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🇨🇴 | ¿Cómo impactará la asunción presidencial de Abelardo de la Espriella en los vínculos que el país sudamericano mantiene con la comunidad internacional?
El próximo 7 de agosto, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero asumirá la presidencia de Colombia para el período 2026-2030. Idolatrado por algunos y defenestrado por otros, «El tigre» —apodo que sus simpatizantes emplean para referirse al mandatario electo— no deja indiferente a nadie: sus controversiales declaraciones, su firmeza ideológica y su excéntrica personalidad lo han convertido en una figura política especial, algo que, a su vez, explica el hecho de que haya tantas expectativas —tanto positivas como negativas— respecto a su futura gestión gubernamental.
Es lógico prever que el cambio de signo político que supone la llegada de Abelardo a la Casa de Nariño traerá consigo un modelo de administración diametralmente opuesto al de su sucesor izquierdista Gustavo Petro, puesto que las ideologías de ambos son absolutamente antagónicas entre sí. Es esperable, entonces, que De la Espriella modifique casi al 100% el manejo de los asuntos internos y externos de su país.
Dejando de lado la política doméstica y poniendo el foco únicamente en cuestiones diplomáticas y de vinculación con terceros, es posible vaticinar que el arribo de «El tigre» representará un giro copernicano de 180 grados en el tablero geopolítico global y, sobre todo, americano. Y es que, en pocas palabras, Colombia pasará del multilateralismo ambiental y «Sur-Sur» de Petro a una cruda e inmediata realpolitik de seguridad, con diplomacia ideológica de derecha/ultraderecha y alineamiento total con Washington.
El objetivo de este artículo de ESCANEO POLÍTICO es, por tanto, analizar el perfil del (polémico) líder, así como también explorar qué implicancias podría tener su mandato en la región sudamericana y el mundo.
La victoria de un outsider
Es altamente probable que todo aquel que busque interiorizarse acerca de la vida y obra del presidente electo se sorprenda al descubrir su enorme polivalencia. Y es que, con 48 años, el abogado nacido en Bogotá el 31 de julio de 1978 también cuenta con una amplia trayectoria empresarial —que abarca rubros tan diversos como el de la moda de lujo, la industria alimentaria y la restauración— que, curiosamente, ha sabido complementar con actividades artísticas —llegando a desarrollar, incluso, una carrera como cantante—.
Su involucramiento en el ámbito político colombiano, contrariamente, tuvo lugar recién a partir de 2024, año en el que fundó el movimiento «Defensores de la Patria» . La iniciativa —que, según se especifica en su propio portal web, ha nacido para servir como escudo de protección civil frente a los abusos de poder, la corrupción y las amenazas a las instituciones colombianas— se autodenomina una propuesta de carácter pacífico y patriota, que defiende a la familia —a la que considera el núcleo de la sociedad—, la democracia y la libertad.
Así, inspirado en líderes internacionales como Donald Trump, Javier Milei y Nayib Bukele (Para conocer más detalles acerca del modelo de gestión de este último, visitar el artículo «Nayib Bukele: Defectos y virtudes de un líder hiperpresidencialista» de ESCANEO POLÍTICO), De la Espriella se ha ido posicionando como un outsider de «ultraderecha» con un discurso que combina mano dura en seguridad y libre mercado. Poco a poco, su figura fue cobrando cada vez más notoriedad pública. Por eso, a pesar de nunca antes haber accedido a un cargo como funcionario municipal ni estatal, en 2025 manifestó su firme intención de ser candidato en las elecciones presidenciales que se celebrarían en Colombia el año siguiente.
Claro que su camino no ha estado libre de obstáculos, considerando que tanto su campaña electoral como su pasado profesional fueron (y siguen siendo) objetos de controversia. El oficialismo de Petro —que a partir del 7 de agosto pasará a formar parte de la oposición— ha denunciado públicamente presuntas operaciones de desinformación, uso de vallas publicitarias agresivas en su contra y hasta actos de intimidación a sus simpatizantes por parte del entorno de De la Espriella. Adicionalmente, la personalidad de Abelardo y su desempeño como abogado también fueron puestos en tela de juicio debido a que:
– mantiene un estilo de vida ostentoso que no es bien visto por algunos sectores sociales;
– su discurso confrontativo lo ha llevado a tener duros cruces verbales con periodistas;
– ha defendido judicialmente a determinados excongresistas condenados por vínculos con paramilitares o implicados en grandes desfalcos público;
– ha efectuado giros ideológicos radicales, tales como el de definirse como ateo y luego pasar a articular discursos con abundante contenido y referencias religiosas.
