos fenómenos asegurando que el planeta Tierra históricamente ha tenido ciclos de calentamiento/enfriamiento de forma natural y que el accionar del hombre no influye en estos, se enfrentan a quienes intentan demostrar científicamente que la actividad humana sí tiene consecuencias sobre el clima y los recursos naturales.
Sea como sea, lo cierto es que eventos naturales extremos tales como sequías, inundaciones, terremotos y tsunamis, suelen generar graves perjuicios en determinados territorios, particularmente en aquellos —previamente— vulnerables en términos de economía e infraestructura civil. Estas poblaciones, ciertamente, no disponen de los mismos recursos de los que puede disponer una nación más desarrollada para la restauración de sus espacios y, por ende, les resulta más difícil volver a la normalidad, si es que acaso alguna vez lo consiguen. En la mayoría de los casos, quedan atrapadas en crisis recurrentes.
En esa línea, en noviembre de 2026, se llevará a cabo la COP31. En esta oportunidad, la anfitriona, Turquía, compartirá la presidencia con Australia y las naciones del Pacífico de forma simbólica. Todo con el fin de resaltar la fragilidad de las islas oceánicas en lo que a climatología respecta.
*Foto de portada: Globalización e incertidumbre: Un mundo altamente tecnologizado, fuertemente interconectado y rápidamente cambiante | Imagen creada con Inteligencia Artificial (IA).
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