Cuba 2026: ¿Apertura inevitable o colapso sistémico?

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🇨🇺 | El ocaso de la dinastía Castro, el fin del subsidio de Venezuela, la presión de Estados Unidos, el pulso de China/Rusia y el hastío civil — [Análisis de situación].



Desde los últimos años, y muy especialmente desde inicios de 2026, Cuba no ha dejado de copar titulares de prensa a nivel global. Desafortunadamente, las razones que justifican tan alto nivel de exposición no son en lo absoluto positivas, dado que lo que provoca que los ojos del mundo estén puestos sobre ella es su inédita fragilidad sistémica. Y es que, en la actualidad, la isla atraviesa su crisis más profunda desde el triunfo de la Revolución de 1959.

Con apagones energéticos casi permanentes, índices de inflación que han pulverizado el salario estatal y un éxodo migratorio sin precedentes en su historia moderna, el descontento ciudadano se hace cada vez mayor. Para colmo de males, a pesar de que el presidente Miguel Díaz-Canel intente gestionarlo con tímidas reformas económicas, la sombra de la dinastía de los Castro aún sigue proyectando su influencia desde los cuarteles.

La operación «Resolución absoluta» (ya examinada en el artículo «Venezuela tras la intervención estadounidense: ¿Y ahora qué?» de ESCANEO POLÍTICO) de Donald Trump el pasado mes de enero completa el panorama, pues tras ella el país insular perdió a un aliado económico e ideológico clave. Además, envalentonado por sus logros en territorio venezolano, el mandatario norteamericano comienza, ahora, a plantearse la posibilidad de intervenir también sobre Cuba.

Teniendo en cuenta todos estos aspectos es que, en las siguientes líneas, se intenta analizar la situación cubana actual y se busca explicar cómo el legado de una única familia se ha convertido en una auténtica estructura de Estado, que maneja todos los hilos del poder en el país. Asimismo, se exponen cuáles serían las consecuencias de una eventual intromisión extranjera (estadounidense) y, en tal sentido, se explica de qué modo el espejo de Venezuela, aunque pueda parecer cercano, devuelve, en realidad, un reflejo distinto.

De la «Neocolonia» a la Revolución

Para comprender cómo Cuba ha llegado a este caótico punto actual, es preciso repasar algunos hechos y fenómenos de su historia moderna, especialmente aquellos ocurridos a mediados del siglo XX. En aquel entonces, Cuba era una nación próspera, aunque profundamente desigual y dependiente de Estados Unidos. En 1952 y con ayuda de la potencia norteamericana, Fulgencio Batista dio un golpe de Estado que instauró un período de dictadura militar.

Un año más tarde y con el fin de derrocarlo, Fidel Castro —quien por aquellos tiempos era un joven abogado— lideró un asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba. A pesar de que el suceso fue un fracaso en términos militares y que el insurrecto marchó a prisión, sí que sirvió para darle visibilidad política a aquel letrado que pretendía reformar su país al 100%.

Tras permanecer encarcelado durante algunos años, F. Castro fue amnistiado en 1955. Se exilió en México, donde fundó el Movimiento 26 de Julio y conoció a figuras como Ernesto «Che» Guevara. Ya en 1956 regresó a Cuba. Aunque la expedición en la que se trasladaba sufrió un accidente y muchos viajeros fallecieron o fueron capturados por el ejército de su país, él logró sobrevivir. A partir de entonces, se refugió en las montañas de la Sierra Maestra junto a su hermano Raúl y el mismísimo E. Guevara. Desde allí, iniciaron una guerra de guerrillas que fue ganando apoyo popular de forma paulatina. El régimen de F. Baptista, por el contrario, ya comenzaba a debilitarse, pues la corrupción y la represión militar hicieron que este fuera perdiendo apoyo incluso dentro de sus propias filas y por parte de Estados Unidos.