– ha tenido gestos y declaraciones que han sido calificados como machistas y/o vulgares.
Sin embargo, y pese a todo lo citado, en una sociedad tan fuertemente polarizada como Colombia, todo eso terminó, de algún modo, favoreciéndolo en términos electorales.
Campaña electoral
De la Espriella oficializó su deseo de convertirse en aspirante a 43.º presidente colombiano en noviembre de 2025, durante un evento masivo que él mismo organizó en el Movistar Arena de Bogotá y que se denominó «Gran Convención Nacional de Defensores de la Patria» . Allí, ante unas 15.000 personas, el carismático líder presentó los principales ejes de lo que sería su plan de gobierno, al mismo tiempo que consolidó su discurso de derecha radical. A partir de ese momento y luego de que la Registraduría Nacional del Estado Civil —que es el ente encargado de autorizar las candidaturas presidenciales en Colombia— le diera el visto bueno para participar del proceso electoral, Abelardo comenzó a ejecutar su (particular) campaña política —que, dicho sea de paso, estuvo dirigida por el consultor político Carlos Suárez Rojas, quien también se desempeña como CEO de la agencia de comunicación Estrategia & Poder—.
El plan para atraer votantes estuvo caracterizado por la aplicación de una milimétrica y disruptiva estrategia de marketing digital en la que las redes sociales jugaron un papel fundamental. En tal sentido, se apostó por la creación de una fuerte marca personal basada en la figura del tigre y todo lo que ese animal representa en cuanto a valentía y brío. Además, se priorizó la generación de emociones y el espectáculo por encima de las propuestas programáticas tradicionales. ¿Cómo? Mediante la construcción de un estilo de vida aspiracional, en el que el candidato ostentaba éxitos materiales en pro de transmitir la idea de autoridad, poder e independencia económica —pretendiendo dar a entender que, a diferencia de la mayoría de sus contrincantes, su propaganda política era autofinanciada—.
Durante esos intensos meses de actividad proselitista, el discurso, los mítines y las giras de De la Espriella han girado en torno al concepto de «Patria Milagro» , que es el nombre que el líder le ha otorgado a su plan de gobierno —buscando hacer referencia a la transformación radical a la que dicho proyecto apunta—. Los cuatro pilares de su manifiesto son:
1) La seguridad y la autoridad democrática (desmantelando las previas políticas de negociación pacífica con criminales y narcotraficantes para así pasar a un «modelo de choque» , que incluya fumigaciones aéreas y bombardeos, cuente con el apoyo de reservistas y se oriente a recuperar el control territorial).
2) El crecimiento económico acelerado (aspirando a alcanzar un crecimiento del PIB del 7% anual tomando como referencia casos como el de Corea del Sur o Singapur, algo que se financiaría reduciendo el tamaño del Estado en un 40% y eliminando entidades públicas innecesarias).
3) La inclusión tecnológica (digitalizando los servicios públicos mediante el uso de inteligencia artificial y creando instituciones como la «Universidad Virtual en Casa» ).
4) La alineación institucional y descentralización (Promoviendo una estricta separación de poderes, con enfoque en regiones y eliminación de centralismos tradicionales).
Otras promesas electorales resonantes —bien por su carácter innovador, bien por su impacto mediático— de «Patria Milagro» son la reducción del déficit fiscal, la simplificación tributaria, la legalización del porte de armas para civiles, la construcción de megacárceles al estilo salvadoreño, y el fin de la «Paz Total» (es decir, la política de Estado implementada por Petro que, a través de diálogos de paz con integrantes de grupos guerrilleros políticos, pretendía superar el conflicto armado interno que hace décadas azota a la nación sudamericana).
En otro orden, es preciso aludir a la fórmula presidencial. La decisión de sumar al economista José Manuel Restrepo como candidato a la vicepresidencia no ha sido casual. Hábil, Abelardo de la Espriella encontró el modo perfecto de contrarrestar su falta de experiencia ejecutiva con un número dos que aportará un perfil más técnico y moderado.
Comicios 2026
Las elecciones presidenciales para elegir al presidente y al vicepresidente de Colombia para el periodo constitucional 2026-2030 se llevaron a cabo el 31 de mayo, pero, como ninguna de las fórmulas consiguió llegar al umbral que la Constitución exige para obtener la victoria en primera vuelta, tuvo que efectuarse un balotaje al mes siguiente. Así, el pasado 21 de junio de 2026 más de 40 millones de colombianos fueron llamados a las urnas para sufragar en uno de los comicios más reñidos de la historia reciente del país, debiendo tener que optar entre la propuesta del izquierdista Iván Cepeda (delfín político de Gustavo Petro) y la del «ultraderechista» Abelardo De la Espriella.
Según el escrutinio presentado por la Corte Nacional Electoral (CNE), el movimiento «Defensores de la Patria» se impuso por un mínimo margen ante la agrupación «Pacto Histórico» de Cepeda. La diferencia de votos entre ambos candidatos fue solo de alrededor de 250.000, puesto que el primero consiguió un total de 12.960.166 y el segundo 12.708.312.
Cabe destacar que tanto las campañas electorales de los candidatos —de primera y segunda vuelta— como las propias jornadas de votación han sucedido en medio de un clima político, cuanto menos, particular, pues se ha visto afectado por la inseguridad, la polarización y tensión institucional reinantes. Esto ha provocado que ciertos simpatizantes y líderes de sectores de izquierda llegaran a cuestionar el recuento de votos. Es el caso de Gustavo Petro, quien se encuentra convencido de que el proceso ha sido «fraudulento» . Sin embargo, tras realizar las debidas verificaciones de las actas entregadas por las comisiones escrutadoras de la Registraduría Nacional, las autoridades ratificaron la legitimidad de los resultados.
Acto de asunción
Contrario a lo que marca la tradición colombiana y gracias a la aprobación que obtuvo por parte del Congreso, De la Espriella no asumirá su cargo en Bogotá, sino que lo hará en Cali —ciudad que montará un enorme despliegue de seguridad en pro de garantizar una transición pacífica y ordenada, contemplando los posibles riesgos que podrían derivarse de las movilizaciones populares a las que ha convocado la oposición—.
Por otra parte, ya se ha confirmado la presencia de varios jefes de Estado —representantes de la derecha y «ultraderecha» política regional— en el acto, a saber: el argentino Javier Milei, el boliviano Rodrigo Paz, la costarricense Laura Fernández, el chileno José Antonio Kast, el dominicano Luis Abinader, el ecuatoriano Daniel Noboa, el hondureño Nasry Asfura, el panameño José Raúl Mulino y el paraguayo Santiago Peña. También asistirán el rey Felipe VI de España, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, y, como figura extragubernamental, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Ya dentro del plano nacional, acudirán al evento los expresidentes colombianos conservadores Álvaro Uribe, Iván Duque y Andrés Pastrana, mientras que no lo harán el derechista moderado Juan Manuel Santos ni el socialdemócrata Ernesto Samper.
En la ceremonia también habrá otras dos grandes ausencias. Una de ellas es la de Cepeda, quien fuera contrincante de De la Espriella en el pasado balotaje. De hecho, ninguno de los integrantes de su agrupación estará presente, puesto que el líder ha convocado a «manifestaciones pacíficas de desobediencia civil y soberanía popular» en Barranquilla, Bogotá y Cali durante esa jornada. Gustavo Petro, en tanto, tampoco asistirá al traspaso de mando. La diferencia es que el presidente saliente se ha mostrado bastante menos conciliador, pues continúa aseverando que las elecciones del pasado mes de junio fueron fraudulentas y hasta denuncia que ha habido injerencia extranjera (estadounidense) en el proceso. Fiel a su estilo, también dice avizorar una posible guerra civil en su país como consecuencia del rechazo que generan algunos planes del futuro equipo de gobierno. Así las cosas, queda en evidencia que, para De la Espriella, el escenario de gobierno será de máxima tensión desde el día uno.