A finales de 1958, las columnas rebeldes lideradas por E. Guevara avanzaron hacia el centro de la isla y tomaron la ciudad de Santa Clara, el nexo central del sistema ferroviario y de comunicaciones de Cuba. El hito provocó la huida de F. Batista, quien en la madrugada del 1 de enero de 1959 abandonó el país. Ese mismo día, las fuerzas revolucionarias entraron triunfantes en Santiago de Cuba y, algunos días más tarde, en La Habana. Inicialmente, Fidel asumió el cargo de Comandante en Jefe, pero, al mes siguiente, fue nombrado Primer Ministro, consolidando, de esa forma, su control sobre el nuevo gobierno cubano.

Es preciso, igualmente, desmontar el mito de que la Revolución fue un evento puramente ideológico desde el día uno. En sus orígenes, esta fue una respuesta nacionalista a la degradación institucional generada por F. Batista, quien cerró la vía democrática y dejó el camino allanado para la insurgencia armada. Fidel no emergió como un líder comunista inmediatamente, sino que se presentó ante sus compatriotas como un actor que pretendía restaurar la Constitución de 1940 con un programa de gobierno reformista y socialdemócrata. Su radicalización llegó, más bien, luego de su triunfo en 1959, cuando, debido a la desconfianza mutua con Estados Unidos y la necesidad de financiamiento, optó por aliarse con la Unión Soviética.

A partir de entonces —e incluso antes de que Cuba fuera oficialmente declarada socialista en 1961—, el gobierno de F. Castro comenzó a gestar la herencia estructural que persiste hasta la actualidad: la del férreo control social e informacional. La intervención de periódicos y universidades, así como la creación de Comités de Defensa de la Revolución (CDR) estableciendo un estricto sistema de vigilancia vecinal y la alta militarización estatal son tan solo algunos ejemplos de los métodos de supervisión civil empleados por el ejecutivo.

El modelo castrista: características, transiciones y peso actual

El plan de acción de F. Castro estaba centrado en efectuar modificaciones profundas en sectores claves de la nación insular, a saber: 1) Agro (entregando la propiedad de la tierra a los campesinos que la trabajaban con el fin de eliminar los latifundios); 2) Vivienda (proponiendo leyes para reducir los alquileres a la mitad y facilitar que los inquilinos se convirtieran en propietarios); 4) Industria (movilizando el capital nacional para impulsarla y resolver, así también, el grave problema del desempleo que la isla padecía en aquellos momentos); 5) Educación (coordinando esfuerzos para lograr niveles de alfabetización masiva, así como también para convertir fortalezas militares en escuelas); 6) Salud Pública (extendiendo los servicios sanitarios a las zonas rurales); y 7) Soberanía Nacional (rechazando la injerencia de empresas extranjeras, especialmente estadounidenses, en sectores estratégicos como la electricidad y el gas).

En este programa inicial, el compañero de militancia de Fidel, Ernesto «Ché» Guevara, tuvo un rol clave. Contrario a lo que suele creerse, fue mucho más que un simple guerrillero. El argentino (posteriormente nacionalizado cubano) ocupó importantes cargos tras el triunfo revolucionario, entre los que pueden destacarse el de Presidente del Banco Nacional de Cuba, el de Ministro de Industrias y el de Embajador/Diplomático. Eso sí: Aunque F. Castro y Guevara eran amigos cercanos y compartían el ideal revolucionario, sus personalidades y objetivos estratégicos eran distintos. Mientras que el primero era un político pragmático enfocado en consolidar el poder en la isla, el segundo era un ideólogo más radical y su vocación no era la de gestionar la administración de un Estado desde un despacho, sino que estaba más abocado a la guerrilla internacional.

Más adelante, en 1990 y todavía con Fidel gobernando, tuvo lugar otro suceso relevante, conocido como el «Período especial en tiempos de paz», que fue la crisis económica más severa de la Cuba revolucionaria. Todo ocurrió en medio de un contexto particular, como lo fue el del colapso de la Unión Soviética (URSS). Al desaparecer su principal socio comercial, la isla perdió de golpe el 80% de su comercio exterior y casi todo el suministro de petróleo, lo que provocó una contracción del PIB de aproximadamente un 35% en solo tres años. Esta etapa estuvo caracterizada por la escasez extrema, la crisis energética y la falta de combustibles, el colapso del transporte público (que llevó a que el gobierno importara cientos de miles de bicicletas chinas), además de la hambruna y sus consecuencias sanitarias. Ante este panorama tan complejo, el estallido social fue enorme. El malestar acumulado de los ciudadanos provocó el «Maleconazo» de 1994, que fue la mayor protesta contra el gobierno hasta entonces y derivó en la «Crisis de los Balseros», que, a su vez, fue un éxodo de más de 30.000 cubanos que se lanzaron al mar en embarcaciones precarias hacia Estados Unidos.

Para subsanar estos problemas, el gobierno de F. Castro tuvo que aplicar reformas antes impensables, como la legalización del dólar, la apertura al turismo internacional o la creación de mercados agrícolas privados, que permitieron que la economía se fuera recuperando paulatinamente. Además, en 1999, la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela (otra importante aliada cubana) contribuyó a una leve mejora. Sin embargo, las huellas sociales y económicas de ese período marcaron a toda una generación.

Bajo todos estos esquemas, Fidel fue el encargado de llevar las riendas políticas del país desde el triunfo de la Revolución de 1959 hasta 2006, momento en el que, debido a una grave enfermedad, debió delegar provisoriamente sus funciones a su hermano Raúl. Desde entonces, sus apariciones públicas se fueron haciendo cada vez menos frecuentes. De hecho, en 2008 renunció oficialmente a la presidencia y en 2011 hizo lo propio con el liderazgo del Partido Comunista de Cuba (PCC). Cuatro años más tarde, en 2016, falleció. Sin embargo, para sus seguidores, su figura y sus ideas continúan siendo un faro hasta el día de hoy. A propósito, Raúl Castro, quien gobernó desde 2008 hasta 2019, se aseguró de darle continuidad a su estilo.

Fue justamente durante dicha gestión que el actual presidente cubano, M. Díaz-Canel, comenzó su meteórico ascenso político: de 2009 a 2012 se desempeñó como Ministro de Educación Superior, y ya en 2013 fue nombrado Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, algo que lo posicionó como el sucesor directo del régimen. Como si eso fuera poco, en 2018 la Asamblea Nacional del Poder Popular lo eligió como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y, en 2019, tras la aprobación de una nueva Constitución, asumió el cargo refundado de presidente de la República. Dos años más tarde, en 2021, se convirtió en el Primer Secretario del PCC, el cargo con más poder en la isla, completando así el traspaso total de mando tras el retiro de Raúl Castro. Sin embargo, Miguel no es, en lo absoluto, el actor político más influyente de Cuba.

La dinastía Castro

El sistema político cubano actual no puede entenderse sin la influencia de la familia Castro. A pesar de que M. Díaz-Canel sea el presidente «oficial» de la isla, lo cierto es que su ejecutivo continúa utilizando el concepto de «Programa del Moncada» (al cual ya se hacía referencia en el apartado «De la ‘Neocolonia’ a la Revolución (1952-1959)» de este mismo artículo) como la base histórica y moral de su actual sistema político y social, lo que evidencia el enorme control que el clan de los hermanos Fidel y Raúl siguen manteniendo sobre el territorio. De hecho, aunque haya abandonado la presidencia formal en 2021, hasta el propio Raúl todavía conserva su cargo de general del Ejército y ocupa un escaño en la Asamblea Nacional, actuando, de algún modo, como el último garante del sistema frente a las crisis de la era Díaz-Canel.

Se trata de un régimen que solo deposita su confianza en la sangre. Prueba de esto son Alejandro Castro Espín —único hijo varón de Raúl, que en el presente es jefe/coordinador del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, un organismo al que todas las direcciones de inteligencia y contrainteligencia del gobierno se encuentran subordinadas— y Raúl Guillermo «Cangrejo» Rodríguez Castro —nieto de Raúl, quien ocupa el puesto de jefe de la Dirección General de Seguridad Personal (DGSP), el cuerpo encargado de protegerlo—.