Hacia una reconfiguración interméstica
Cualquier mandatario debe, necesariamente, ocuparse tanto de la política interna (doméstica) como de la externa de su país. De la Espriella no es la excepción, pues deberá atender las demandas de sus ciudadanos y resolver diversos problemas locales, pero, al mismo tiempo, tendrá que trabajar por reforzar los vínculos internacionales de Colombia. Lo cierto es que, tras la era Petro, la nación sudamericana viene enfrentando algunos desafíos en lo que respecta a relaciones bilaterales y multilaterales, puesto que, en ocasiones, el presidente saliente optó por priorizar la afinidad ideológica antes que el pragmatismo.
En tal sentido, a partir del 7 de agosto, Abelardo deberá hacer frente a esa realidad, esforzándose, claro, por no cometer los mismos errores que su antecesor. Ocurre que, aunque manejen ideas opuestas, ambos son líderes radicales buscando imponer sus modelos de gestión. El problema de ello es que, en política exterior, casi siempre es preferible elegir el camino del utilitarismo. La ecuación es simple: cuanto más y mejor se relacione un país con terceros, más y mejores beneficios internos obtendrá. Eso justifica la importancia de labrar una correcta imagen para el afuera en pro de ampliar el abanico de socios.
Para el caso concreto de Colombia, el hecho de contar con más y mejores alianzas aseguraría el acceso a ayudas externas que contribuirían positivamente a sus intereses nacionales. Un ejemplo práctico es el anhelo de De la Espriella de securitizar la agenda. Si este efectivamente consigue cumplir con su propósito de reactivar la cooperación militar externa y así combatir el crimen transnacional y el narcotráfico en las fronteras, al final, todos los civiles se verán favorecidos. Otra de las claras ventajas que podría tener un mejor relacionamiento con el extranjero es la atracción de capitales. Como defensor del libre mercado, «El Tigre» podría, verbigracia, establecer programas de seguridad jurídica para inversores foráneos o, incluso, promover acuerdos tecnológicos con corporaciones globales —como la estadounidense Starlink— para garantizar la conectividad de poblados rurales.
No obstante —y volviendo a hacer hincapié en el peligro que supondría reiterar los fallos diplomáticos de Petro—, tampoco es posible obviar que ya desde su campaña electoral De la Espriella se viene mostrando un líder fundamentalista. Sus intenciones de retirar al país de ciertos organismos multilaterales —como la Corte Interamericana de Derechos Humanos— y el cuestionamiento de otros —proponiendo revisar determinados tratados de la ONU— suponen una disrupción institucional que podría generar consecuencias negativas en Colombia (y en cualquier otra nación que buscara imitar tal comportamiento). El presidente electo deberá, por tanto, ser sumamente cauto en su accionar, manteniendo el justo equilibrio entre sus ideales y las reglas no escritas del multilateralismo.
Impacto regional y global: ¿Qué esperar?
En términos de política exterior, la doctrina de Gustavo Petro —implementada desde 2022 a 2026— ha estado basada en un esquema enfocado en tres pilares fundamentales, a saber: la diplomacia climática, la integración latinoamericana de izquierda y la ruptura unilateral con socios tradicionales.
Lo mencionado ha provocado una serie de puntos críticos de fricción, puesto que se trató de una ruptura inédita con lo que siempre había sido la tradición diplomática colombiana —cimentada sobre el principio de Respice Polum, es decir, el de mirar hacia el Norte—. Entre las «complicaciones» surgidas durante el mandato del presidente cesante pueden citarse el congelamiento y la posterior ruptura de relaciones con el Estado de Israel en mayo de 2024, el acercamiento ideológico e institucional hacia el eje Caracas-La Habana en el plano regional y el distanciamiento relativo de Estados Unidos, al que se ha sumado el cuestionamiento a los esquemas tradicionales de asistencia militar y antinarcóticos.
La llegada de De la Espriella resulta, naturalmente, un punto de inflexión para dicho sistema. Se espera que el próximo presidente ejecute un modelo de política exterior radicalmente distinto al de su predecesor, ya no basado en el multilateralismo del Sur Global y el activismo ambiental, sino alineado a Occidente y con foco en la securitización de las fronteras bajo la doctrina de la «Patria Milagro» .