Por otra parte, existen otros miembros jóvenes del linaje que hoy conforman lo que algunos denominan la «generación de los príncipes». Estos individuos, allegados tanto al fallecido Fidel como a Raúl, gestionan facetas del ocio y del consumo de lujo a través de restaurantes, inmobiliarias, etcétera. Sus altos niveles de vida contrastan enormemente con las penurias que la población general debe afrontar en su día a día y, como es de suponer, genera un profundo resentimiento social.

Otros actores relevantes

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)

El Ejército (FAR) es, al día de hoy, uno de los principales dueños del país. En 1959, tras su triunfo, Fidel no solo ganó una guerra de guerrillas, sino que destruyó el sistema de milicias profesionales de F. Batista y se ocupó de crear uno nuevo, fuertemente ideologizado y, sobre todo, fiel a su apellido.

El Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA)

Este «brazo empresarial» de las Fuerzas Armadas controla gran parte de la economía del país, especialmente la proveniente del sector turístico. Por ende, si se pretende analizar la situación actual de la isla caribeña y, cómo no, de su futuro inmediato, se debe contemplar que quién controla el dinero público, pues eso es casi igual de importante que ostentar la presidencia misma. Pero cuidado: tras los hechos ocurridos en enero de 2026, que trajeron como consecuencia el debilitamiento del régimen venezolano —que antes era un sostén para Cuba—, GAESA, y especialmente sus altos mandos, podrían estar en problemas. Sin la chequera proveniente de Venezuela, las lealtades internas podrían modificarse, y un escenario de golpe palaciego cobraría fuerza.

China y Rusia: el dúo euroasiático salvavidas

A partir de la intervención de Washington en Caracas, hay quienes hacen referencia a una posible «vietnamización» cubana. ¿Por qué? Porque consideran que, sin Venezuela, Cuba buscará abrirse a los mercados globales, aunque siempre manteniendo control político absoluto. Claro que ese plan no estaría libre de obstáculos, especialmente teniendo en cuenta que, a diferencia de Vietnam, Cuba no cuenta con una adecuada base industrial, ni tampoco mantiene una relación comercial fluida con sus vecinos regionales.

Como consecuencia de su aislamiento con Occidente, La Habana se ve obligada a buscar otras alternativas, y por eso ha reforzado sus alianzas estratégicas con potencias como China y Rusia. De hecho, el régimen cubano ya ha entregado concesiones de tierras y puertos tanto a Moscú y Pekín. Esto sugiere que la isla pudiera, eventualmente, convertirse en un «protectorado» de potencias extracontinentales, lo que elevaría las tensiones —ya existentes— con Estados Unidos.

Rusia, por su parte, ha enviado petroleros a Cuba, incluso desafiando las amenazas de sanciones, con el fin de abastecerla de crudo y así aliviar los apagones crónicos. Al mismo tiempo, empresas rusas están trabajando en la rehabilitación de su infraestructura eléctrica. Todo un win-win (ganar-ganar) para ambos: el régimen de Díaz-Canel recupera un sector estratégico para evitar su caída total, y el presidente ruso Vladímir Putin se asegura de mantener presencia militar y de inteligencia cerca de su histórico rival, Estados Unidos.

Aunque China también apoya a Cuba con tecnología e inversiones, lo hace de un modo más pragmático y a largo plazo respecto a Rusia. Pekín ha efectuado cuantiosas donaciones a La Habana, entre las que destacan sistemas fotovoltaicos y grupos electrógenos para electrificar zonas rurales, pero también infraestructura de banda ancha y televisión digital. Su apoyo no es solamente económico, sino que también facilita capacidades de monitoreo y control estatal al régimen cubano.