Realineamiento incondicional con Estados Unidos
Tras años de desavenencias entre Gustavo Petro y el presidente estadounidense Donald Trump (debidas principalmente a las profundas diferencias que ambos líderes mantenían respecto a política antinarcóticos y manejo de seguridad regional), la llegada de De la Espriella se presenta como una oportunidad para limar asperezas.
A propósito de lo anterior, el mandatario electo ya ha manifestado su deseo de convertirse en un socio leal de la potencia norteamericana y, al mismo tiempo, ha tomado decisiones estratégicas en pro de ganar su confianza. La prueba más clara es haber nombrado al experimentado diplomático Omar Bula Escobar como su futuro canciller. Dicha decisión no es en lo absoluto casual, sino que, por el contrario, da cuenta de las intenciones de Abelardo de profesionalizar —y tornar, así, más pragmático y eficiente— el Ministerio de Relaciones Exteriores de su país.
La estrategia de «El Tigre» permitirá que Colombia pueda fortalecer sus intereses nacionales en contextos globales y, en el caso concreto de Estados Unidos, contribuirá a la reconstrucción inmediata de la cooperación militar de alto nivel, además de que garantizará el apoyo mutuo en cuestiones vinculadas a inteligencia contraterrorista, ciberseguridad y controles migratorios.
Portazo a La Haya y giro radical hacia Jerusalén
Incluso previo a su investidura, Abelardo ya sorprendió con un movimiento táctico: el de pactar con el canciller israelí, Gideon Sa’ar, el restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas entre sus respectivas naciones. Tras este acuerdo, el gobierno entrante de Colombia no solo retirará su apoyo a la demanda por genocidio que —a solicitud de Sudáfrica— la Corte Internacional de Justicia (CIJ) le impuso a Israel, sino que, además, proyecta abrir una embajada en Jerusalén.
Con mencionadas acciones, el venidero ejecutivo colombiano busca acoplarse, nuevamente, a los intereses geopolíticos de Estados Unidos. Asimismo, y en modo más pragmático, también intenta reactivar la compra de tecnología bélica y militar israelí que Petro había suspendido. Y es que De la Espriella entiende que esta es una herramienta crucial para mejorar la dotación de su ejército nacional —el organismo que, en definitiva, será el encargado de aplicar la política interna de mano dura a la que el líder apunta—.
Choques con Brasil, Cuba, Nicaragua y Venezuela
La llegada de la derecha radical liderada por De la Espriella muy posiblemente romperá la frágil tolerancia regional hacia Caracas. Todo parece indicar que, en línea con el modus operandi de Trump, el próximo mandatario colombiano apostará por la asfixia fronteriza y diplomática a lo que queda del ya fuertemente debilitado régimen de Nicolás Maduro (Para más detalles, acceder a los artículos «Apuntes sobre el descalabro venezolano» y «Venezuela tras la intervención estadounidense: ¿Y ahora qué?» de ESCANEO POLÍTICO).
En esa línea, se intuye que ese mismo distanciamiento político y diplomático también se aplicará con Cuba y Nicaragua, dos países cuyos gobiernos vienen siendo duramente cuestionados por la comunidad internacional y, cómo no, por Estados Unidos (Para saber más acerca del contexto cubano, leer el artículo «Cuba 2026: ¿Apertura inevitable o colapso sistémico?» de ESCANEO POLÍTICO).
Ligado a todo esto, la eventual presencia reforzada de agencias de defensa estadounidenses en suelo colombiano también podría generar un choque ideológico directo con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, para quien dicho fenómeno representaría una clara pérdida de influencia regional. Sucede que, en definitiva, el Sur Global podría verse debilitado, ya que la balanza de poder del continente se iría inclinando, poco a poco, hacia la derecha internacional.
Cooperación punitiva con Ecuador y complicidad ideológica con El Salvador y Argentina
También en materia vecinal, aunque contrario a lo que ocurriría con Venezuela y Brasil, los relacionamientos bilaterales con países como Ecuador, El Salvador y Argentina se verían afianzados.