¿Intervención estadounidense 2026?: Opinión pública y posibles escenarios

El eventual proceso de injerencia norteamericana en la isla en 2026 es, posiblemente, el punto más sensible para la opinión pública en lo que hace a la cuestión Cuba. Lo que antes era un temor histórico de algunos sectores, ahora se ha convertido en una realidad cada vez más factible. La evidencia más contundente de ello son las declaraciones del presidente estadounidense D. Trump, afirmando que «Cuba es la siguiente» tras las operaciones que el mismo ha llevado adelante en países como Venezuela e Irán (para más detalles del proceso iraní, acceder al artículo «Oriente Medio en reconfiguración: La confrontación entre Irán y el eje Estados Unidos-Israel» de ESCANEO POLÍTICO).

Además de advertencias, el líder estadounidense se está encargando de endurecer sus sanciones a la isla. Ya el pasado mes de enero comenzó a apostar fuertemente a la asfixia energética, imponiendo un bloqueo petrolero mediante una orden ejecutiva que sanciona a cualquier país que venda combustible a Cuba, generando que proveedores clave como México y Venezuela suspendieran sus envíos.

En la actualidad, la nación insular atraviesa su crisis más profunda desde el período especial de la década de 1990 (ya mencionado previamente). Claro que la campaña de presión externa por parte de la administración de D. Trump está aportando a la causa, pero tampoco es posible obviar el colapso estructural interno que la nación cubana ya viene padeciendo desde hace décadas.

A la deteriorada infraestructura eléctrica (con sistemas obsoletos y plantas sin mantenimiento operando a menos de la mitad de su capacidad que provocan apagones contínuos), los elevados niveles de inflación, la falta de divisas, las dificultades para acceder a alimentos y la crisis sanitaria, se le suma una brusca caída en el turismo, uno de sus principales motores económicos, pues no hay combustible para los aviones, ni tampoco se pueden garantizar los servicios básicos.

Aunque el gobierno cubano asegura estar preparándose ante una posible intervención estadounidense, algunos analistas estiman que esto no ocurrirá. Washington, en realidad, está manejando una ambivalencia estratégica, pues a pesar de que su retórica sea agresiva, en realidad enfrenta el dilema de evitar que un ataque militar provoque una crisis migratoria masiva que podría resultarle incontrolable. De este modo, lo que está haciendo es debilitar económicamente a la isla para que su sistema se rompa internamente, pero mantiene la amenaza de un ataque solo para presionar más e intimidar.

Es de destacar que, a pesar de la tensión reinante y aunque sean limitados, existen contactos diplomáticos entre ambos países. Estos tienen el fin de tratar temas humanitarios, tales como la llegada —excepcional— de cargamentos de petróleo permitidos por la ONU y la Casa Blanca, que impidan un caos total.

No obstante lo anterior, el debate ya está sobre la mesa. Y los actores de la comunidad internacional han tomado sus respectivas posturas. Por un lado, están los defensores de la presión máxima, que son aquellos sectores del exilio cubano y figuras políticas estadounidenses como el secretario de Estado, Marco Rubio. Estos grupos sostienen que el modelo heredado de los hermanos Castro es el de un «estado fallido» —100% culpable de la enorme crisis económica y humanitaria que padecen sus ciudadanos— y que, además, representa una amenaza de inestabilidad regional —debido a su cercanía con Rusia e Irán—, por lo que aseguran que solo una acción externa (que podría ir desde un bloqueo naval total hasta una incursión militar) podría quebrar a las FAR y a GAESA. Por otro lado, están los sectores del soberanismo y el realismo, compuesto por gran parte de la comunidad internacional que, contrariamente a los planteos anteriores, advierten que una intervención militar o una presión asfixiante profundizaría el caos cubano y violaría la soberanía del país. Aseguran que la injerencia extranjera sería un desastre geopolítico, pues podría provocar una guerra civil y un agravamiento en la crisis de refugiados masiva hacia Estados Unidos, sin contar que le daría pie al régimen cubano para seguir alimentando la narrativa de «víctima del imperio» que, desde hace 60 años, viene utilizando.

Así las cosas, los probables escenarios futuros para Cuba podrían ser:

1) Colapso «controlado» (en caso de que Estados Unidos no intervenga militarmente, pero continúe asfixiando financieramente a GAESA a la par que negocia con sectores reformistas del ejército cubano para lograr una salida pactada de M. Díaz-Canel).