En el caso ecuatoriano, la agenda exterior colombiana abandonaría la diplomacia institucional tradicional para abrazar la cooperación policial y militar transfronteriza, pues se espera que De la Espriella se alíe con su vecino, Daniel Noboa, para aplastar las rutas logísticas que el crimen organizado y el narcotráfico mantienen en la frontera que ambos comparten.
En los casos salvadoreño y argentino, en tanto, el acercamiento y el apoyo mutuo estarán justificados por las afinidades ideológicas que Abelardo tiene con Javier Milei y Nayib Bukele, respectivamente. Esto se verá plasmado en tratados de seguridad y/o endurecimiento de políticas migratorias de retorno que ocuparán el sitio que antes —durante el gobierno de Petro— llenaban la agenda climática y los derechos humanos.
Anclaje en Europa
Todo apunta a que el Viejo Continente volvería a convertirse en una región prioritaria para esta nueva Colombia. El cambio se llevaría a cabo mediante la designación estratégica de perfiles diplomáticos de alto nivel en territorio europeo —poniendo el foco en España—. Eso, con la finalidad de mejorar los flujos comerciales y ganar legitimidad política ante el Grupo de los 27.
Continuidades tácticas: El pragmatismo que sobrevive
A pesar de la retórica refundacional que suele acompañar a los relevos presidenciales de esta magnitud, lo cierto es que la geopolítica real impone ciertos límites al cambio. De algún modo, la administración entrante entiende que la estabilidad macroeconómica y la seguridad jurídica del Estado colombiano dependen de mantener intactos ciertos andamiajes institucionales previamente construidos. Esta solidez es, además, el único camino posible para asegurar su viabilidad internacional.
A modo ilustrativo, es bastante lógico pensar que los tratados comerciales preexistentes continuarán estando vigentes. De hecho, en algunos casos concretos, es presumible que el nuevo gobierno colombiano busque profundizarlos en lugar de derogarlos —aquí, los firmados con Estados Unidos y otros socios regionales clave como los de la Alianza del Pacífico serían protegidos con recelo—.
Apuntes finales
La llegada de Abelardo de la Espriella al sillón presidencial representa un auténtico «terremoto» político no solo para Colombia, sino también para el continente americano todo.
Empero, su legislatura no estará libre de desafíos. Si se consideran exclusivamente aspectos vinculados a política exterior, es posible asegurar que uno de sus principales retos con los que se enfrentará será el de gestionar los costos de la polarización. Eso debido a que, en un tablero internacional fragmentado como el de hoy, algunas de sus decisiones de alto impacto —tales como las de montar una embajada en Jerusalén o romper puentes con el eje bolivariano— consolidarían el apoyo de aliados clave como Estados Unidos, pero, en contraparte, podrían generar tensiones comerciales o diplomáticas con países del Sur Global.
Es claro que «El Tigre» busca mucho más que una simple transición. Este, en realidad, aspira a materializar una restauración institucional de la influencia colombiana en el mundo. Si (y solo si) el Palacio de Nariño logra equilibrar su firmeza ideológica con el pragmatismo que exigen los mercados globales actuales, Colombia no solamente recuperará su rol como el ancla estratégica de Occidente en Sudamérica, sino que también consolidará un modelo de gobernanza donde la seguridad jurídica y el orden interno se conviertirían en su carta de presentación ante el mundo.
Como si eso fuera poco, el experimento político que está a punto de comenzar en Bogotá será el barómetro que medirá el futuro del equilibrio de poder en América Latina: ¿Es este, acaso, el fin de la «marea rosa» que desde inicios del siglo XXI venía reinando en dicho continente? Es bien sabido que, al igual que ocurre con la economía, la política es cíclica y, por tal motivo, nada debe darse por sentado. Sin embargo, sería ingenuo negar que, de un tiempo a esta parte, la ola de gobiernos de izquierda y centroizquierda viene perdiendo fuerza de forma notoria. Las victorias electorales de líderes derechistas como Milei en Argentina, Paz en Bolivia, Kast en Chile, Noboa en Ecuador, Asfura en Honduras, Mulino en Panamá, Peña en Paraguay y Fujimori en Perú así lo confirman.
*Foto de portada: Ilustración estilo acuarela de Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia para el período 2026-2030 | Imagen creada con inteligencia artificial (IA).
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