2) Crisis humanitaria crítica (en caso de que se diera una congestión total de la red eléctrica o un estallido social contundente, Estados Unidos se vería en la necesidad de establecer un «corredor humanitario» protegido militarmente, lo que técnicamente se convertiría en una intervención de facto).

3) La «carta rusa» (en caso de que Cuba llegara a permitir la instalación de bases de misiles o inteligencia rusa más agresivas, Washington podría ejecutar ataques quirúrgicos, reviviendo la tensión que vivió durante la Crisis de los Misiles de 1962).

Cuba y Venezuela: ¿Espejo regional?

Tras la operación estadounidense «Resolución Absoluta» del pasado mes de enero en Venezuela, el binomio estratégico conformado por La Habana y Caracas ha perdido fuerza. El vínculo cimentado por Fidel Castro y Hugo Chávez en los años 2.000 no solo fue una alianza ideológica, sino también un mecanismo de supervivencia mutua que hoy parece estar enfrentando sus horas finales.

En esa asociación táctica, la inteligencia cubana servía al gobierno venezolano para monitorear a sus ciudadanos y disidentes. Sin embargo, desde el pasado mes de enero y tras la captura de figuras clave del chavismo por parte de Estados Unidos, cuando se reportó el fallecimiento de más de 30 combatientes cubanos en suelo venezolano durante operativos militares, La Habana se vio obligada a reconocer oficialmente la presencia de agentes especiales en territorio venezolano y está optando por ir retirándolos paulatinamente.

Así como Cuba contribuía a Venezuela, Venezuela también contribuía a Cuba. Y lo hacía a través del petróleo. En tal sentido, el crudo funcionaba como una suerte de respirador artificial con el que Cuba podía sostenerse gracias al intercambio de sus servicios profesionales (especialmente médicos). No obstante, ahora, tras la interrupción masiva de los suministros venezolanos, la isla se encuentra atravesando una parálisis energética sin precedentes.

Es natural que los medios de comunicación y la opinión pública intenten buscar coincidencias entre las dos naciones caribeñas, dado que, además de ser amigas, ambas han despertado el interés de D. Trump en los últimos tiempos. Empero, si bien La Habana y Caracas son estrechas aliadas, sus procesos no son idénticos. Es cierto que las dos tienen dependencia mutua (petróleo por servicios – servicios por petróleo), fuerte control social mediante sus respectivos organismos de seguridad y una marcada retórica antiimperialista. Pero también es cierto que Cuba dispone de una estructura institucional de partido único mucho más consolidada y antigua que el chavismo de Venezuela. Es preciso contemplar que, aunque cuestionada, esta última mantiene formalmente una competencia electoral que Cuba no. El país insular, por el contrario, se define constitucionalmente como un estado socialista de partido único.

Por otra parte, también existen diferencias estructurales en sus ejércitos. Venezuela posee una capacidad militar nominalmente mayor respecto a Cuba, pues dispone de una interesante flota de cazas de combate y dedica un presupuesto de defensa significativamente superior, pero la cohesión interna de sus miembros se ha visto afectada tras los sucesos de los últimos meses. El ejército cubano, en tanto, es algo más compacto que el venezolano, pero está diseñado para una resistencia de guerrillas prolongada frente a una invasión y, aunque la preparación operativa de sus milicias haya mermado en las últimas décadas debido al desgaste físico y la falta de recursos, continúa siendo relativamente fuerte.

Fuera de todo ello, existe una realidad evidente: La orfandad energética de Cuba tras el vacío dejado por Venezuela ha abierto una ventana de vulnerabilidad que la administración de D. Trump no ha tardado en capitalizar. Y es que Washington ya no ve en Cuba como a un actor secundario, sino como a un enclave debilitado al que hay que sofocar definitivamente para así consolidar la hegemonía estadounidense en el territorio, bajo una renovada Doctrina Monroe.

Conceptos clave

● Fragilidad sistémica: A abril de 2026 y tras la pérdida del soporte energético de Venezuela, Cuba enfrenta una de sus crisis más profundas. La isla ha quedado a merced de la ayuda rusa y china.

● Poder fáctico: Aunque oficialmente sea M. Díaz-Canel quien ocupa la presidencia del país, el control real reside en el holding militar GAESA y en el círculo íntimo de la familia Castro.

● El factor D. Trump: La política de «presión máxima» de la administración estadounidense ha eliminado los espacios de diálogo y plantea un escenario bien de colapso, bien de transición forzada.

● Geopolítica 2.0: La isla vuelve a ser un tablero de la Guerra Fría, donde la supervivencia de su régimen dependerá de la capacidad que este tenga para equilibrar el asedio de Washington con las exigencias de Moscú y Pekín.

Acotaciones finales

En estos momentos, la pregunta del millón es qué pasaría si M. Díaz-Canel dejara el poder. Y es que, a pesar de las presiones externas que llegan desde Estados Unidos, lo cierto es que los asuntos domésticos también pesan. Según sus críticos, el presidente cubano es un mero «administrador del fracaso» que, además, carece del carisma que supieron tener los hermanos Castro.

Se estima que, en caso de que el actual mandatario abandonara su cargo, lo más probable es que la élite militar (GAESA) intente colocar a un líder más joven —pero igualmente leal— para mantener la continuidad. Claro que el riesgo de fractura interna estaría latente, pues sin un Castro al mando, las posibilidades de fisuras dentro del Partido Comunista aumentarían, especialmente ante protestas sociales como las ocurridas durante julio de 2021, cuando los cubanos salieron a las calles para protestar contra su gobierno en plena crisis sanitaria por la pandemia de COVID-19, ya que consideraban que la escasez y el racionamiento de alimentos, la falta de medicinas y las restricciones a las libertades de expresión y de reunión eran insostenibles. A fin de cuentas, Cuba se encuentra atrapada entre la reciente pérdida de un amigo (Venezuela), el ultimátum de una potencia vecina (Estados Unidos) y el apoyo interesado de aliados lejanos que la usan como ficha de cambio (China y Rusia).

El éxodo migratorio es otro aspecto de elemental consideración. La catástrofe humanitaria viene, desde hace décadas, desangrando a una nación que ya está cansada. Cuba está viviendo su mayor pérdida de población desde 1959, con familias enteras intentando marcharse, a lo que se le suma la «fuga de cerebros» que se da como consecuencia de la huida de profesionales. El impacto de este fenómeno es enorme, pues instituciones relevantes —como hospitales y centrales eléctricas— están quedando sin personal capacitado. De este modo, la isla se está convirtiendo en un país de ancianos sostenidos por remesas de exiliados que, en realidad, se encuentran cada vez más desconectados políticamente del régimen. Si bien los hermanos Castro —y ahora también M. Díaz-Canel— se han valido de las migraciones para exportar el descontento, lo cierto es que desde 2026 Estados Unidos ha endurecido sus fronteras a niveles inéditos. El cierre de esa «válvula de escape», tarde o temprano, traerá problemas a la «olla a presión» que hoy es la isla, porque el hastío civil no deja de crecer.

La lección final para el análisis internacional es clara: el modelo de «resistencia» cubano ya no es sostenible. Ya sea por un colapso interno, una transición negociada bajo presión estadounidense o una reforma radical forzada por la necesidad, la Cuba del siglo XX ha muerto. Lo único que queda hoy es un país que busca una identidad que, por cierto, ya no cabe en las consignas de 1959. El desafío para la comunidad global es el de evitar que este suceso llegue a convertirse en una tragedia humanitaria de proporciones regionales. El fin de la dinastía Castro no marcará solo el fin de una era política, sino el inicio de una reconstrucción nacional por demás necesaria.

*Foto de portada: Imagen creada con inteligencia artificial (IA).

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Análisis Internacional - Por J. Rodríguez Frola


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